Bajo mi protección

El ruido y el silencio

El recreo era siempre lo peor. Para la mayoría, era un momento de descanso, risas y gritos, pero para Teo era simplemente una prueba de supervivencia.
El ruido golpeaba sus oídos como martillazos. Voces superpuestas, pisadas fuertes, carcajadas que sonaban demasiado agudas. Se sentía pequeño, muy pequeño, como si las paredes del colegio se le vinieran encima. Se había refugiado en el rincón más alejado del patio, pegado a la pared fría, con las rodillas pegadas al pecho y la capucha de su sudadera gris puesta, ocultando tanto como podía su rostro pálido y sus ojos claros.
—Mira, ahí está el mudo —se escuchó una voz burlona a unos metros.
—¿Crees que si le hablamos fuerte se orina? —respondió otra entre risas.
Teo cerró los ojos con fuerza, apretando los puños. Su piel se sentía ardiendo, aunque estaba helado. Sabía que lo llamaban "raro", "fantasma", "el que no habla". No podía defenderse, su garganta se cerraba, su lengua se sentía pesada como plomo. Solo quería desaparecer, volverse parte de la pared y que nadie lo viera. Estaba acostumbrado a ser invisible o a ser el blanco fácil. Estaba solo, y así era más seguro, o al menos eso intentaba convencerse.
Mientras tanto, al otro lado del patio, el ambiente era completamente diferente.
Gael recostado contra un árbol, rodeado de gente. Era imposible no verlo. Con esa estatura que ya superaba a la mayoría, esos hombros anchos y esa postura segura que gritaba "aquí estoy". Varias chicas se le acercaban, riendo demasiado alto, tocándole el brazo, invitá londolo a fiestas o simplemente intentando sacarle una sonrisa. Era el chico popular, el que todos querían ser o estar con él.
—Vamos Gael, di que sí —insistió una de ellas, jugando con su cabello—. Sería divertido.
Gael las miró, pero sus ojos oscuros no mostraban ningún interés real. Asentía distraído, movía la pierna inquieto, sus dedos tamborileando un ritmo rápido contra su propia pierna. Escuchaba las voces, pero su mente estaba en otro lado, inquieta, buscando... algo. Le daban igual las chicas, le daba igual ser popular. Sentía que todo eso era vacío, ruidoso y aburrido. Nada lograba calmar la energía que tenía corriendo por las venas, nada lograba que su cerebro dejara de pensar mil cosas a la vez.
—No sé, estoy aburrido —soltó de repente, cortando la conversación, y se apartó un poco, cruzando los brazos.
Su mirada vagó por el patio, esquivando a los que intentaban hablarle, hasta que se detuvo.
Ahí, en el rincón oscuro, vio una figura pequeña.
Gael frunció el ceño. Reconoció al chico nuevo, o al menos al que siempre iba solo. Lo veía siempre callado, escondido. Pero ahora vio cómo un par de tipos se le acercaban de mala manera, riendo, y cómo el chico se hacía aún más pequeño, encogiendo su cuerpo delgado como si quisiera protegerse.
Algo en el pecho de Gael se tensó. No fue lástima, fue algo más agudo, molesto. Una sensación repentina de que eso no estaba bien, de que ese espacio, esa persona... le pertenecía a nadie más, y se estaban metiendo donde no debían.
—Espérense ahí —dijo Gael sin mirar a nadie, y se separó del grupo de golpe.
Caminó rápido, con esa presencia imponente que hacía que la gente se apartara automáticamente. No corría, pero su paso era firme y pesado. Teo escuchó las pisadas fuertes acercarse y pensó que era otro que venía a molestarlo. Bajó más la cabeza, temblando visiblemente.
—Oigan —la voz de Gael sonó grave, cortante, y el tono hizo que los que se burlaban se quedaran callados de inmediato—. ¿No tienen nada mejor que hacer que molestar a alguien que ni siquiera les habla?
Los chicos lo miraron y se encogieron, sabiendo que no podían hacer nada contra él.
—No nada, Gael, solo jugábamos...
—Pues se acabó el juego —espetó él, con la mirada oscura y fría—. Lárguense antes de que me enoje.
En cuanto se fueron, el silencio volvió, pero ahora era diferente. Gael se quedó ahí, de pie, frente a Teo, tapándole la luz del sol y la vista del resto del mundo. Era mucho más grande, mucho más fuerte.
Teo no se atrevía a levantar la vista. Podía sentir el calor que emanaba el cuerpo del otro, podía escuchar su propia respiración acelerada. Esperaba que también se fuera, que lo dejara solo como todos.
Pero Gael no se movió. Se quedó ahí, mirando hacia abajo, estudiando cada detalle del chico que tenía enfrente: la piel pálida, el cabello castaño desordenado, lo frágil que se veía bajo esa ropa holgada. Sintió una necesidad extraña, urgente, de estar ahí, de no dejar que nadie más se le acercara.
—No te van a molestar más —dijo Gael, su voz bajó un poco, aunque seguía sonando con autoridad—. Mientras yo esté cerca, nadie te toca.
Teo levantó la vista muy despacio, por primera vez no sintió miedo, sino una extraña sensación de seguridad. Sus ojos claros se clavaron en esos ojos negros tan intensos. No dijo nada, claro, su voz seguía atrapada, pero sus labios se entreabrieron levemente.
Gael sonrió de lado, una sonrisa posesiva y segura. Se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, su mente se había callado. Solo existía él y el chico delicado que tenía enfrente.
—Eres mío para cuidar ahora —murmuró, más para sí mismo que para él—. Y no pienso dejarte solo.

