Desperté con los primeros rayos de sol en mi cara. El apartamento de Mika poseía un encanto único. Sus paredes color marfil me encantaban; todo era minimalista, pero sin caer demasiado en ese estilo.
Tomé mi teléfono para ver si al idiota de mi jefe se le había ocurrido escribirme. Últimamente el maldito andaba muy gruñón, pero hoy no era momento de pensar en él.
Hoy era mi día libre de la oficina y quería relajarme.
Tomé una ducha. Había traído conmigo mi kit de skin care cuando Mika me avisó que me quedara acá. Peiné mi cabello y me maquillé un poco; no podía andar en fachas. Me puse un vestido veraniego y unos flats. Por hoy podía descansar de los tacones del trabajo.
Me llamó la atención un sonido proveniente de abajo. Bajé con sigilo, escalón por escalón. Tomé una bola de cristal de una de las mesas y, cuando estaba a punto de golpear...
—¡Alto, alto! ¿Acaso quieres matarme?
Era Mika.
Qué raro... Se suponía que volvería hasta mañana.
—¡Eres un idiota! Pude matarte —dije—. ¡Avisa cuando entres, estúpido! Para la otra...
—Sí, sí... Ahora dame eso, que vas a matar a alguien de verdad.
Me quitó la bola de cristal de las manos.
—¿Desde cuándo eres tan desalmada?
—¡Desde que un loco entra a la casa sin tocar, dah! Idiota, ¿qué pasó? ¿Qué haces aquí? ¿No se supone que venías hasta mañana?
—Bueno... digamos que mi cortafuegos se resolvió.
—Mmm... Está bien, pero me tienes que invitar a desayunar por haberme dado el susto de mi vida.
Sí, estaba siendo dramática, pero... ¿quién no quiere un desayuno invitado?
—Me lo debes.
—Sí... Aunque mejor te invito a cenar al restaurante más exclusivo de Nueva York.
Mika sonrió con esa expresión de "sé algo que tú no".
—¿Qué dices? Tengo una reservación.
No, no podía ser.
¿Cómo había conseguido una reservación en ese lugar? Era un restaurante extremadamente lujoso; prácticamente solo la élite de Nueva York lograba entrar.
Lo miré con desconfianza.
—¿Qué hiciste? —pregunté—. Te vendiste, ¿verdad? Eso fue lo que hiciste.
Su expresión parecía un poema. Había burla en sus ojos.
—¿Por quién me tomas, Lizzy? ¿Por quién me tomas? No soy un maldito gigoló.
Se puso de pie con orgullo mi amigo llevaba unos vaqueros azules y una camisa azul marino remangada hasta los codos. Era mi mejor amigo, pero debía admitir que era bastante guapo. Su barba estaba perfectamente recortada.
—Tengo contactos. Pero, si quieres, voy y le digo a Angelique que me acompañe. Ella, sin duda, no perderá la oportunidad...
Me enojaba siquiera imaginar esa posibilidad.
La loca de Angelique llevaba meses esperando el momento perfecto para convertirse, como ella decía, en la "mejor amiguis" de Mika.
Y claro que no iba a permitir que esa loca me quitara a mi mejor amigo.
—Si vuelves a mencionar a Angelique, te aniquilo. ¿Oíste? No me compares con esa loca.
Mika levantó las manos en señal de rendición.
—Porque la próxima vez no respondo.
—Ya cálmate. Ya sabes que yo solo soy tuyo, amorcito.
Me tiró un beso en el aire y soltó una carcajada.
—¡Habla, que no tenemos todo el día! Lizzy.
—Sí te acompaño, porque ya me tiene harta este encierro.
—¿O no será porque quieres encontrar un millonario que te saque de pobre?--Lo miré indignada.
—¿Qué?--
—Necesito que busques a alguien para que, por fin, me deje de tocar mantenerte.
—¡Maldito! —dije, dándole un golpe en el hombro—. Serías capaz de tirarme a los leones.
—De eso y más... ¡Auch! —se quejó mientras se sobaba el hombro—. ¿Acaso no piensas en tu futuro?
—Por el momento, no he visto mis opciones.
—Ya es momento de que lo consideres, antes de que se te vaya el tren, como dicen.
Negué con la cabeza y sonreí.
—Bueno, lo que tú digas. Ahora dime, ¿a qué hora es la reservación?
—A las siete. Tienes que estar lista. Ah, y antes... te reservé una cita en el salón.--Miró su reloj.
—Es dentro de una hora.
Lo observé sorprendida.
—¿En serio?
—Sí. Así que más vale que no llegues tarde.
Sentí una sonrisa dibujarse en mi rostro.
Mika siempre encontraba la forma de sorprenderme con algún detalle.
—Gracias, cariño —dije con sinceridad—. Por hacer todo esto por mí. Y no me hagas repetirlo-- Amenace.
Él solo se encogió de hombros.
—Es lo menos que te mereces.
Sonreí.
No todos tenían la suerte de encontrar una amistad como la nuestra. Mika había estado conmigo en los momentos más difíciles y también en los mejores. Nunca esperaba nada a cambio; simplemente estaba ahí.
Tomé mi bolso y salí del apartamento rumbo al estacionamiento del edificio.El salón quedaba a pocos minutos.
Al llegar, una joven me recibió con una sonrisa.
—Buenos días, señorita Lizzy. La estábamos esperando.
Me condujo hasta un cómodo sillón donde comenzaría mi pedicura.El lugar era precioso. Todo estaba decorado en tonos rosados, con sillones acolchonados en los que podías recostarte y relajarte. El ambiente olía a flores y café recién hecho.
Una de las chicas me ofreció una taza de café mientras preparaban todo.
Por un momento sentí que estaba viviendo un pequeño lujo.
—Cómo te quiero, Mika... —murmuré para mí misma con una sonrisa.
La chica que realizaba mi pedicura levantó la vista.
—¿Va a una cita?--Sonreí.
—Sí... aunque no exactamente. Digamos que es una cita entre amigos.
—Qué lindo detalle.
—Él reservó este lugar para mí y luego me llevará a cenar al restaurante más exclusivo de Nueva York.
No pude evitar decirlo con cierto orgullo.
Después de todo, no todos los días alguien hacía algo así por mí.
—Vaya... qué considerado es su amigo.
—Sí —respondí sonriendo—. Todavía existen los buenos amigos.
La chica sonrió mientras continuaba con su trabajo.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, sentí que aquel día prometía ser perfecto.
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Editado: 12.07.2026