Bajo mi protección

LA BESTIA Y SU AMO

La fiesta había terminado. Los amigos se habían ido dejando botellas vacías y el olor a alcohol en el aire. Gael se había caído en la cama totalmente vestido, profundamente dormido, rendido por el cansancio y la bebida.
Elisabeth esperó ese momento. Creyó que era su oportunidad. Creyendo que si se entregaba, si lo tenía esa noche, él se sentiría responsable y la querría de verdad.
Sin nada de ropa, completamente desnuda, abrió la puerta despacio y se metió entre las sábanas. Se acomodó sobre sus piernas, rozando su cuerpo con el suyo, intentando despertarlo con caricias.
—Gael... mi amor... despierta... —susurró ella con voz entrecortada—. Al fin... al fin serás mío. Hazme tuya. Por favor... quiero ser tu mujer.
Gael abrió los ojos de golpe. La niebla del alcohol no lo dejaba pensar claro, pero sintió el peso extraño, sintió el tacto que no era el suyo.
Levantó la mirada pesada y la vio ahí, encima de él, desnuda, pidiéndolo.
Una sonrisa lenta, oscura y perversa se formó en los labios de Gael.
—¿Asi... que esto quieres...? —murmuró con voz ronca, pastosa y peligrosa.
—Sí... por favor... —ella se mordió el labio, emocionada pensando que funcionaba.
Gael no fue suave. Con un movimiento veloz y brusco, la bajó de encima, la agarró con fuerza brutal de la nuca y la empujó hacia el gran escritorio de madera, recargándola boca abajo contra la superficie fría, inmovilizándola completamente.
—¿Quieres que te tenga? ¿Quieres ser mía? —gruñó Gael, pegándose a su espalda, su aliento hedía a cerveza y rabia—. Pues te voy a tener como yo quiera... como se merece una puta que se mete en camas ajenas.
Empezó a tocarla, pero no con deseo, sino con violencia y asco. Sus manos recorrían su cuerpo bruscamente, apretando, marcando, sintiendo que la estaba ensuciando más que tocando. Ella sintió el dolor, sintió la fuerza descomunal, sintió que él no estaba ahí como amante, estaba ahí como depredador.
El miedo le heló la sangre. Eso no era amor. Eso no era sexo. Eso era peligro puro.
—¡NO! ¡¡¡POR FAVOR!!! —gritó ella, empezando a llorar y temblar de verdad, intentando zafarse—. ¡¡¡ME HACES DAÑO!!! ¡¡¡NO QUIERO!!! ¡¡¡NO ES LO QUE QUIERO!!!
Gael se detuvo. Su respiración era pesada y agitada. Se acercó a su oído, y con un susurro helado le dijo:
—No me excitaste ni un poco, Elisabeth... —espetó con total desprecio—. Eres fría, eres dura y eres falsa. No sabes estar con un hombre. Sabes estar solo con el dinero.
La soltó de golpe haciéndola caer al suelo.
—Lárgate. Sal de mi habitación ahora mismo antes de que me enoje de verdad y te lastime.
Ella, llorando, avergonzada, sintiéndose sucia y usada, agarró su ropa y salió corriendo a su cuarto, cerrando con seguro, temblando de pies a cabeza. Se dio cuenta de que había subestimado la locura de ese hombre. Gael no era un chico malo... era una bestia sin control.
Gael se acomodó de nuevo en la cama, olvidando el incidente como si hubiera espantado una mosca. Sacó su teléfono y escribió con los dedos torpes pero firmes:
"Mañana no vas a la universidad. Ven directo a casa. Te necesito aquí. Solo tú."
Elisabeth bajó temprano, todavía con el cuerpo adolorido y el alma herida. Se arregló lo mejor que pudo y se fue al Instituto Shōgai esperando encontrar a Gael ahí, esperando que quizás después de lo sucedido él se comportara normal... pero no.
El día pasó y Gael no apareció.
—¿Dónde está Gael? —preguntaba ella a Dilan.
—No sé, debe estar ocupado —respondía él con cara de pocos amigos.
Y no solo faltaba Gael. Teo tampoco estaba.
Una extraña sensación de malestar se apoderó de ella. Algo no estaba bien.
Al terminar las clases, Elisabeth regresó a la casa de Gael. El silencio era absoluto, demasiado tranquilo para ser la guarida del caos.
Subió las escaleras despacio, sus pasos resonaban. Pasó por su habitación, pero se detuvo frente a la puerta de Gael. La puerta estaba entreabierta.
Desde fuera no se oía nada... pero se sentía algo. Algo cálido, pesado, íntimo.
Con miedo pero con curiosidad mórbida, empujó la puerta un poquito más y asomó la cabeza.
Y lo que vio... la dejó clavada en el sitio, sin poder respirar, sintiendo que el mundo se le venía encima.
En la cama, desordenada, llena de sábanas revueltas, estaban ellos.
Gael y Teo.
Ambos completamente desnudos, fundidos el uno con el otro. Gael tenía al rubio atrapado entre sus brazos fuertes, durmiendo con el rostro escondido en el cuello ajeno, poseyéndolo incluso en el sueño. Teo estaba recostado sobre el pecho del mayor, tranquilo, feliz, con una marca enorme y morada en su cuello que gritaba a los cuatro vientos de quién era.
Se veían hermosos. Se veían dueños el uno del otro.
No había ropa, no había distancia, no había mentiras. Solo la realidad cruda y dolorosa para ella: Gael pertenecía a ese cuerpo pequeño. Y nadie, ni ella, ni el dinero, ni los tratos, iba a cambiar eso.
Elisabeth sintió náuseas. Sintió que se rompía por dentro. Vio cómo Gael apretaba más a Teo en su sueño, gruñendo algo ininteligible pero lleno de amor.
Ella no existía. Ella era invisible. Ella era solo un obstáculo que ellos habían saltado mientras se amaban en su propia cama.
Sin hacer ruido, sin ser notada, Elisabeth retrocedió paso a paso, cerró la puerta despacio y se quedó apoyada en la pared del pasillo, llorando en silencio, entendiendo por fin que había perdido.
Había perdido el juego.

