Bajo los faros verdes

Capitulo 16: Lo que todavía vive

El silencio ya no era espera.
Era despedida.
Valentina lo sintió antes de verlo.
Ese vacío distinto.
Más pesado.
Más definitivo.
La puerta se abrió.
La mujer.
Pero esta vez… no venía a observar.
—Levantate —dijo.
Valentina no preguntó.
No dudó.
Se puso de pie.
—¿Qué pasó? —preguntó igual.
La mujer la miró.
Y en sus ojos… había algo nuevo.
Urgencia.
—No tenemos tiempo.
El corazón de Valentina se aceleró.
—Tomás…
Silencio.
Ese silencio dijo todo.
Pero la mujer negó.
—Sigue vivo.
El aire volvió.
De golpe.
—Pero no por mucho.
Ahí estaba la verdad.
Caminaron rápido.
Sin vendas.
Sin protocolo.
Eso ya era una señal.
El sistema… estaba fallando.
O alguien lo estaba rompiendo desde adentro.
—¿Qué estás haciendo? —susurró Valentina.
—Lo que debí hacer antes —respondió la mujer.
Doblaron el pasillo.
Los cinco escalones.
Otra vez.
Pero ahora…
no estaban solas.
Dos cuerpos en el suelo.
Guardias.
Inmóviles.
Valentina se detuvo.
—No mires —dijo la mujer.
Pero ya era tarde.
Esto era real.
Más real que nunca.
Llegaron a la puerta.
La misma.
La salida.
Pero esta vez…
estaba entreabierta.
El aire de afuera se colaba.
Frío.
Libre.
Valentina sintió algo que no sentía desde hacía mucho:
Esperanza.
—¿Y él? —preguntó.
La mujer dudó.
—No puedo sacar a los dos.
El mundo se quebró.
—No.
Pero sí.
Siempre fue así.
Valentina retrocedió un paso.
—Entonces no salgo.
La mujer la miró.
Firme.
—Si te quedás… no sirve de nada.
—Si me voy sin él… tampoco.
Silencio.
Tenso.
Irrompible.
Y entonces…
un ruido.
Pasos.
Lejanos.
Pero acercándose.
El tiempo se terminó.
La mujer cerró los ojos.
Un segundo.
Y tomó una decisión.
—Esperá acá.
—No.
Pero ya se había ido.
Los segundos pesaban como horas.
Valentina respiraba rápido.
Demasiado.
El pasillo…
la puerta…
la salida…
Todo estaba ahí.
Pero no podía moverse.
No sola.
Entonces.
Pasos.
Pero no eran muchos.
Dos.
Arrastrados.
Valentina giró.
Y lo vio.
Tomás.
Sostenido por la mujer.
Apenas consciente.
Pero vivo.
—No tenemos tiempo —dijo ella.
Valentina corrió hacia él.
Lo sostuvo.
—Estoy acá —susurró.
Los ojos de Tomás se abrieron apenas.
Y por primera vez en mucho tiempo…
volvió.
—Sabía… —murmuró— que no ibas a irte.
Valentina sonrió.
Pero con lágrimas.
—Callate.
—Escuchen —dijo la mujer.
Los dos la miraron.
—Salgan ahora.
Silencio.
—¿Y vos?
La mujer negó.
—Alguien tiene que cerrar esto.
El significado fue claro.
Demasiado.
—No —dijo Valentina.
Pero la mujer ya estaba retrocediendo.
—Viví —dijo.
Una palabra.
Una orden.
Un regalo.
Valentina dudó.
Un segundo.
El más largo de su vida.
Y eligió.
Salieron.
El aire de la noche las golpeó.
Frío.
Real.
Libre.
Valentina respiró como si fuera la primera vez.
Tomás se apoyó en ella.
Débil.
Pero vivo.
Detrás…
un ruido.
Puertas.
Gritos.
Y después.
Silencio.
No miraron atrás.
No podían.
Caminaron.
Sin rumbo.
Sin plan.
Pero lejos.
Cada paso… una victoria.
Cada respiración… un milagro.
Cuando el sol empezó a asomar…
Valentina se detuvo.
Miró a Tomás.
Golpeado.
Roto.
Pero vivo.
—No terminó —dijo él.
Ella negó.
—No.
Pausa.
—Pero seguimos.
Y eso…
era todo.
Porque en un país donde tantos desaparecían…
ellos…
seguían ahí.
Y a veces…
eso ya era una forma de vencer.




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