—¡No entiendo! ¡¿Por qué tengo que irme?! —gritó Gael, pateando el asiento del auto con fuerza, sus ojos negros brillando de rabia pura—. ¡Tengo clases! ¡Tengo exámenes! ¡Y tengo que estar con Teo!
—No es una petición, Gael, es una orden —habló su padre con voz fría y autoritaria desde el asiento delantero—. Es algo importante para la empresa. Necesitamos que estés presente. Te conseguimos una licencia especial en tu... instituto, así que no hay discusión.
Gael apretó los puños hasta doler. Su TDAH le gritaba que algo no estaba bien, que no quería estar ahí, que quería correr de vuelta donde estaba su paz. Pero no podía. Sus padres lo habían arrancado de su vida como si arrancaran una planta de raíz.
Llegó al aeropuerto, y lo último que hizo fue abrazar a Teo con desesperación, escondiendo su rostro en su cuello.
—No me gusta esto... siento que me llevan lejos de ti para siempre —murmuró Gael.
—Ve... solo son unos días —respondió Teo, acariciando su espalda, aunque en el fondo también sentía un nudo en el estómago—. Vuelve pronto. Te espero.
Y entonces, el avión despegó. Gael miró por la ventana cómo el mundo se hacía pequeño, sintiendo que se ahogaba sin la presencia de su chico.
Al llegar a Alemania, el clima era frío y gris. Todo era serio, elegante y opresivo. Sus padres lo llevaron directo a un hotel de lujo.
En cuanto entraron a la suite, la madre de Gael habló:
—Lávate, cámbiate y ponte tu traje. Nos vamos a cenar en una hora.
—¿Qué? ¿Ahora? ¡Estoy cansado! —protestó Gael, tirando su maleta al suelo.
—Te vas a arreglar y punto —intervino el padre—. Vamos a sellar un trato millonario esta noche. Tu presencia es obligatoria.
Gael gruñó, maldiciendo entre dientes. Se puso el traje negro que le quedaba perfecto, resaltando su figura fuerte y atractiva, pero su rostro era una máscara de mal humor. Se veía guapísimo, pero intimidante.
El restaurante era de ensueño, caro y silencioso. Allí esperaban otra pareja, vestidos impecablemente, con sonrisas falsas y posturas rígidas.
—Gael, te presento a los señores Müller —dijo su padre con una sonrisa que nunca llegaba a los ojos—. Son socios muy importantes.
Se sentaron. La comida era exquisita, pero Gael no tenía hambre. Solo quería irse, quería llamar a Teo, quería sentir que seguía siendo dueño de su vida.
Después de hablar de números, dinero y empresas, el señor Müller carraspeó y miró a su esposa.
—Creemos que para fortalecer esta alianza... no basta con contratos —dijo el hombre, mirando a Gael con aprobación—. Nuestras familias deberían unirse de verdad.
Gael frunció el ceño. ¿De qué hablaba?
—Por eso —continuó su propio padre—, hemos decidido que lo mejor es sellar este acuerdo con un matrimonio.
Las palabras cayeron como bombas. Gael se quedó helado.
—¿Matrimonio? —repitió Gael, incrédulo—. ¿Están locos? ¡Yo tengo veinte años! ¡Y tengo novio!
—No digas tonterías, Gael —lo cortó su madre con frialdad—. Eso en el instituto son juegos de niños. Aquí hablamos de futuro, de poder, de legado.
Y entonces, desde una mesa cercana, se levantó una chica. Alta, rubia, elegante, con una sonrisa tímida. Caminó hacia ellos y se sentó al lado de Gael.
—Ella es Elisabeth —presentó la señora Müller—. Nuestra hija. Es perfecta para ti.
Gael sintió que el mundo se oscurecía. Miró a la chica, luego miró a sus padres que lo vendían como si fuera mercancía, y sintió que su sangre hervía.
—¿Ustedes están locos? —rugió Gael, levantándose de golpe haciendo rechinar la silla—. ¡Yo no me voy a casar con nadie! ¡Yo pertenezco a alguien más! ¡Yo amo a Teo!
—Siéntate, Gael, y baja la voz —ordenó su padre con voz peligrosa—. Esto ya está decidido. La boda será en cuanto se gradúen. Es por el bien de todos.
—¡NO! —gritó Gael, sintiendo que perdía el control, sintiendo que le arrancaban el corazón—. ¡Nunca voy a aceptar! ¡Prefiero morir antes que dejar a Teo!
Pero al ver las caras de sus padres, supo que no estaban bromeando. Eran serios. Fríos. Calculadores.
Lo habían llevado hasta ahí engañado. Lo habían obligado a dejar a su amor... para venderlo por dinero y poder.
La noche apenas empezaba, y Gael sentía que estaba en el infierno, lejos de su luz, lejos de su paz, obligado a mirar a ojos de una extraña cuando sus ojos solo pertenecían al color miel de su chico.
El vuelo de vuelta a México fue un infierno silencioso. Gael había dicho que NO mil veces. Había gritado, había roto cosas en la habitación del hotel, había amenazado con no volver... pero nada sirvió.
Sus padres eran fríos, calculadores y poderosos. Para ellos, él no era un hijo con sentimientos, era una pieza más en su juego de dinero.
—El trato está hecho, Gael —le dijo su padre antes de subir al avión—. O aceptas casarte con Elisabeth, o hacemos que cierren ese instituto de locos y que tu querido Teo se quede en la calle sin educación.
