Habían pasado dos años. Ya estaban en el último semestre de la preparatoria, a punto de graduarse y entrar a la universidad. Tenían 18 años.
Gael ya no era solo un chico alto, era un joven imponente, fuerte, con una presencia que intimidaba a cualquiera. Teo había crecido un poco más, conservaba su delicadeza y su piel pálida, pero sus ojos tenían más luz, y aunque seguía siendo silencioso ante el mundo, con Gael ya soltaba frases cortas, susurros y palabras de amor que eran solo para ellos dos.
Pero lo que pasó ese día con Allen revivió todo el terror.
En cuanto subieron al auto de Gael, Teo empezó a temblar. No era frío. Se tocaba los brazos, se tocaba los labios, y su respiración se agitaba. Sentía asco. Sentía que la piel le ardía. Olía el perfume caro y repulsivo de Allen impregnado en su ropa, en su cuello, en su boca.
—Sucio... —murmuró Teo con voz rota, lágrimas cayendo sin control—. Me siento... sucio... Quiero... quitarlo...
Gael manejaba con una mano, mientras con la otra apretaba fuerte la mano de Teo. Tenía los nudillos hinchados, cortados y manchados de sangre seca. Su ropa estaba sucia, rasgada, llena de tierra y violencia.
—Ya llegamos, amor, ya llegamos —susurró Gael con la voz grave y dolorida—. Voy a borrarlo todo. Te lo prometo. Voy a borrar cada rastro de ese hijo de puta de tu piel.
El Baño
En cuanto llegaron a la casa, Gael lo llevó directo al baño principal, ese que tenía una ducha enorme y una bañera inmensa.
Encendió el agua, dejando que saliera bien caliente. El vapor empezó a llenar el ambiente, creando una neblina cálida y protectora.
Sin decir nada, Gael empezó a quitarle la ropa a Teo con muchísima delicadeza, como si estuviera desvistiendo a una obra de arte. Teo se quedó de pie, desnudo, pequeño y vulnerable, abrazándose a sí mismo, con la cabeza baja, odiándo sentirse así.
—Mírame, Teo —le pidió Gael suavemente, quitándose también su propia camisa y pantalones, dejando ver su cuerpo fuerte, marcado, y las marcas de la pelea—. Tú estás intacto. Tú eres puro. Él no te tocó de verdad. Solo rozó la superficie. Yo voy a limpiarte.
Se metieron juntos bajo el chorro de agua caliente.
El agua cayó sobre ellos, mezclándose con las lágrimas de Teo y la sangre que empezó a lavarse de las manos de Gael. El piso se tiñó de rojo por un momento, pero luego todo se fue limpiando.
Gael tomó el jabón, lo hizo espuma en sus manos grandes y fuertes, y empezó a pasarla por el cuerpo de Teo.
Empezó por sus hombros, bajando por sus brazos, limpiando cada centímetro donde Allen lo había agarrado.
—Aquí... —susurraba Gael—. Aquí te toco yo. Nadie más.
Lavó su pecho, su cintura, sus piernas.
—Todo esto es mío. Mi propiedad. Mi amor.
Y cuando llegó a su rostro, sostuvo su cara con ambas manos, lavando suavemente sus labios con sus pulgares, bajo el agua.
—Estos labios... solo los beso yo. Solo yo tengo derecho a estar aquí.
Teo cerraba los ojos, dejándose hacer. Sentía cómo el agua se llevaba el asco, y las manos de Gael se llevaban el miedo. Poco a poco, el temblor paró. Ya no olía a Allen. Ahora olía a jabón, a Gael, a hogar.
—¿Mejor? —preguntó Gael bajito.
Teo asintió, y con la voz quebrada dijo:
—Más... por favor... borra todo...
La Noche
Saliendo de la ducha, se secaron el uno al otro. Gael envolvió a Teo en una toalla grande y lo cargó en brazos hasta su habitación, llevándolo a la cama grande y cómoda.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por la ventana.
Se acostaron juntos, piel con piel. Ya no había miedo. Había necesidad. Había amor. Había la certeza de que pertenecían el uno al otro.
Gael se posicionó sobre él, cuidando siempre de no aplastarlo con su peso, sosteniéndose sobre sus codos. Miró a Teo a los ojos, esos ojos claros que lo habían salvado de la locura.
—Teo... ¿estás seguro? —preguntó Gael, su voz era un ronroneo grave, llena de deseo pero también de respeto—. Si me dices que pare, paro.
Teo lo miró, levantó sus manos y acarició las cicatrices nuevas en los nudillos de Gael, las cicatrices que se había hecho por defenderlo. Y entonces, con una valentía nueva, con la voz suave pero firme, le dijo:
—Tuyo... Soy todo... tuyo.
Eso fue todo lo que Gael necesitaba escuchar.
Bajó la cabeza y lo besó. No fue un beso suave esta vez. Fue un beso profundo, hambriento, posesivo. Sus cuerpos se entrelazaron, fundiéndose en uno solo.
Gael lo amó con una intensidad desbordada. Era fuerte y dominante, pero al mismo tiempo infinitamente cuidadoso, sintiendo que tenía en sus brazos algo más valioso que todo el oro del mundo. Le demostró con cada caricia, con cada movimiento, que él era el único que podía hacerlo sentir así, el único que podía hacerlo volar, el único que podía hacerlo sentir amado y seguro.
Teo se perdió en la sensación de tenerlo encima, de sentirlo dentro, de borrar cualquier recuerdo malo y reemplazarlo por el calor, el olor y el amor de Gael. Gimiendo bajito, diciendo su nombre una y otra vez en susurros entrecortados.
Esa noche no hubo silencio que valiera. Hubo sonidos de amor, hubo promesas hechas carne y piel.
Se quedaron dormidos abrazados, agotados pero completos. Teo dormía plácidamente sobre el pecho de Gael, y Gael lo tenía aferrado entre sus brazos, como un escudo invisible que lo protegería por toda la eternidad.
Habían sobrevivido al miedo, al dolor y a los monstruos. Ahora solo les quedaba el futuro, la universidad y una vida entera para seguir amándose.
Fin del Capítulo 9.
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Editado: 03.05.2026