Bajo mi protección

El Nuevo y el Territorio

Llegó la mitad del año escolar y con él llegó un nuevo alumno.
Se llamaba Allen. Venía de un colegio privado de élite, pero según los rumores, lo habían expulsado o sus padres lo habían mandado ahí "de castigo". Decían que querían que aprendiera "humildad", aunque la verdad era que el colegio donde estaban no era precisamente pobre, simplemente no tenía las mismas comodidades lujosas a las que él estaba acostumbrado.
Allen entró el primer día con ropa de marca, mirando a todos por encima del hombro, como si el resto fuera invisible o basura. Era guapo, sí, pero con una belleza fría y calculadora.
—Ugh, ¿aquí es donde estudian? —se escuchó que decía el primer día, arrugando la nariz—. Parece una cárcel comparado con mi otro colegio.
Nadie le hizo mucho caso al principio, excepto a las chicas que se dejaban engañar por su dinero y su cara bonita. Pero Gael, con su intuición aguda y su desconfianza natural, lo odió desde el primer segundo. Algo en la forma en que Allen miraba le resultaba repugnante.
💰 Sus Mundos Diferentes
Poco a poco se fueron conociendo las realidades de cada uno:
- Teo: Estaba ahí gracias a una beca completa por sus excelentes notas y su talento artístico. Su mamá trabajaba doble turno, limpiando oficinas y cuidando ancianos, para poder pagar los uniformes y los materiales. Cada centavo que gastaban era sudor y esfuerzo. Teo valoraba todo lo que tenía, por eso era tan cuidadoso y callado.