Esa fue la sentencia. Gael apretó los dientes hasta que sintió sabor a sangre. No podía permitir que lastimaran a Teo.
Tenía que aceptar. Tenía que fingir.
Al bajar del avión, Gael no estaba solo.
Caminando a su lado, con una sonrisa perfecta, el cabello rubio peinado impecablemente y ropa de marca, iba Elisabeth.
Era hermosa, sí. Delgada, elegante, con esa seguridad que da el dinero y la "normalidad". Pero para Gael, su presencia era veneno puro.
—No me toques —le gruñó Gael cuando ella intentó tomarle el brazo—. Camina a mi lado, pero no te atrevas a pensar que somos algo.
Ella solo rió bajito, sin ofenderse, ajustándose el bolso caro.
—Por ahora, amor. Ya verás como con el tiempo me vas a querer. Soy perfecta para ti. Soy normal.
EN SHŌGAI
La noticia corrió como pólvora. La puerta principal se abrió y entró Gael... pero no venía solo.
Todos se quedaron con la boca abierta.
—¿Quién es esa chica? —susurraron los alumnos.
—¿Por qué está con Gael?
La directora misma los recibió en la entrada.
—Sean bienvenidos. Elisabeth se ha inscrito oficialmente para cursar el resto de la carrera junto a ustedes. Se le asignó una habitación en el área de hospedaje externo.
—¿Cómo puede entrar aquí? Si ella no tiene nada... —murmuró alguien.
—Sus padres realizaron una donación muy generosa para mejorar las instalaciones —anunció la directora—. Así que merece todo el respeto.
Gael caminaba con el ceño fruncido, los puños cerrados, sintiendo que el suelo se le movía. Buscó con la mirada desesperada... y allí estaba él.
Teo.
Teo estaba en el pasillo, con Lesly y Donovan, y al verlos llegar juntos, su corazón se detuvo por un segundo. Vio a la chica guapa, elegante, caminando al lado de Gael como si le perteneciera. Vio que Gael no la rechazaba físicamente, aunque se notaba que odiaba cada segundo.
Elisabeth, al ver a Teo, lo miró de arriba abajo con una mezcla de curiosidad y superioridad disimulada. Sabía quién era. Sabía que era "el problema". Pero se sentía segura. Ella era "normal", ella era lo que la sociedad aceptaba.
Se acercó más a Gael, tocando su brazo esta vez sin permiso, marcando territorio frente a todos.
—Cariño, ¿ellos son tus amigos? —preguntó ella con voz dulce y fingida.
Gael se tensó al máximo. Quería gritar "¡NO ME TOQUES! ¡ÉL ES MI NOVIO! ¡ESTO ES UNA MENTIRA!", pero recordó las palabras de su padre: "Si dices una palabra, cierro el instituto".
Así que solo miró a Teo. Sus ojos negros estaban llenos de dolor, de furia impotente, diciéndole sin palabras: "Teo, espérame, no es lo que parece, te amo".
Pero desde fuera, para todos... parecía que Gael tenía una novia perfecta. Parecía que había cambiado.
Dilan llegó corriendo y se quedó helado al ver la escena.
—¿¡Pero qué carajos!? —exclamó—. ¡Gael! ¿Quién es esta tipa y por qué te está tocando? ¿Dónde quedó el rubio?
—Cállate, Dilan... —murmuró Gael, con voz ronca y peligrosa—. Es... es Elisabeth. Es... mi prometida.
La palabra "prometida" salió como un vómito.
Zeke, que estaba pegado a Teo, levantó la vista y frunció el ceño, confundido.
—Ella... ella trae aire frío. No brilla. ¿Por qué está cerca del guerrero?
Donovan estaba indignado:
—¡Su ropa es demasiado llamativa! ¡No combina con el uniforme del instituto! ¡Es una anomalía!
Lesly solo miró a la chica y susurró:
—Viene a robar... pero el amor no se deja robar fácil. Se va a quemar.
Elisabeth soltó una risita y miró a Teo con falsa amabilidad.
—Ah, así que tú eres Teo... Gael me habló mucho de ti. Dice que eres su "amigo especial" y que te gusta mucho dibujar. Qué lindo.
Gael cerró los ojos. Quería morir en ese momento. Ella estaba minimizándolo. Ella estaba poniendo esa etiqueta de "amigo" frente a todos.
Teo no dijo nada. Su rostro se puso pálido, muy pálido. Sintió un golpe en el pecho. Miró a Gael, buscando una señal, buscando una negativa... pero Gael solo pudo desviar la mirada, apretando los puños hasta hacerse daño.
—Vamos, Gael, se hace tarde para clases —dijo Elisabeth, tomándolo del brazo y obligándolo a caminar, pasando por enfrente de Teo como si nada.
Y Gael tuvo que irse. Tuvo que dejar ahí a su amor, con el corazón roto en mil pedazos, mientras esa extraña se llevaba a su lado.
—Teo... —alcanzó a murmurar Gael antes de perderse en el pasillo.
Pero Teo ya no estaba viendo. Sus ojos claros se llenaron de lágrimas que no querían caer. Por primera vez en mucho tiempo, el miedo volvió. Un miedo terrible de que, esta vez, sí se lo hubieran arrebatado para siempre.
Editado: 04.05.2026