El timbre que anunciaba el fin del recreo sonó como un alivio para Teo, pero también como una nueva advertencia. Volver al salón de clases significaba estar rodeado de gente, sentarse entre cuatro paredes y sentir que todos lo observaban.
Caminó lo más rápido que pudo sin correr, manteniendo la cabeza baja, y se deslizó hasta su asiento en la última fila, cerca de la ventana. Era su lugar seguro dentro del aula. Sacó sus cuadernos, pero lo que realmente buscó con desesperación entre sus cosas fue su libreta pequeña, de tapas negras, que siempre llevaba consigo como un tesoro escondido.
Mientras el profesor empezaba a hablar, una voz monótona que a Teo le parecía lejana, él abrió su libreta. Allí estaba su mundo.
Con un lápiz de grafito, sus manos empezaron a moverse con una soltura y una seguridad que su cuerpo nunca tenía en la vida real. Dibujaba cómics. Creaba personajes fuertes, valientes, que gritaban, que luchaban, que decían lo que pensaban. Dibujaba mundos de fantasía donde nadie juzgaba, donde el silencio no era una debilidad sino un superpoder. Era su única forma de escapar. Cuando dibujaba, el ruido en su cabeza se apagaba, la ansiedad desaparecía y él podía ser libre, aunque fuera solo en papel.
—... y Mateo, ¿podrías pasar al frente para resolver el ejercicio?
La voz del profesor lo golpeó como un rayo.
Teo se congeló. El lápiz se detuvo bruscamente en medio de una línea. Sintió cómo todas las miradas se clavaban en él. Sintió el calor subirle a la cara, quemándole las mejillas pálidas. Abrió la boca para responder, para decir "no sé", para decir "no quiero", pero... nada salió.
Solo salió un pequeño sonido ahogado, como un suspiro roto. Su garganta estaba cerrada, bloqueada por un muro invisible y grueso que nadie podía romper.
El profesor suspiró, visiblemente impaciente, y algunos compañeros soltaron risitas ahogadas.
—Siempre igual, ni para hablar sirve —murmuró alguien.
Teo bajó la mirada hasta su pecho, apretando los puños sobre su dibujo. Sus ojos claros se llenaron de lágrimas que se negó a dejar caer.
¿Por qué no puedo hablar?, pensaba, mientras su mente viajaba lejos, a un lugar oscuro que intentaba olvidar pero que siempre volvía en sus pesadillas.
El Recuerdo...
Tenía solo cuatro años. La imagen era borrosa pero el sentimiento era nítido, vivo y doloroso.
Recordaba las voces fuertes, gritos que hacían vibrar las ventanas. Recordaba el sonido aterrador de platos rompiéndose contra las paredes, el estruendo de las puertas siendo azotadas con furia. Recordaba las manos grandes y pesadas que lo agarraban con brusquedad, y el llanto silencioso de su madre.
Su padre era una tormenta constante. Un hombre que no controlaba su ira, que golpeaba muebles, que gritaba improperios y que, en sus peores momentos, levantaba la mano contra él y contra ella. Era miedo puro, un miedo que se le metió en los huesos y en la voz.
Un día, la tormenta se fue tan rápido como llegó. Los gritos pararon, pero se llevó con él cualquier sensación de seguridad. Los abandonó. Se fue y no volvió nunca más.
Pero el daño ya estaba hecho. Aquel día, el pequeño Teo decidió que su voz era peligrosa. Decidió que si hablaba, si hacía ruido, si existía demasiado, podía provocar la ira de alguien más. Su mente, para protegerlo, cerró la llave de su boca y tiró la llave lejos. Se quedó en silencio para sobrevivir. El silencio era su escudo.
...
De vuelta en el salón, la incomodidad crecía. Teo quería desaparecer, quería que el suelo se lo tragara.
Hasta que un golpe seco resonó en el pupitre del frente.
—Profe, déjelo —la voz de Gael sonó alta, segura y con ese tono impaciente que todos conocían—. Si no quiere hablar, no lo haga. Usted siga con su clase, que lo estamos escuchando.
El profesor iba a reclamar, pero alzó la vista y se encontró con la mirada oscura y desafiante de Gael. El chico popular no solo estaba defendiéndolo, estaba marcando territorio. Gael se había girado en su asiento, justo dos filas delante, y lo estaba mirando directamente a él.
No había burla en sus ojos. Había algo más intenso, algo que Teo no entendía pero que le hizo sentir un escalofrío diferente.
Gael le guiñó un ojo casi imperceptible y se volvió al frente, cruzándose de brazos, dejando claro que nadie más iba a molestarlo.
Teo respiró hondo, sintiendo cómo su corazón latía desbocado. Miró el dibujo que tenía en la libreta, luego miró la espalda ancha de Gael.
Por primera vez, el miedo empezó a mezclarse con una curiosidad extraña. Quizás, solo quizás, ese chico ruidoso y popular no era como los demás.
Fin del Capítulo 1




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