El aire seguía cargado, pero las palabras ya no eran golpes, eran explicaciones desesperadas.
Gael tomó el rostro de Teo entre sus manos grandes, obligándolo a mirarlo, necesitando que creyera cada sílaba que salía de su boca.
—Escúchame bien, mi vida... —dijo Gael, con la voz ronca y los ojos llenos de urgencia—. Lo de Elisabeth no es nada. Mis padres arreglaron todo a mis espaldas. Me llevaron a Alemania engañado y me obligaron a aceptar ese compromiso para sellar un negocio millonario. Yo no la quiero, Teo. No siento nada por ella. Es solo un contrato estúpido.
Teo lo miró fijamente, buscando la mentira, pero solo encontró la verdad en esa mirada oscura. Sintió que un peso se le quitaba del pecho.
—¿De verdad...? —susurró Teo.
—Te juro por mi vida que sí —afirmó Gael—. Dame un poco de tiempo. Estoy buscando la forma de romperlo, de decirles que no, de arreglar este desastre. Pero necesito que confíes en mí. No me hagas esto de esconderte, no me hagas esto de huir... me muero sin ti.
Teo asintió despacio, soltando el aire que tenía atrapado.
—Ren... Ren solo es un amigo —confesó Teo, bajando la mirada un poco avergonzado—. Estaba triste, sentía que me habías dejado y él solo fue amable. Me llevaba dulces y me escuchaba. Pero no hay nada, Gael. Nada. Yo soy tuyo. Solo tuyo. Y me voy a alejar de él, no te preocupes.
—Gracias... gracias, mi amor —Gael no aguantó más y lo atrajo hacia sí, envolviéndolo en un abrazo de oso, apretándolo con tanta fuerza que parecía querer fusionar sus cuerpos—. Pensar que otro te tocaba... pensé que me volvía loco. Eres mío. Solo mío.
Se quedaron ahí abrazados, reparando el daño, jurándose lealtad otra vez, ignorando las miradas, ignorando a la rubia que estaba lejos hecha una furia.
EL PLAN DE LOS PADRES
Pero la paz duró poco.
Esa misma noche, Elisabeth, humillada y dolida por cómo Gael la había tratado y por cómo había ido corriendo detrás del rubio, llamó a sus padres y a los padres de Gael.
Les contó todo. Les contó que Gael era violento, que la ignoraba, que todavía andaba con su "amiguito" y que la situación estaba fuera de control.
Y los padres, en su frialdad y arrogancia, tomaron una decisión drástica.
Al día siguiente, Gael llegó a su casa después de clases esperando encontrar su refugio, esperando estar solo para poder traer a Teo y tenerlo para él... pero se encontró con que todo había cambiado.
Las maletas de Elisabeth estaban en la entrada. Sus vestidos, sus zapatos, sus cosas... ocupando el espacio que era solo suyo.
—¿Qué significa esto? —preguntó Gael girándose a su padre que estaba en la sala.
—Significa que ya basta de juegos, Gael —dijo su padre con autoridad—. Elisabeth se muda aquí.
Gael sintió que la sangre le hervía.
—¿¡QUÉ?! ¡ESTO ES MI CASA! ¡ES MI ESPACIO!
—Y ella es tu prometida —lo cortó su madre con frialdad—. Si van a casarse, necesitan convivir. Necesitan aprender a estar juntos. Así que ella vivirá aquí, en la habitación de invitados, y compartirán el techo para que "mejore su relación".
—¡YO NO LA QUIERO AQUÍ! —rugió Gael, sus puños cerrados—. ¡Es mi privacidad! ¡Es mi vida!
—Tu vida ahora es ella —sentenció su padre—. O aceptas que esté bajo este techo y tratas de comportarte como un hombre decente, o cerramos el instituto hoy mismo. Tú decides.
Gael apretó los dientes hasta que sintió sabor a metal. Lo tenían contra la pared otra vez.
Elisabeth apareció por las escaleras, ya con ropa de casa, sonriendo con suficiencia, pasando por enfrente de Gael y susurrándole al oído:
—Ahora sí, amor mío... vamos a aprender a querernos. Ya no se te va a escapar. Estoy en tu casa, en tu espacio... y ese rubiecito ya no podrá entrar tan fácil.
Gael cerró los ojos, respirando hondo para no explotar y destruir todo.
Tenía a Teo de su lado, tenía su amor... pero ahora tenía al diablo viviendo bajo su mismo techo.
Gael se reunió con Dilan en un rincón apartado del gimnasio. Le contó todo, desde la amenaza de sus padres hasta la invasión en su habitación.
Dilan se puso rojo de coraje.
—¡¿Qué?! ¡Esa perra se cree dueña de todo! ¡Y encima te quiere obligar a casarte! ¡No podemos permitirlo, Gael! ¡Tenemos que hacer algo!
Gael apretó los dientes, frustrado.
—No puedo negarme, Dilan. Si lo hago, cierran el instituto y lastiman a Teo. Pero... tengo que ganar tiempo. Tengo que buscar la salida.
—Pues si no puedes romper el trato... —Dilan sonrió de repente, una sonrisa malvada y brillante—. ¡HAGAMOS QUE ELLA LO ROMPA!
Gael lo miró.
—¿Cómo?