Elisabeth no aguantó ni un día más. Después de ver lo que vio, después de sentir el miedo y la humillación, y dándose cuenta de que jamás, jamás iba a poder con ese hombre ni con ese amor, tomó el teléfono y marcó a los padres de Gael.
—Quiero hablar con ustedes... YA —dijo ella con voz firme y rota—. Vengo a decirles que se acabó. Rompo el compromiso. No me caso con su hijo.
Los padres de Gael se alarmaron.
—¿Cómo que se acabó? ¿Qué te pasa, niña tonta? ¡El trato está firmado!
—¡El trato no vale nada! —explotó ella—. ¡Su hijo es un monstruo! ¡Es violento, es sucio, es gay y no me quiere ni ver! ¡Y yo no puedo seguir con esto! ¡Me voy a Alemania y no vuelvo!
Pero los padres de Gael no eran tontos. Notaron la desesperación en su voz, notaron que no luchaba por quedarse, sino que huía. Algo no cuadraba.
—Espera... —habló la madre de Gael con frialdad—. ¿Por que tanta prisa por irte? ¿O es que acaso ese "negocio tan bueno" que nos vendieron no existe... o es que están quebrados y nos querían estafar?
El silencio al otro lado de la línea fue la respuesta.
—Confiesen... —presionó el señor García—. ¿La empresa de ustedes está en bancarrota, verdad? ¿Nos querían usar a nosotros para salvarse ustedes? ¡Nos querían meter en un fraude!
Elisabeth y sus padres, acorralados, no tuvieron más opción que soltar la verdad entre llantos y balbuceos.
—¡SÍ! ¡ESTAMOS EN QUIEBRA! ¡LO ÚNICO QUE TENÍAMOS ERA ESTE MATRIMONIO! ¡PERO SU HIJO LO ARRUINÓ TODO!
Los padres de Gael sintieron una mezcla de rabia y alivio. Rabia porque intentaron usarlos, pero alivio porque se acabó la farsa.
—Así que todo era mentira... —dijo el padre de Gael con voz helada—. Nos querían vender a su hija por una empresa que ya no vale nada. Pues escúchenme bien:
—EL TRATO QUEDA CANCELADO. ANULADO. Y NO QUEREMOS SABER NADA MÁS DE USTEDES. SI SE ATREVEN A VOLVER A PONER UN PIE AQUÍ O A MOLESTAR A MI HIJO, LOS DEMANDO POR ESTAFA Y SE VAN A LA CÁRCEL.
Colgaron. Fin del problema.
Horas después, en el aeropuerto, Elisabeth estaba con sus maletas, con la cabeza baja, sin brillo, sin arrogancia. Había perdido. Había perdido el dinero, había perdido la dignidad y había perdido ante un chico rubio de ojos claros.
Subió al avión rumbo a Alemania, dejando atrás el Instituto Shōgai, dejando atrás la casa de Gael y, sobre todo, dejando atrás al hombre que jamás pudo ser suyo.
En la casa de Gael, el ambiente era diferente. El aire se sentía limpio, fresco, libre.
Gael estaba en la sala, sin camisa, relajado, y Teo estaba recostado en su pecho, jugando con sus dedos. Acababan de recibir la llamada de los padres de Gael explicando todo: "Se fue. Se acabó. Puedes hacer lo que quieras".
—¿Entonces... ya no viene más? —preguntó Teo con voz suave.
—Nunca más —respondió Gael, besando su frente con amor y satisfacción—. Se fue a su país. Se dio cuenta de que no podía conmigo. Y sobre todo... se dio cuenta de que tú eras invencible.
Teo sonrió, una sonrisa preciosa y llena de luz.
—Ganamos...
—Claro que ganamos, rubio —Gael lo tomó del rostro y lo miró con esos ojos negros llenos de adoración loca—. Te dije que eras mío y de nadie más. Nadie nos separa. Ni dinero, ni poder, ni princesas ricas. Nada.
—Te amo, Gael... —susurró Teo.
—Y yo te amo a ti, más que a mi propia vida —respondió él, y lo besó con fuego, con libertad, sin miedo a que nadie los viera, sin miedo a que nadie los juzgara.
Elisabeth era historia. El compromiso era basura.
Y ellos dos... ellos dos seguían ahí, fuertes, intactos, más unidos que nunca.
FIN DEL CAPÍTULO 16




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