El fuego que recordó el camino
La ciudad de Auralis no se dormía jamás. No porque la noche no existiera, sino porque incluso en la oscuridad continuaba respirando.
Respiraba en los canales de energía que recorrían sus entrañas; en el zumbido constante —grave, casi orgánico— de los conductos de tránsito; en la vibración lejana de los núcleos rúnicos que alimentaban barrios enteros sin que nadie reparara ya en ellos. Auralis seguía viva cuando el sol caía, no por desafío, sino por costumbre. Dormirse, para una ciudad así, habría sido tan antinatural como dejar de latir.
Era una capital que se extendía como un organismo inmenso y complejo, un cuerpo compuesto de capas superpuestas que crecían unas sobre otras sin anularse. Desde lo alto, las torres de vidrio encantado devolvían la luz de la luna en reflejos dorados, azules y ámbar, como si fragmentos de constelaciones hubieran sido arrancados del firmamento y fijados a la arquitectura por pura obstinación arcana. No brillaban al azar: cada reflejo obedecía a cálculos precisos, a geometrías invisibles que equilibraban estética, función y flujo mágico.
En las calles inferiores, el tránsito no cesaba. Vehículos de propulsión rúnica se deslizaban sobre superficies magnetizadas o flotaban a escasos centímetros del suelo, siguiendo carriles de energía marcados por glifos dinámicos. Algunos avanzaban en un silencio casi reverencial; otros vibraban con un rumor persistente, profundo, que se filtraba entre las fachadas y se mezclaba con las voces nocturnas, marcando el pulso continuo de la ciudad. Auralis no rugía: murmuraba sin descanso.
En las plazas abiertas, luces suspendidas giraban lentamente sobre fuentes, mercados y explanadas, describiendo patrones antiguos de orientación mágica. Aquellos trazos invisibles habían sido fijados cuando la ciudad aún aprendía a crecer, cuando cada expansión requería pactos, cálculos y sacrificios. Nadie los cuestionaba ya. Nadie cuestiona el curso de un río que siempre ha estado ahí, incluso cuando ignora su origen.
Auralis era la capital del Reino de Lytharos, el reino humano más poderoso de la era actual. Su poder no había nacido de conquistas brutales ni de imperios levantados sobre cenizas, sino de alianzas cuidadosamente tejidas, de tecnología mágica llevada hasta el límite de lo posible, de rutas comerciales que atravesaban mares y continentes, y de tratados firmados con pueblos que otros reinos jamás se habrían atrevido a mirar de frente, y mucho menos a enfrentar en el campo de batalla.
Durante generaciones, Lytharos había sido el punto de equilibrio del mundo conocido. El lugar al que se acudía para negociar, para mediar, para sellar pactos que contenían guerras antes de que llegaran a pronunciarse. En la mente de sus gobernantes —y también en la de sus vecinos— ese equilibrio se sostenía por una razón incómoda pero innegable: Lytharos no estaba solo. Contaba con el respaldo de fuerzas cuya sola existencia bastaba para disuadir conflictos, guerreros cuya presencia convertía ciertas decisiones en impronunciables.
Porque Auralis era la capital de un reino humano, sí… pero nadie en su sano juicio la habría llamado jamás exclusivamente humana.
Entre la multitud caminaban hadas de múltiples linajes, integradas al flujo urbano con naturalidad antigua. Algunas poseían cuerpos esbeltos y etéreos; otras, formas más densas, casi humanas. Sus alas —membranosas, translúcidas como vidrio teñido— captaban la luz artificial y la descomponían en tonos iridiscentes. Las había de rasgos suaves y miradas que parecían haber visto demasiadas eras; otras lucían facciones más afiladas, con cuernos finos que se curvaban como ramas pulidas por el viento. Piel nacarada, iris que reflejaban la luz como metal bruñido, marcas de pactos visibles en la carne.
Eran hadas del viento, encargadas de regular las corrientes aéreas sobre la ciudad; hadas del río, guardianas de los canales subterráneos que abastecían a distritos enteros; hadas ligadas a antiguos acuerdos de piedra y fundación, sellados cuando Auralis aún no tenía nombre. Masculinos, femeninos, ambiguos. Jóvenes y viejos. No visitantes. No adornos. Ciudadanos con derechos, deberes y memoria.
Medianes regateaban en los mercados junto a mercaderes humanos, sus voces mezclándose en discusiones interminables que nadie tomaba del todo en serio. Enanos cruzaban las avenidas en grupos ruidosos: algunos cubiertos de hollín y grasa arcana tras largas jornadas en talleres subterráneos; otros cargando planos impecables, instrumentos de medición y herramientas pulidas con un orgullo casi ceremonial. Todos caminaban con la misma firmeza inquebrantable, como si el peso del mundo descansara cómodamente sobre sus espaldas.
Entre ellos, los oni visitantes destacaban sin esfuerzo. Altos, de hombros anchos, con una presencia marcial que obligaba a abrir paso incluso cuando no lo pretendían. No buscaban intimidar; simplemente existían con una densidad distinta, como si el espacio mismo aprendiera a cederles terreno.
Y los kijin carmesí —cuando venían— no despertaban curiosidad abierta ni murmullos descuidados. Provocaban algo más antiguo. Miradas que se desviaban con respeto contenido. Gestos medidos. Un silencio breve, casi ritual. Eran conocidos como los descendientes del fuego, guerreros que rara vez perdían… y jamás pedían auxilio.
El mundo era vasto.
Conocido.
Diplomático.
Y aun así, no todo lo importante estaba a la vista.
En el límite oriental de la ciudad, donde las rutas modernas comenzaban a elevarse y las plataformas de tránsito se desviaban con discreción para rodear un terreno que nadie había logrado desplazar, el suelo ascendía en una amplia terraza de piedra natural. No había muros que la cercaran ni señales que la anunciaran; su mera existencia bastaba para imponer una desviación. Las infraestructuras tecnomágicas aprendían a rodearla del mismo modo en que el agua aprende a respetar una roca antigua.