Bajo Runas Antiguas y Fuego Carmesí

Capítulo III

Siete minutos sin mundo

El calor no ceso.

Eso fue lo primero que Eiran comprobó cuando el recinto quedó en silencio relativo, cuando el eco del portal antiguo terminó de replegarse en la piedra y la consola tecnomágica dejó de protestar con avisos intermitentes.

Kaen seguía ahí.

Inconsciente, sí. Herido, sin duda. Pero presente.

El calor que emanaba de su cuerpo no era uniforme. No ardía como una hoguera ni como una forja abierta, sino en pulsos irregulares, contenidos a la fuerza, como si algo dentro de él se negara a soltarse del todo. Las marcas de linaje, apagadas apenas unos tonos por debajo del carmesí vivo, latían con un ritmo que no coincidía con su respiración.

Eso era mala señal.

Eiran no necesitó instrumentos para saberlo. Lo sintió en la presión del aire, en la forma en que el campo de estabilización respondía con microajustes constantes, como si estuviera sosteniendo algo que no terminaba de asentarse.

Demasiado desgaste. Demasiada carga sostenida por demasiado tiempo.

—No… —murmuró, sin darse cuenta de que hablaba—. Así no.

Se incorporó con un movimiento brusco y se obligó a respirar hondo una sola vez. No era el momento de quedarse quieto. Tampoco de llamar a cualquiera.

El sistema esperaba.

La consola principal mantenía las lecturas visibles, contenidas en niveles internos, sin emitir señales externas. Había obedecido su orden. El Nexo de Auralis permanecía en silencio operativo, modulando energía como si nada extraordinario hubiera ocurrido.

Eso no duraría.

No porque el sistema fuera ineficiente, sino porque el mundo no ignoraba indefinidamente este tipo de cosas. Y cuanto más tiempo pasara, más difícil sería controlar quién se enteraba y cómo.

Eiran caminó hasta la consola secundaria, la que no estaba conectada a los canales públicos ni a los protocolos automáticos del Nexo. La que existía para situaciones que no debían existir.

Colocó la mano sobre la superficie cristalina.

La consola tecnomágica respondió al contacto de inmediato, reconociendo su firma sin resistencia. No hubo alertas. No hubo advertencias. Solo una proyección mínima, expectante.

—Crea canal cifrado no indexado —ordenó Eiran—. Entramos en Código rojo médico. Ultra-secreto. No notifiques a nadie. Llama a Lys.

La consola tardó más de lo habitual en responder, como si el sistema dudara de la orden, pero al final lo hizo casi a disgusto.

Eiran tensó la mandíbula.

No iba a llamar al Nexo.

No iba a activar sanadores oficiales del Reino.

No iba a notificar a ninguna cámara, consejo ni cancillería.

No todavía.

Activar estructuras estatales significaba registros, observadores, tiempos muertos convertidos en discusiones. Significaba que Kaen dejaba de ser una persona herida y pasaba a ser un evento.

Y Kaen no tenía margen para eso.

La señal se abrió.

La señal se abrió.

—Aquí Lys.

—Soy Eiran.

—…Estás usando un canal que no existe, Guardián.

La palabra cayó con una cadencia demasiado conocida para ser formal.

Eiran cerró los ojos un segundo.

—Necesito ayuda. Intervención médica inmediata.

La ligereza desapareció al instante.

—Eiran —dijo Lys, ahora sin rastro de broma—. ¿Qué pasó? ¿Estás herido?

—No soy yo. Tengo un paciente. Llegó hace 2 minutos y está muy mal.

Hubo una pausa breve. Atenta. Contenida.

—Descríbelo.

—Kijin Carmesí. Afinidad ígnea avanzada. Vino directo de combate.

El silencio que siguió no fue técnico.

—Signos —pidió Lys—.

—Respiración irregular. Pulso inestable. Corazón ígneo con pérdida de coherencia progresiva. Sangrado activo y zonas vitrificadas por sobrecarga térmica. Lo estoy manteniendo en estabilización pasiva.… apenas.

—¿Nivel de conciencia?

—Ninguna.

—¿Reactividad del corazón al contacto?

—Sí —respondió Eiran—. Se contrae. No está colapsando… se está desmoronando.

Hubo un segundo de silencio.

—De acuerdo —dijo Lys al fin—Puedo movilizar al equipo, pero sabes lo que significa.

—Lo sé —respondió Eiran

Lys exhaló despacio, como si ya estuviera caminando.

—De acuerdo. Movilizo al equipo. Sin registros automáticos.

Eiran apoyó ambas manos en la consola.

—Gracias.

—No —corrigió ella—. Nos la debes.

Una sombra de algo parecido a alivio cruzó el rostro de Eiran.

—Bien. ¿Cuánto tardan?

—Siete minutos si nada se interpone. —Luego, más bajo—. Eiran… mantén estabilización pasiva. No intentes reordenar el corazón. Y si entra en fallo, aléjate.

—No me voy a apartar. —respondió Eiran.

Una pausa. Breve. Conocida.

—Eso ya lo sabía—dijo Lys—. Aguanta. Ya vamos.

La comunicación finalizo.

Eiran retiró la mano de la consola con lentitud. El cristal volvió a un estado inerte, como si nada hubiera ocurrido.

Pero algo había ocurrido.

Había llamado.

Había elegido a quién.

Y había aceptado la deuda antes incluso de saber si Kaen sobreviviría.

Regresó junto al cuerpo inconsciente del kijin.

Se arrodilló sin ceremonia, apoyando una rodilla en la piedra tibia. La cercanía le devolvió de golpe la sensación física del calor, irregular, insistente, como un pulso que se negaba a apagarse.

—Resiste —dijo en voz baja—. Ya vienen.

No sabía si Kaen podía oírlo. No sabía si importaba.

Las marcas de linaje respondieron con una variación mínima, casi imperceptible. El calor no se avivó. No se defendió.

Se sostuvo.

Eiran permaneció allí, atento a cada cambio, a cada latido irregular, mientras el tiempo comenzaba a estirarse de forma peligrosa.

Había hecho la llamada.

Ahora, solo quedaba esperar…y sostener las consecuencias.

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Los primeros segundos fueron los más engañosos.




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