- Gael: Él también era rico, muchísimo más de lo que la gente imaginaba. Sus padres eran dueños de varias empresas importantes y siempre estaban viajando por negocios: Nueva York, Londres, Tokio... Gael vivía en una casa enorme, prácticamente solo, con personal de servicio que entraba y salía, pero que nunca le daban cariño. Tenía tarjetas de crédito sin límite, pero nunca lo presumía. Para él, el dinero no era importante, lo importante era tener a alguien que le importara. Por eso nunca hablaba de eso.
Pero Allen... Allen hacía del dinero su única identidad.
La Mirada Equivocada
Una tarde, Teo estaba sentado en un banco del jardín, tranquilo, dibujando como siempre. Gael se había tenido que ir un momento a la dirección, así que lo dejó solo "un segundo", advirtiéndole con la mirada que no se moviera.
Allen apareció de la nada. Se acercó lentamente, rodeando a Teo como un depredador observando a su presa.
—Vaya, vaya... el chico misterioso —dijo Allen con voz arrastrada y burlona—. Siempre solo, siempre callado. Eres bastante raro, ¿sabes? Pero... no estás mal.
Teo sintió un escalofrío horrible. No era la mirada protectora de Gael, era una mirada sucia, que lo recorría de arriba a abajo como si fuera un objeto. Teo intentó cerrar su libreta y hacerse pequeño, pero Allen le puso una mano en el respaldo del banco, encerrándolo.
—¿Qué tienes ahí? ¿Dibujitos? —se rio—. Seguro son cosas tontas. Mi mamá dice que la gente pobre como tú solo sabe hacer cosas manuales, nada importante.
Teo bajó la cabeza, temblando. Quería que Gael volviera. Quería su escudo.
—¿Por qué no hablas? ¿Eres mudo o qué? —Allen se inclinó demasiado, acercando su cara a la de Teo, oliendo a perfume caro pero con aliento venenoso—. Quizás si te portas bien conmigo, te invito a comer a un lugar de verdad, no esas porquerías que comes tú. O mejor... ¿te pago para que seas mi amigo? Seguro te hace falta el dinero, ¿no?
Las palabras eran hirientes, pero lo peor era la intención. Allen lo estaba acosando, jugando con él, sintiéndose superior por su dinero y queriendo romperlo solo por diversión.
La Explosión
—¡ALÉJATE DE ÉL!
El grito retumbó en todo el patio.
Gael estaba ahí. No se sabía de dónde había salido, pero estaba ahí, y su cara era terrorífica. Sus ojos oscuros estaban llenos de furia pura, sus venas en el cuello se marcaban y sus puños estaban tan apretados que sus nudillos estaban blancos.
No caminó, caminó pesado, directo hacia ellos, y la energía que emanaba era tan violenta que la gente alrededor se calló de golpe.
—¿Qué te crees que haces? —espetó Gael, llegando y poniéndose delante de Teo de un jalón, ocultándolo completamente detrás de su cuerpo ancho y fuerte.
—Tranquilo, solo hablaba —dijo Allen, intentando mantener la pose de chico duro, pero dando un paso atrás instintivamente ante la presencia de Gael—. Solo le decía que...
—¡NO LE HABLES! —Gael lo cortó, elevando la voz, perdiendo todo control—. ¡No te atrevas a dirigirle la palabra! ¡No te atrevas a mirarlo! ¡Y mucho menos te atrevas a tocarlo!
Gael dio un paso adelante, invadiendo el espacio de Allen, quedando cara a cara, muy cerca.
—Tú y yo somos diferentes, niño bonito —siseó Gael, con una voz baja, grave y aterradora—. Tú presumes lo que tienen tus papás porque no tienes nada más. Yo no digo nada, pero te aseguro que puedo destruirte sin tocarte.
Allen palideció.
—Y si vuelves a acercarte a él... si vuelves a decirle una sola palabra, o si te atreves a mirarlo con esa cara de asco que tienes... —Gael lo agarró de la camisa, levantándolo un poco del suelo con una fuerza descomunal, sacando todo su TDAH y su ansiedad convertida en rabia—... juro por Dios que no respondo. Él no es tu juguete. Él no es un objeto para que te diviertas. Él es mío. ¿Entendiste? ¡ES MÍO!
La última frase la gritó con toda su alma, haciendo eco.
Soltó a Allen de un empujón brutal, haciéndolo caer de espaldas al suelo.
Gael se quedó ahí, respirando fuerte, el pecho subiendo y bajando rápido, con la mirada perdida y oscura. Estaba al límite, totalmente fuera de sí. Sentía que si no explotaba, iba a reventar. Alguien estaba intentando quitarle lo único bueno que tenía, lo único que le daba paz.
El Regreso a la Calma
Se dio la vuelta bruscamente y buscó a Teo.
Teo estaba ahí atrás, sentado, con los ojos muy abiertos, asustado por la violencia, pero también... maravillado. Había escuchado todo. "Él es mío".
Gael se agachó de inmediato frente a él, y su expresión cambió en milisegundos. La furia se convirtió en preocupación desesperada. Le tomó el rostro con ambas manos, mirándolo por todos lados.
—¿Te hizo algo? ¿Te tocó? ¿Te dijo algo malo? —preguntaba rápido, casi sin respirar, sus ojos buscando respuestas—. Perdón, perdóname por gritar, pero no podía dejarlo... no podía dejar que se te acercara.
Teo negó con la cabeza despacio. Levantó una mano temblorosa y puso sus dedos sobre el puño cerrado de Gael, sintiendo el calor y la fuerza ahí.
Miró a Gael a los ojos y, con la boca cerrada, hizo un movimiento sutil: negó otra vez, y luego puso su mano sobre el corazón de Gael, justo donde había gritado que era suyo.
No hacía falta hablar.
Gael cerró los ojos, soltando el aire que tenía atrapado, y se dejó caer, abrazando las piernas de Teo, escondiendo la cara en sus rodillas, necesitando sentirlo real, necesitando que le confirmaran que seguía ahí, que estaba a salvo.
—No voy a dejar que nadie te toque —murmuró Gael contra su ropa—. Nadie. Ni siquiera ese idiota con dinero falso.
Fin del Capítulo 4




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