Bajo los faros verdes

Epílogo

Años después, nadie hablaba en voz alta.
Pero algunos recordaban.
En silencio.
Nombres.
Historias.
Ausencias.
Y entre ellas…
dos que no desaparecieron.
No del todo.
Porque sobrevivir…
no era olvidar.
Era contar.
Y mientras alguien contara…
lo que intentaron borrar…
seguía vivo.

Buenos Aires, 1985.
La ciudad era otra.
O al menos… lo parecía.
Las persianas ya no se cerraban tan rápido. La gente hablaba un poco más alto. Los nombres volvían a pronunciarse, aunque todavía dolieran.
En la televisión, un juicio ocupaba horas enteras.
El Juicio a las Juntas.
Por primera vez, las voces que habían sido silenciadas… estaban siendo escuchadas.
Valentina estaba sentada frente al televisor.
No decía nada.
No lloraba.
Solo miraba.
—¿Querés apagarlo? —preguntó Tomás desde la cocina.
Su voz era distinta ahora.
Más grave.
Más lenta.
Pero viva.
—No —respondió ella.
Sin apartar la vista.
En la pantalla, un testigo hablaba.
No gritaba.
No dramatizaba.
Solo contaba.
Y eso… era más fuerte que cualquier otra cosa.
Valentina apretó las manos.
Había cosas que reconocía.
Lugares que no se nombraban… pero se sabían.
Como la ESMA.
Tomás se acercó.
Se sentó a su lado.
No dijo nada.
No hacía falta.
A veces, el silencio entre ellos no era vacío.
Era comprensión.
—Podríamos ir —dijo él después de un rato.
Valentina lo miró.
—¿Al juicio?
Él asintió.
Ella dudó.
Había pasado tiempo.
Años.
Pero ciertas puertas… no se abrían fácil.
—No sé si estoy lista —admitió.
Tomás bajó la mirada.
—Yo tampoco.
Pausa.
—Pero creo que nunca lo vamos a estar.
El silencio volvió.
En la pantalla, alguien nombró a los desaparecidos.
Uno por uno.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
Clara.
El nombre apareció en su mente.
Claro.
Doloroso.
—Tenemos que hacerlo —dijo finalmente.
Tomás la miró.
—Por ellos.
Semanas después, estaban ahí.
Sentados.
En una sala llena de gente que también había sobrevivido.
De una forma u otra.
Nadie se miraba demasiado.
Pero todos entendían.
Cuando llamaron a Valentina, el corazón le latía con fuerza.
Se levantó.
Caminó.
Cada paso… pesado.
Se sentó frente al tribunal.
—Nombre —le pidieron.
Valentina dudó.
Solo un segundo.
—Valentina Gómez.
Su voz no tembló.
Era la primera vez en mucho tiempo… que lo decía en voz alta sin miedo.
—¿Desea declarar?
Silencio.
Valentina pensó en todo.
En la casa.
En el Falcon.
En la silla.
En la oscuridad.
En Tomás.
Y en la mujer.
La que no salió.
La que nadie iba a nombrar.
—Sí —dijo.
Y empezó a hablar.
No contó todo.
Nadie podía.
Pero contó lo suficiente.
Los pasillos.
Las preguntas.
El intento de borrar quién era.
Y cómo… no lo lograron.
Cuando terminó, la sala estaba en silencio.
Pero no era el mismo silencio de antes.
Este… escuchaba.
A la salida, el aire se sentía distinto.
Más liviano.
O tal vez… eran ellos.
Tomás la esperaba.
—Lo hiciste —dijo.
Valentina negó suavemente.
—Lo hicimos.
Caminaron juntos.
Sin apuro.
La ciudad seguía su ritmo.
Autos.
Gente.
Vida.
Y por primera vez en mucho tiempo…
no parecía una mentira.
—¿Sabés qué es lo raro? —dijo Valentina.
—¿Qué?
—Que seguimos acá.
Tomás la miró.
Y sonrió.
Pero no con alegría.
Con verdad.
—Sí.
Pausa.
—Y eso… ya es mucho.

No recuperaron todo.
Nadie lo hacía.
Pero recuperaron algo.
Sus nombres.
Sus voces.
Su historia.
Y en un país que había intentado borrar tanto…
eso…
era una forma de justicia.​




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