Bajo mi protección

La Línea que se Cruzó

Después de lo que pasó con Allen, nada volvió a ser igual.
La frase "Él es mío" resonó en los pasillos del colegio durante días. Nadie se atrevió a molestar a Teo nunca más, y Allen ni siquiera se le acercaba, evitándolos como si tuvieran plaga. Pero lo más importante era lo que pasaba entre ellos dos.
Gael había cambiado. O mejor dicho, ya no se escondía.
Ahora su cercanía era física, constante. No había momento en que no estuvieran tocándose de alguna forma. Gael siempre tenía una mano en el hombro de Teo, o le agarraba la muñeca para guiarlo, o simplemente se recostaba sobre él como si fuera un peluche grande y pesado.
—Teo, ven aquí —decía Gael, y jalaba suavemente a Teo para sentarlo junto a él en la banca, pegados hombro con hombro.
Teo ya no se ponía nervioso como al principio. Se sentía... bien. Se sentía deseado. Se sentía importante.
Pero había algo nuevo. Algo que le revolvía el estómago y le hacía latir el corazón tan rápido que le dolía.
El Secreto en el Papel
En clase, mientras el profesor hablaba, Teo intentaba dibujar, pero su lápiz se negaba a hacer otra cosa que no fueran ojos oscuros, cabello negro y sonrisas deslumbrantes.
Abrió una página nueva y empezó a trazar. Esta vez no eran superhéroes. Eran ellos dos.
Dibujó a Gael gritando, furioso, protegiéndolo. Y luego dibujó la escena del abrazo bajo la lluvia. Y en la última viñeta, escribió con letras pequeñas, temblorosas:
"¿Por qué cuando me tocas me siento volar?"
—¿Qué estás escribiendo ahí?
La voz de Gael lo sorprendió al oído. Teo se sobresaltó y quiso cerrar la libreta, pero Gael fue más rápido y puso su mano sobre la tapa, impidiéndolo.
—Enséñame. Por favor —pidió Gael, con esa mirada intensa que no podía negar.
Teo suspiró por la nariz y la abrió despacio, dejando que Gael leyera esas palabras que nunca se atrevería a decir en voz alta.
El silencio se hizo entre ellos. Gael leyó la frase una y otra vez. Sintió un calor que subió desde sus pies hasta su cabeza. Se giró hacia Teo, que estaba rojo como un tomate, mirando hacia otro lado.
—¿De verdad sientes eso? —susurró Gael, acercando su cara tanto que sus narices casi se tocaban.
Teo asintió muy despacio, sin poder mirarlo, cerrando los ojos como si esperara un castigo. Pero lo que recibió fue algo mucho mejor.
Gael levantó una mano y con el pulgar acarició suavemente la mejilla pálida de Teo. La piel de Teo estaba caliente, suave como la seda.
—Yo también... —murmuró Gael, con la voz ronca—. Yo también siento cosas raras contigo. Siento que si no te veo en cinco minutos me vuelvo loco. Siento que quiero estar todo el día pegado a ti. Y cuando te defiendo... siento que te quiero para mí solo.
Se quedaron mirándose. El ruido del salón de clases, los profesores, los compañeros... todo se desvaneció. Solo existían ellos dos.
Gael sintió el impulso irresistible. Quería besarlo. Dios, cómo quería besar esos labios pequeños y rosados que tenía Teo. Sus ojos se fijaron en la boca del otro, y luego subieron a sus ojos claros.
Pero se contuvo. Se mordió el labio inferior y apartó la mirada un segundo, respirando hondo.
—Eres demasiado delicado, Teo... —susurró—. Tengo miedo de romperte. O de que te asustes y te alejes de mí.
Teo movió la mano con valentía y puso su dedo índice sobre los labios de Gael, pidiéndole silencio. Luego negó con la cabeza.
No te vayas, decían sus ojos. Quédate.
La Casa de Gael
Esa tarde, Gael invitó a Teo a su casa por primera vez.
—Mis papás no están, nunca están —dijo Gael con indiferencia, aunque se notaba un dejo de tristeza—. Pero hay mucho espacio.
Cuando llegaron, Teo se quedó con la boca abierta (aunque no hiciera ruido). Era una mansión. Todo era enorme, moderno, caro. Pero se sentía... vacía. Fría.
Gael vivía solo en ese lugar gigante, con gente que iba y venía a limpiar y cocinar, pero nadie que le preguntara cómo le iba en el día o si tenía miedo a las pesadillas.
—Aquí es donde vivo —dijo Gael, metiéndose las manos en los bolsillos, un poco nervioso—. Es mucho, ¿verdad? Soy rico, Teo. Como ese idiota de Allen. Pero yo no soy como él. El dinero no me importa. Yo solo quería que vinieras... porque aquí me siento menos solo cuando estás tú.
Teo caminó hacia él. En ese momento no le importaron las lujosas habitaciones ni los pisos de mármol. Se acercó y abrazó a Gael por la cintura, pegando su cara en su pecho.
Le estaba diciendo: Yo te quiero a ti, no a lo que tienes.
Gael soltó el aire y lo abrazó con fuerza, alzándolo un poco del suelo. Caminaron así hasta el sofá grande y se sentaron. Teo se acomodó entre las piernas de Gael, recostando su espalda contra el pecho ancho del otro, y Gael rodeó su cuerpo con ambos brazos, encerrándolo en un capullo de seguridad.
—Así me gusta —murmuró Gael en su cuello, respirando el aroma de su cabello—. Así estás bien protegido. Nadie entra. Solo nosotros.
Teo cerró los ojos, relajado. Podía escuchar el corazón de Gael latiendo fuerte y rápido detrás de él. Era un sonido perfecto.
Sacó su libreta y empezó a dibujar de nuevo, pero esta vez no necesitó imaginar. Tenía la realidad justo ahí. Dibujó el sofá, los brazos grandes rodeándolo, y escribió al final:
"Encontré mi hogar. Y tiene ojos oscuros y voz fuerte."
Gael leyó por encima de su hombro y sonrió, besando suavemente la punta de su oreja, un beso inocente pero que hizo temblar a Teo entero.
Aunque no habían dicho las palabras "te amo", aunque seguían diciendo que eran mejores amigos... sus acciones ya lo decían todo. Se estaban enamorando lento, pero seguro, como dos piezas de un rompecabezas que por fin encajaban.
Fin del Capítulo 5 .




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