—Mírala, Gael. Es una niña rica, mimada, acostumbrada a que le hagan todo, a tener todo limpio y perfecto. Ella quiere el estatus, el dinero y el "chico guapo". No quiere problemas, no quiere trabajo sucio. —Dilan se acercó y le susurró el plan—. Trátala como si fuera tu sirvienta. Hazle la vida imposible. Sé el hombre más desordenado, ruidoso y caótico que puedas ser. Que se arrepienta de haber nacido antes de que llegue la boda.
Gael abrió los ojos y una sonrisa igual de malvada se formó en sus labios.
—Eres un genio, Dilan... un maldito genio.
—¡Claro que sí! ¡A destruirla!
Los días siguientes, Gael volvió a ser el de antes. Caminaba del brazo de Teo, riendo, besándolo en los pasillos, ignorando totalmente la existencia de Elisabeth.
Ella, por su parte, intentaba mantener la dignidad. Los seguía a todos lados con la cabeza en alto, intentando sonreír.
—Gael, espera... ¿vamos a comer? —decía ella.
Gael ni siquiera volteaba.
—Estoy ocupado con mi novio. Si quieres come sola.
—¿Novio? —ella fingía risa nerviosa frente a los demás—. Ay, Teo es solo tu amigo muy especial, ¿verdad, Gael? Es como un hermanito.
Silencio total. Nadie le respondía. Todos la miraban con lástima o con indiferencia. Se estaba convirtiendo en la sombra invisible, y eso la mataba por dentro.
EN CASA: LA PESADILLA EMPIEZA
La presión sobre Elisabeth era enorme. Sus padres la llamaban todos los días llorando o gritando:
"¡Haz lo que sea! ¡La empresa está quebrando! ¡Este matrimonio es nuestra única salvación! ¡Consíguelo, o estamos arruinados!"
Desesperada, decidió que tenía que actuar. Una noche, se puso su lencería más cara y provocativa, se soltó el cabello y salió de su habitación caminando con sensualidad hacia la sala donde estaba Gael viendo la tele.
—Gael... cariño... —dijo ella con voz ronca, posando frente a él—. ¿No crees que ya es hora de que nos conozcamos mejor... como esposos que seremos?
Gael la miró de arriba abajo con total aburrimiento y frialdad. No sintió nada. Ni una pizca de interés.
—Siéntate, Elisabeth... tenemos que hablar —dijo Gael señalando el sofá.
Ella se sentó ilusionada, pensando que había funcionado.
—¿Sí? ¿Qué pasa, amor?
—Me casaré contigo —soltó Gael de golpe.
Los ojos de ella se iluminaron. ¡Lo había logrado!
—¿De verdad? ¡Oh, Gael! ¡Te haré el hombre más feliz!
—Pero... —Gael la calló con la mirada—. Bajo mis reglas. Aquí no somos ricos, aquí no hay sirvientes, aquí somos una familia normal. Y como vas a ser mi esposa, tú te encargas de la casa.
Ella parpadeó confundida.
—¿Cómo... cómo que yo?
—Así es. Mañana despido a todo el personal. Cocina, limpieza, jardinería... todo se acaba. Eres tú o nada. ¿Aceptas?
Elisabeth pensó en sus padres, en la quiebra, en el dinero. Tragó saliva y asintió rápido.
—¡Claro que sí! ¡Lo que tú quieras! ¡Seré la mejor esposa!
Al día siguiente, Gael cumplió. Despidió a todos. La casa quedó en silencio... y el caos comenzó.
Gael activó su modo "Desastre Total".
- Dejaba sus zapatos deportivos llenos de lodo justo en medio de la sala.
- Comía y dejaba los platos sucios, con restos de comida, sobre la mesa, sobre el sofá, incluso en el piso.
- Su ropa interior y sudaderas sucias aparecían tiradas por todos lados.
- Llamaba a Dilan y a todo el equipo de deportes: "¡Vengan a la casa, hay cheve y comida!".
La casa se convertía en un zoológico. Gritos, risas, botellas vacías, comida tirada, olor a sudor y cerveza. Y cuando todos se iban, dejaban el lugar hecho un desastre monumental.
Y ahí entraba Elisabeth.
—¡¡¡NO!!! ¡¡¡ESTO ES ASQUEROSO!!! —gritaba la pobre chica, con guantes de goma, trapeando el piso con lágrimas en los ojos—. ¡¿Cómo pueden vivir así?! ¡Hay grasa! ¡Hay basura! ¡Todo está fuera de lugar!
Gael pasaba por su lado, caminando con las manos en los bolsillos, mirándola con suficiencia.
—¿Qué pasa, cariño? ¿Te da pereza? Se supone que eres mi futura esposa. Una buena esposa mantiene el hogar limpio. Sigue limpiando, que aún veo polvo.
—¡Yo soy una dama! ¡Yo no estoy hecha para esto! —lloraba ella.
—Pues acostúmbrate —se encogió de hombros Gael—. O renuncias y nos separamos...
Ella se mordía los labios, furiosa, humillada, pero no podía parar. Sus padres la matarían si fallaba. Así que seguía limpiando, seguía aguantando, mientras Gael y Dilan se reían en su cara.
El plan estaba funcionando a la perfección.
Ella quería el oro... pero Gael le estaba dando basura. Y poco a poco, la princesita se estaba cansando.
Editado: 04.05.2026