Allen no había desaparecido, solo se había escondido. Y el orgullo de niño rico no le permitía aceptar que le habían dicho "no". Al contrario, la prohibición y el hecho de que Teo perteneciera a alguien más —y peor aún, a Gael— lo encendía de una obsesión enfermiza.
"¿Por qué él sí y yo no? Soy más rico, soy mejor. Ese chico es un objeto y debe ser para mí.", pensaba Allen con rabia.
Esa tarde, llovía fuerte otra vez. Teo se había quedado esperando a Gael en un pasillo vacío cerca de la salida, porque Gael había ido al baño rápido. Le había dicho: "No te muevas de aquí, vuelvo en un minuto".
Pero Gael tardó un poco más de la cuenta. Y eso fue suficiente.
El Ataque
Allen apareció sigilosamente por detrás. Vio a Teo solo, pequeño, indefenso, mirando por la ventana. El corazón le latía de avaricia.
—Por fin te tengo solo, muñequito —susurró con voz siniestra.
Teo se giró asustado. Quiso correr, quiso gritar por Gael, pero el pánico lo paralizó y su voz, como siempre, falló. Allen lo agarró con fuerza de los brazos, apretando demasiado, empujándolo contra la pared fría del pasillo.
—¡Suéltame! —quiso decir Teo, pero solo salió un quejido ahogado.
—Cállate —espetó Allen, acercando su cara demasiado, oliendo a alcohol y arrogancia—. ¿Crees que ese bruto te quiere de verdad? Solo le gustas porque eres fácil. Yo te puedo dar cosas mejores. Te voy a enseñar lo que es estar con un hombre de verdad.
Teo luchaba, pataleaba, pero Allen era más fuerte y lo tenía inmovilizado contra la pared. Acercó su cara bruscamente, intentando juntar sus labios con los de Teo a la fuerza, mientras una de sus manos bajaba indebidamente por su cintura, tocándolo donde no debía, manchando su piel.
—¡Eres mío ahora! —gritó Allen, cerrando los ojos para forzar el beso.
—AAAAHHH!!!
Un rugido bestial retumbó en todo el pasillo.
La Explosión
Gael había llegado. Y lo que vio le rompió el cable de la razón.
Vio a su Teo, su cosa más preciada, siendo manoseado, siendo obligado, siendo violado por esa basura. Algo dentro de Gael se rompió. No fue el chico popular, no fue el novio cariñoso. Fue la bestia, el instinto puro de protección y posesión.
—¡SUÉLTALO, HIJO DE PUTA!!!
Gael no corrió, voló.
Llegó y agarró a Allen de la camisa con una mano y lo arrancó de encima de Teo como si pesara nada, lanzándolo varios metros hacia el otro lado del pasillo.
Teo se deslizó por la pared hasta el suelo, temblando, llorando en silencio, tocándose los labios y los brazos como si quisiera quitarse una suciedad invisible. Esa imagen fue la sentencia de muerte para Allen.
—¡TE DIJE QUE NO LO TOCARAS! —gritó Gael con una voz que no sonaba humana, grave y rota por la furia.
Allen intentó levantarse, intentó decir algo:
—Tranquilo, solo jugábamos, el rarito se divierte...
No pudo terminar la frase.
Gael se abalanzó sobre él. Y empezó a golpear.
¡PUM! Un golpe directo a la nariz. Se escuchó el crujido de huesos rotos.
¡PUM! PUM! PUM! Uno tras otro en la cara, en el estómago, donde fuera.
Gael no se detenía. Estaba en un trance de rabia pura. Su TDAH y su ansiedad se convirtieron en pura fuerza bruta. Golpeaba una y otra vez, sin sentir cansancio, sin sentir dolor en sus propios nudillos, solo quería destruir a quien había osado poner un dedo sobre su propiedad.
—¡NO! ¡TOQUES! ¡LO! ¡QUE! ¡ES! ¡MÍO! —gritaba con cada golpe, escupiendo palabras entre dientes, con los ojos desorbitados, llenos de sangre y locura.
—¡Para! ¡Por favor! ¡Me matas! —lloraba Allen en el suelo, cubriéndose la cara, sangrando por todos lados, la nariz rota, los labios partidos, el ojo hinchándose ya.
Pero Gael no escuchaba. Estaba fuera de control. Levantaba el puño y lo dejaba caer con toda su fuerza una y otra vez. Estaba dispuesto a seguir golpeando hasta que dejara de moverse, hasta que fuera un montón de carne inerte.
—Gael... ¡Gael, basta!
Una voz pequeña, débil, pero que llegó directo al corazón del huracán.
Fue Teo. Estaba en el suelo, llorando, y había logrado sacar esa palabra de su garganta por el miedo a perder a Gael.
Gael se congeló en el aire, con el puño levantado listo para dar el golpe final, temblando violentamente, con los nudillos ensangrentados, la respiración como un toro.
Poco a poco, giró la cabeza lentamente hacia Teo. Sus ojos oscuros estaban llenos de lágrimas de rabia y dolor.
Bajó el brazo. Se puso de pie de un salto, ignorando a Allen que gemía en el suelo hecho una mierda, y corrió hacia Teo.
El Después
Se arrodilló frente a él con desesperación, pero tuvo cuidado de no tocarlo con las manos manchadas de sangre ajena.
—¿Te hizo daño? ¿Te tocó ? —preguntaba Gael, con la voz rota, llorando—. Perdóname, perdóname por no llegar antes. Mi pequeño, mi amor, perdóname.
Teo lo miró. Tenía miedo de la violencia que acababa de ver, sí, pero también sentía que Gael había sido su héroe otra vez. Gael había destruido al monstruo por él.
Teo extendió sus manos temblorosas y tomó las manos de Gael, viendo los moretones y la sangre en sus dedos. Y entonces, con un esfuerzo inmenso, miró a Gael a los ojos y le dijo, con su vocecita quebrada pero clara:
—Tú... mío...
Gael sollozó y lo atrajo hacia sí, abrazándolo con locura, enterrando la cara en su cuello, manchando un poco su ropa pero sin importarle nada.
—Sí, pequeño... soy tuyo. Y tú eres mío. Y nadie, nadie jamás te va a volver a poner un dedo encima. Juro que lo mato si se acerca de nuevo.
Allen fue expulsado ese mismo día, llevado en camilla, con la lección bien aprendida. Nunca más volvió a molestar.
Y Gael, aunque tuvo un castigo severo, no se arrepentía de nada. Porque había defendido lo que amaba.
Fin del Capítulo 8.
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Editado: 03.05.2026