Los días siguientes se sintieron extraños para Teo. Como si el mundo hubiera cambiado de color un poco.
Lo primero que notó fue que ya no estaba solo. O mejor dicho, la soledad ya no se sentía tan vacía, porque Gael estaba ahí.
El chico popular parecía haber desarrollado un radar personal para localizarlo. No importaba dónde se escondiera Teo —en la biblioteca, en el pasillo más oscuro o sentado en el pasto lejos de todos—, siempre aparecía Gael.
No siempre le hablaba directamente, pero su presencia era innegable. Se sentaba cerca, muy cerca. A veces se recostaba a su lado, otras se paraba detrás de él como una estatua imponente, y su energía inquieta —esa forma de moverse rápido, de cambiar de postura cada dos minutos, de tamborilear los dedos— era como un motor que funcionaba al lado de Teo.
Gael no podía quedarse quieto, su mente iba a mil por hora, siempre buscando estímulos, siempre necesitando saber qué pasaba a su alrededor. Pero curiosamente, cuando estaba cerca de Teo, esa sensación de caos interno se aplacaba un poco. Sentía la necesidad urgente de saber dónde estaba, con quién estaba, qué hacía. Era como si Teo fuera el único punto fijo en su mundo que daba vueltas.
—¿Qué miras tanto? —preguntó Gael de repente un día, en la biblioteca.
Teo se sobresaltó, apretando su libreta contra el pecho como si fuera un secreto de estado. Estaba dibujando, perdido en su mundo de líneas y sombras, creando héroes silenciosos que salvaban el mundo.
Gael no esperó permiso. Se inclinó hacia adelante, estirando su largo brazo y echando un vistazo rápido al papel antes de que Teo pudiera cerrarlo.
—¿Dibujas? —sus ojos oscuros brillaron con interés genuino, olvidándose por un momento de su inquietud—. Guau, esto está... increíble.
Teo se puso rojo, escondiendo medio rostro tras su cabello castaño. Nunca nadie había visto sus dibujos. Nadie se había interesado lo suficiente.
Gael se quedó mirándolo, analizando cada rasgo delicado, la piel pálida, la forma en que sus dedos temblaban ligeramente al sostener el lápiz. Sintió una punzada fuerte en el pecho. Algo posesivo, protector. Quería saber todo de él. Quería saber por qué estaba tan roto, por qué tenía miedo de todo.
—¿Por qué no hablas? —susurró Gael, acercándose más, bajando la voz hasta que fue solo un murmullo—. ¿Es que no puedes, o es que no quieres?
Teo levantó la vista lentamente. Esos ojos negros eran demasiado intensos, parecían poder leerle el alma. Quería responder, quería decirle que quería hablar, que le dolía no poder, que tenía millones de cosas en la cabeza pero que su boca se negaba a abrirse. Quería contarle sobre los gritos, sobre los golpes, sobre el miedo que se quedó grabado en su garganta desde que era un bebé.
Pero solo pudo emitir un pequeño sonido, como un quejido suave, y bajó la mirada derrotado.
—Shh, está bien —Gael levantó una mano, y por un instante Teo pensó que lo iba a tocar, pero el chico se detuvo en el aire, respetando un límite invisible—. No tienes que decir nada. Ya lo averiguaré yo solo. Eres... diferente. Y me gustas así.
La frase quedó flotando en el aire. Me gustas así.
Teo sintió que su corazón se salía por la boca. ¿Cómo podía alguien decirle eso? ¿Cómo podía gustarle algo que todos veían como un defecto?
El Diario Visual
Esa noche, en su casa, el silencio era diferente al de la escuela. Aquí el silencio era pesado, era el silencio que quedó después de los gritos. Vivía solo con su mamá, quien trabajaba todo el día para mantenerlos, y aunque ella era dulce, Teo sabía que también cargaba con el miedo.
Teo se sentó en su escritorio, encendió su lámpara y abrió su libreta.
Esta vez no dibujó héroes de fantasía.
Sus manos se movieron solas, trazando líneas fuertes, hombros anchos, cabello negro revuelto y una mirada oscura y penetrante. Dibujó a Gael. Lo dibujó de espaldas primero, protegiendo algo, y luego de frente, con esa expresión segura que lo hacía sentir pequeño pero a salvo.
En el boceto, escribió con letras pequeñas, casi invisibles:
"¿Por qué me cuidas? ¿Por qué no te vas como todos?"
Mientras dibujaba, se dio cuenta de algo aterrador y emocionante a la vez: Gael se estaba convirtiendo en su personaje favorito. En ese héroe real que había aparecido de la nada para romper su soledad.
Pero justo cuando terminaba el trazo, escuchó un ruido fuerte en la calle, un portazo que sonó lejos pero que fue suficiente.
Teo se congeló.
Su respiración se aceleró. Sus manos empezaron a temblar. Por un segundo, por un maldito segundo, el sonido lo transportó de vuelta a cuando tenía cuatro años. Vio puertas cayendo, vio platos rompiéndose, sintió el miedo en sus huesos.
Se tapó los oídos con las manos, cerrando los ojos con fuerza, buscando una forma de salir de ahí, de volver a su mundo de papel.
"Nadie te toca. Eres mío para cuidar".
La voz de Gael sonó en su memoria, fuerte y clara.
Teo abrió los ojos despacio. Miró el dibujo. Y por primera vez en mucho tiempo, no se sintió tan asustado. Se dio cuenta de que ahora tenía algo a lo que aferrarse.
Fin del Capítulo 2.
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Editado: 03.05.2026