La tarde avanzaba y la luz del sol empezó a teñir todo de naranja dentro de la enorme casa de Gael. Estaban todavía en el sofá, en la misma posición: Teo cómodamente instalado entre las piernas de Gael, recostado contra su pecho, y Gael con los brazos fuertes rodeándolo, sin dejarle espacio para moverse, ni ganas de hacerlo.
Era un silencio cómodo, el mejor silencio que Teo había conocido nunca.
Gael jugaba despacio con los mechones de cabello castaño de Teo, acariciándole el cuello, la oreja, bajando por su brazo delicado. Cada toque era como una pequeña descarga eléctrica que recorría la piel de Teo, haciéndolo estremecer levemente.
—Teo... —susurró Gael, con la voz más grave y ronca de lo habitual—. Gira un poco. Quiero verte la cara.
Teo obedeció sin dudarlo. Se movió con suavidad entre sus brazos hasta quedar cara a cara. Estaban increíblemente cerca. Las rodillas de Teo tocaban los costados del cuerpo de Gael, y sus manos, instintivamente, se apoyaron en el pecho ancho del otro.
Mirarse a los ojos así era peligroso.
Los ojos oscuros de Gael estaban cargados de algo que Teo no había visto antes: era deseo, era ternura, era necesidad pura. Gael no apartaba la mirada de sus labios. Esos labios pequeños, rosados, que siempre estaban cerrados, que nunca soltaban palabras... pero que él se moría por probar.
—Dime que pare... —susurró Gael, acercando su cara milímetro a milímetro, su aliento chocando contra la piel de Teo—. Dime que pare y me detengo ahora mismo. Porque si no me dices nada... voy a hacer algo de lo que quizás no me pueda arrepentir.
Teo sintió que se ahogaba, pero de felicidad. Su corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que Gael lo podía sentir a través de la ropa.
¿Quería que parara? No. Dios, no. Quería eso más que nada en el mundo. Quería saber qué se sentía ser besado por él. Quería sentir que era real.
Pero su voz, como siempre, estaba atrapada. Así que hizo lo único que sabía hacer: habló con su cuerpo.
Teo cerró los ojos y levantó un poco la cara, acercándose él también, frunciendo ligeramente el ceño con timidez pero con decisión. Eso fue todo lo que Gael necesitaba.
El Momento
Gael no esperó más.
Juntó sus labios con los de Teo en un beso suave, muy suave al principio, casi como una caricia. Tenía miedo de romperlo, de asustarlo, de que fuera demasiado para él.
Pero Teo respondió.
Se quedó quieto unos segundos, procesando la sensación: el calor, la humedad, la presión perfecta. Y luego, sus pequeños labios se abrieron un poquito, correspondiendo al beso, dejándose llevar.
—Mmm... —un gemido bajito y silencioso se escapó de la garganta de Teo.
Ese sonido fue lo que detonó a Gael.
La paciencia se acabó. Gael pasó un brazo por detrás de la cintura de Teo y lo apretó contra sí mismo, pegando sus cuerpos totalmente, mientras su otra mano sujetaba la nuca del chico para profundizar el beso. Ya no era tierno y tímido, era hambriento, era intenso, era el beso de alguien que había estado esperando mucho tiempo y que ya no quería soltarlo.
Teo se sentía flotar. Sentía mariposas, sentía fuego. Sus manos se aferraron fuerte a la camisa de Gael, arrugando la tela, necesitando apoyo porque sus piernas habían dejado de funcionar.
Nunca había sentido nada igual. El mundo exterior desapareció. No había escuela, no había Allen, no había gritos ni miedos. Solo estaban ellos dos y el sabor dulce de ese beso.
Gael besaba con desesperación, como si quisiera devorarle el alma, como si quisiera dejar una marca en él para que nadie más se le acercara. Y al mismo tiempo, sus manos lo acariciaban con una delicadeza increíble, protegiéndolo incluso mientras lo besaba.
Se separaron unos segundos para respirar, con las frentes pegadas, jadeando ambos, sin separarse ni un centímetro.
—Dios... Teo... —respiraba Gael fuerte, mirándolo con los ojos brillantes de emoción—. Sabes a... a cielo. Eres tan suave...
Teo tenía los ojos muy abiertos, llenos de brillo, las mejillas completamente rojas, los labios hinchados y rojos por el beso. Se veía precioso. Se mordió el labio inferior, nervioso y feliz, y escondió medio rostro en el cuello de Gael, buscando refugio otra vez.
Gael rió bajito, una risa llena de satisfacción y amor. Lo abrazó con todas sus fuerzas, mecciéndose un poco.
—Ahora sí... —murmuró Gael contra su cabello, besando repetidamente su sien—. Ahora sí eres totalmente mío. No hay vuelta atrás. Te besé, Teo. Te besé de verdad. Y pienso hacerlo mil veces más.
Teo asintió contra su cuello, abrazándolo del mismo modo fuerte, sintiendo que por fin estaba completo.
Después de la Tormenta
Un rato después, ya más calmados, seguían abrazados en el sofá, pero ahora todo se sentía diferente. Había una electricidad en el aire.
Teo tomó su libreta y su lápiz. Sus manos todavía temblaban un poco, pero esta vez no era de miedo.
Dibujó la escena: dos siluetas besándose bajo la luz del atardecer. Y abajo, escribió con letra grande y segura:
"No necesito hablar para decirte que te amo. Mi boca se calló hace años, pero contigo volvió a sentir."
Gael leyó eso y sintió un nudo en la garganta. Le dio un beso rápido en la boca, robándoselo como quien roba un caramelo.
—Yo también te amo, pequeño dibujante. Te amo más que a mi propia paz.
Fin del Capítulo 6.
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Editado: 03.05.2026