Pasaron las semanas y la presencia de Gael en la vida de Teo dejó de ser una sorpresa para convertirse en una necesidad.
No había rincón del colegio donde Teo estuviera y Gael no apareciera cinco minutos después. Era como si tuviera un imán. A veces Gael llegaba moviéndose rápido, inquieto, hablando sin parar de cualquier cosa que se le ocurriera, porque su mente no podía estar en silencio ni un segundo. Otras veces simplemente se sentaba al lado de Teo, se recostaba en su hombro o ponía su propia cabeza sobre la mesa, mirándolo fijamente mientras él dibujaba.
Nadie entendía la relación. Gael seguía siendo el chico popular, el que todos querían, pero ahora pasaba casi todo su tiempo pegado al chico "raro" y silencioso. Las chicas se preguntaban qué le veía, los chicos se burlaban en voz baja, pero nadie se atrevía a decir nada fuerte porque la mirada de Gael era suficiente para callar bocas.
—Oye, hoy no me dejaste ver lo que dibujas —se quejó Gael una tarde, mientras caminaban hacia la salida.
Iban uno al lado del otro. Gael era mucho más alto, así que tenía que bajar un poco la cabeza para hablarle. Teo caminaba con pasos pequeños, mirando al suelo, pero con una diferencia: ya no iba encorvado como antes. La presencia de Gael lo hacía sentir más alto, más protegido.
Teo levantó la vista y le mostró una pequeña sonrisa tímida. Sacó su libreta, pasó una hoja y se la enseñó.
Era un dibujo de ellos dos. Estaban simplificados, estilo cómic: Gael era un gigante amable con ojos brillantes y Teo era pequeño a su lado. Debajo, Teo había escrito con letras bonitas:
"Mi escudo".
Gael se detuvo en seco. Lo leyó una y otra vez. Sintió algo cálido expandirse por su pecho, algo que calmó de golpe la energía nerviosa que siempre tenía. Sonrió, una sonrisa enorme, de esas que mostraban sus dientes y que iluminaban todo su rostro oscuro.
—¿Yo soy tu escudo? —preguntó Gael, con la voz un poco más suave de lo normal.
Teo asintió rápidamente, poniéndose rojo y queriendo esconder el dibujo, pero Gael le sujetó la mano con suavidad para impedírselo. Sus manos eran grandes y calientes, envolviendo por completo las de Teo, que eran frías y delicadas.
—Pues tú eres mi... —Gael se quedó pensando, buscando la palabra correcta. Quería decir algo bonito, algo que definiera lo que sentía cuando estaba con él—. Tú eres mi paz. Porque contigo se me calma la cabeza.
Soltó la frase sin pensar, muy natural. No se dio cuenta de lo romántica que sonaba. Para él era solo un hecho: cuando Teo estaba cerca, los ruidos en su cerebro desaparecían, podía enfocarse en una sola cosa, y eso era un alivio increíble para su TDAH.
Teo se quedó helado. Mi paz. Nadie nunca le había dicho algo así. Se sintió importante, se sintió útil.
La Costumbre
Empezaron a hacer todo juntos.
Gael esperaba a Teo en la puerta de su casa todas las mañanas, aunque vivieran un poco lejos. Decía que "le quedaba de paso", aunque en realidad se desviaba media hora solo para verlo salir.
—¡Vamos, dormilón! —le gritaba desde la calle, y Teo salía corriendo con su mochila, sintiendo que el día empezaba bien.
En la comida, Gael ya no se sentaba con los "populares" si Teo no estaba ahí. Se llevaba su bandeja y se sentaba justo enfrente o al lado. Le quitaba la comida si veía que comía poco.
—Tienes que engordar un poco, que pareces de cristal —le decía Gael, dándole un pequeño empujón en el hombro—. Si soplas te rompes.
Teo se reía en silencio, moviendo los hombros, tapándose la boca con la mano. Le encantaba cuando Gael se ponía así, intenso y bromista a la vez.
A Gael le fascinaba verlo reírse. Le generaba una necesidad loca de hacerlo sonreír todo el tiempo, de protegerlo de todo y de todos. Sentía celos si alguien se le acercaba demasiado, sentía ansiedad si no lo veía en cinco minutos.
—¿Dónde estabas? —le preguntaba con voz seria si Teo iba al baño y tardaba mucho—. Pensé que te habías perdido o que alguien te había hecho algo.
Teo le señalaba el baño con el dedo y ponía ojos de pena, como pidiendo perdón por haberlo preocupado. Y Gael suspiraba, pasándose una mano por el cabello negro, y decía:
—No te alejes tanto de mí, ¿vale? Me pongo nervioso si no te veo.
Era verdad. Su apego ansioso lo hacía necesitar tenerlo siempre en el radar. Pero ninguno de los dos se preguntaba por qué. Para Gael era protección, para Teo era seguridad. Era más fácil llamarlo amistad, aunque esa amistad se sintiera más intensa que cualquier otra cosa.
El Regreso a Casa
Esa tarde, llovía. El cielo estaba gris y oscuro.
Gael, como siempre, se ofreció a acompañarlo. Caminaban bajo el mismo paraguas que Gael sostenía alto, cubriendo perfectamente a Teo, mientras él mismo se mojaba el hombro izquierdo sin importarle.
Teo lo miró de reojo. Vio su perfil fuerte, su mandíbula marcada, cómo fruncía el ceño mirando al frente. Se veía tan mayor, tan capaz.
De repente, un trueno sonó muy fuerte, haciendo vibrar el suelo.
Teo dio un respingo instintivo y se pegó automáticamente al cuerpo de Gael, agarrándose fuerte de su camisa con ambas manos, cerrando los ojos. El sonido le recordó demasiado a los golpes, a las cosas rompiéndose.
Gael se detuvo al instante. Notó el temblor en el cuerpo pequeño que tenía pegado al suyo. Sin dudarlo ni un segundo, dejó el paraguas a un lado (ya poco importaba mojarse) y envolvió a Teo en un abrazo fuerte, muy fuerte, apretándolo contra su pecho ancho.
—Shhh, ya pasó... estoy yo aquí —susurró Gael contra su cabello castaño, acariciándole la espalda despacio—. No va a pasar nada. Nadie te va a lastimar. Estoy contigo.
Teo escondió la cara en el pecho de Gael, respirando su aroma: olía a lluvia, a algo fresco y masculino. Se sentía tan seguro ahí adentro, tan pequeño y protegido. Escuchaba los latidos fuertes y rápidos del corazón de Gael, y ese sonido rítmico lo fue calmando.
Se quedaron así un momento, bajo la lluvia, abrazados en medio de la acera.
Gael bajó la barbilla y miró la cabecita que descansaba en él. Sintió una oleada de ternura y posesión brutal. Es mío, pensó. Solo mío para cuidar.
Pero no dijo nada más. Solo lo apretó más contra sí mismo, disfrutando del calor, disfrutando de sentir que por fin tenía a alguien a quien proteger con toda su alma.
Todavía no sabían que eso que sentían era mucho más que amistad. Todavía se engañaban diciendo que eran "mejores amigos". Pero sus cuerpos y sus corazones ya se habían dado cuenta de todo.
Fin del Capítulo 3.
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Editado: 03.05.2026