Donde el fuego no se apaga al caer
El cuerpo de Kaen cedió y el mundo pareció tardar un segundo en aceptarlo.
Ese segundo fue demasiado largo.
Durante ese intervalo imposible, Eiran tuvo la sensación absurda de que la realidad estaba considerando si permitirlo o no, como si incluso la piedra antigua del recinto necesitara decidir si aquel peso debía tocarla. El tiempo se estiró, viscoso, y en esa suspensión antinatural todo perdió jerarquía: la ciudad, el Nexo, los tratados, incluso su propio nombre.
Luego, Kaen cayó.
El impacto no fue limpio. No fue ordenado. El cuerpo del kijin golpeó la piedra rúnica con una fuerza que no correspondía solo a su masa ni a su armadura. Fue un golpe denso, saturado, como si algo más —algo que no había terminado de cruzar— hubiera caído con él.
Las runas reaccionaron tarde.
Un pulso irregular recorrió el círculo antiguo, encendiéndose en segmentos inconexos, como un organismo despertando sin saber qué parte del cuerpo mover primero. Algunas marcas brillaron con un carmesí apagado; otras permanecieron muertas, incapaces de decidir si aquello era una intrusión o un regreso.
El aire se volvió frío.
No un frío natural, sino la ausencia súbita de algo que había estado sosteniendo la temperatura del mundo a la fuerza. La magia ígnea que hasta hacía un instante había vibrado con disciplina feroz se contrajo de golpe, replegándose hacia el cuerpo caído como un reflejo postrero.
Eiran no se movió.
No porque eligiera quedarse quieto.
Porque su cuerpo aún no había recibido la orden correcta.
El silencio le golpeó los oídos con violencia. No el silencio verdadero —la ciudad seguía respirando a lo lejos—, sino ese vacío inmediato que queda cuando una presencia dominante desaparece de pronto y el entorno no sabe cómo rellenar el hueco.
Kaen yacía de lado, una rodilla doblada de forma antinatural, una mano abierta sobre la piedra como si hubiera intentado aferrarse a algo en el último instante. El fuego que antes lo rodeaba había desaparecido casi por completo, dejando apenas un resplandor residual bajo la piel, irregular, errático.
—No… —murmuró Eiran.
La palabra salió tarde.
Demasiado pequeña.
El protocolo decía: mantener distancia.
Evaluar riesgo residual.
Confirmar que no existiera una segunda manifestación.
Eiran sabía eso.
Lo sabía con la claridad mecánica de quien ha recitado esos pasos demasiadas veces.
Su cuerpo no reaccionó.
El campo de contención emitió un zumbido bajo, ajustándose a la nueva configuración energética. Las consolas proyectaron lecturas preliminares, cifras que fluctuaban sin encontrar estabilidad.
—Entidad principal… colapso —susurró una voz artificial, aún sin entonación definida—. Lecturas incompletas. Recomendada espera.
Espera.
La respiración de Kaen se volvió audible.
No un aliento pleno.
Un arrastre irregular, como si cada inhalación tuviera que ser negociada.
Eso fue suficiente.
Eiran se movió de golpe, cruzando el límite del círculo sin darse cuenta de cuándo había decidido hacerlo. El campo de contención vibró al sentirlo atravesar su borde, una resistencia elástica que protestó con un destello breve antes de ceder.
La cercanía fue un impacto distinto.
De cerca, Kaen no parecía simplemente inconsciente. Parecía agotado de una forma que no correspondía a heridas visibles. El calor que emanaba de su cuerpo no se expandía; se contraía hacia adentro, contenido con una disciplina que ya no tenía soporte consciente.
Eiran se arrodilló junto a él.
El olor llegó tarde: metal caliente, piedra antigua y sangre reciente, espesa, con un filo ferroso que se imponía incluso sobre el calor. La armadura del kijin estaba ennegrecida y abierta en varios puntos, cuarteada por impactos directos, algunos aún humeantes. Entre las placas, la sangre corría sin orden, oscura por el fuego, brillante por lo reciente, marcando el trayecto de un cuerpo que no había tenido tiempo de detenerse antes de caer.
—Respira… —dijo Eiran, sin saber por qué.
Apoyó una mano en la piedra, junto al cuerpo, no sobre él. La roca estaba tibia, como si hubiera absorbido parte del calor residual y se negara a devolverlo aún.
La respiración continuó.
Irregular.
Viva.
Eso fue lo que rompió algo dentro de él.
El nombre regresó con peso propio, no como título, sino como realidad física: Kaen.
Kijin Carmesí.
Heredero al Trono del Reino Ígneo.
La información se le amontonó en la mente sin orden ni jerarquía. Tratados antiguos, mapas políticos, cláusulas de auxilio mutuo. Todo inútil. Todo demasiado grande para ese instante mínimo en el que un cuerpo podía decidir si seguir respirando o no.
Eiran alzó la vista hacia la consola, como si buscara permiso.
Los cristales descendieron un poco más, proyectando capas de lectura que se superponían sin llegar a fijarse.
—Energía vital: inestable.
—Corazón ígneo: fallando.
—Advertencia: lecturas fuera de rango normal.
—¿Fuera de rango…? —repitió Eiran, en un tono que decía si no me dices no me doy cuenta.
Volvió la atención a Kaen. Las marcas de linaje bajo la piel no estaban apagadas, pero tampoco activas. Se desplazaban lentamente, como brasas removiéndose bajo una capa de ceniza demasiado pesada.
Eiran extendió la mano… y se detuvo a medio camino.
No sabía dónde tocar.
No sabía qué hacer primero.
Ese vacío —esa ausencia de instrucción clara— le golpeó con más fuerza que cualquier alarma. Había sido entrenado para contingencias imposibles, sí, pero siempre dentro de un marco: notificar, contener, aislar, sellar.
Nada de eso encajaba.
Si sellaba, podía sofocar lo poco que mantenía vivo al kijin.
Si aislaba, podía dejarlo sin anclaje.