Bajo mi protección

El Sonido de tu Voz

Pasaron las semanas y su relación se consolidó. Ya no eran solo "mejores amigos". Se comportaban como novios en todo sentido, aunque no lo hubieran anunciado a los cuatro vientos. Se tomaban de la mano, se abrazaban en los pasillos y Gael no se separaba de él ni un segundo.
Teo se sentía feliz, más seguro que nunca, pero había algo que todavía le pesaba en el pecho: su silencio.
Quería decirle cosas a Gael. Quería agradecerle, quería decirle que lo amaba, quería responderle cuando le hablaba. Pero su garganta seguía siendo esa puerta cerrada que solo se abría un poquito, de vez en cuando, y con muchísimo esfuerzo.
Gael nunca lo presionaba.
—No tienes que hablar si no quieres, mi vida —le decía siempre, besándole la mano—. Yo te entiendo igual. Tus ojos y tus dibujos me dicen todo lo que necesito saber.
Pero esa tarde, estaban en la habitación de Gael. Era un espacio grande, con una cama inmensa y muchas ventanas. Teo estaba sentado en el borde de la cama, terminando un dibujo nuevo, y Gael estaba detrás de él, masajeándole suavemente los hombros, quitándole la tensión acumulada.
—Estás muy tenso, pequeño —murmuró Gael, besando la cima de su cabeza—. Relájate, solo estamos tú y yo. Nadie más nos ve. Nadie te va a juzgar.
Teo cerró los ojos, disfrutando del tacto. Se sentía tan protegido... Tan seguro. De repente, sintió una calidez en el pecho, una sensación de que podía. Quería decirle algo simple, algo pequeño.
Respiró hondo por la nariz, juntó toda su valentía, y abrió la boca.
—G... Gael...
El sonido salió bajito, rasposo, como si sus cuerdas vocales estuvieran oxidados después de años de no usarse. Fue solo un susurro, casi un soplido, pero fue una palabra.
Gael se quedó totalmente congelado.
Las manos en los hombros de Teo se detuvieron en seco. El silencio en la habitación fue absoluto.
Teo se puso rojo inmediatamente, asustado por haberlo intentado, avergonzado de que sonara tan raro. Iba a esconderse, a taparse la cara, pero Gael reaccionó rápido.
Se movió y se puso de rodillas en el suelo frente a él, mirándolo a la cara con los ojos muy abiertos, llenos de un brillo increíble, casi húmedos.
—¿Teo? —susurró Gael, con la voz temblorosa—. ¿Acabo de escucharte...?
Teo lo miró nervioso, mordiéndose el labio, asintiendo muy despacio, con los ojos llenos de lágrimas de esfuerzo y emoción. Quiso intentarlo de nuevo, porque vio que Gael no se reía, sino que estaba maravillado.
—G... Gael... —repitió, un poquito más fuerte, esta vez su voz sonaba más clara, aunque seguía siendo muy suave y delicada—. G... Gra...cias.
—¡Dios mío! —Gael se tapó la boca con una mano, sin poder creérselo.
Se sintió como si le hubieran dado un golpe en el pecho, pero de pura felicidad. Su niño, su silencioso y frágil niño, le estaba hablando. Le estaba dando el regalo más preciado que nadie le podía dar: su voz.
—Teo... —Gael le tomó las manos y se las llevó a los labios, besándolas una y otra vez—. Tu voz... Dios, tu voz es lo más hermoso que he escuchado en mi vida. Eres perfecto. Eres absolutamente perfecto.
Teo sonrió tímidamente, un poco aliviado, y bajó la mirada, pero Gael le levantó el rostro suavemente.
—No te escondas. Quiero escucharte. Dime algo más. Lo que sea. Solo para mí, ¿sí? Solo para tus oídos.
Teo miró esos ojos oscuros que tanto amaba, y sintió que podía hacer cualquier cosa. Juntó aire, y con mucha dificultad pero con mucho amor, susurró:
—Te... quie... ro.
Las dos palabras salieron entrecortadas, dulces, tímidas, pero fueron como música para los oídos de Gael.
—¡Ay, mi vida! —Gael no aguantó más y lo atrajo hacia sí, abrazándolo con fuerza pero con muchísimo cuidado, llorando un poquito de felicidad contra su hombro—. Yo también te quiero. Yo también te amo más que a nada. Gracias... gracias por confiar en mí. Gracias por dejarme entrar.
🤫 Un Secreto entre Dos
A partir de ese día, todo cambió un poquito más.
Teo no empezó a hablar en clase, ni con los maestros, ni con nadie más. Seguía siendo el chico callado y tímido para el mundo exterior.
Pero con Gael era diferente.
Ahora, de vez en cuando, soltaban palabras sueltas.
- Cuando Gael le daba de comer, Teo murmuraba: "Bue...no".

- Cuando se despedían, Teo le agarraba la camisa y susurraba: "Qued...ate".

- O simplemente, cuando Gael le preguntaba si estaba bien, él respondía con un suave y claro: "Sí".
Eran pocas palabras, frases cortas, a veces solo sílabas, pero para Gael eran tesoros. Las guardaba en su corazón como si fueran oro. Aprendió a escuchar el silencio y a valorar cada sonido que salía de esos labios.
Una noche, antes de dormir, estando acurrucados, Teo miró a Gael y le dijo, casi sin voz:
—M...ío.
Gael sonrió, besándolo despacio en la frente.
—Sí, pequeño. Tuyo. Solo tuyo. Y tú eres mío, con voz y con silencio, para siempre.
Teo cerró los ojos, feliz. Sabía que le costaría mucho tiempo recuperar el habla, quizás nunca fuera un gran hablador, pero ya no importaba. Porque había encontrado a alguien que sabía escuchar incluso lo que no se decía.
Fin del Capítulo 7.




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