Bajo Runas Antiguas y Fuego Carmesí

Capítulo IV

Lo que despierta cuando el fuego calla

El calor no desapareció.

Encontró un ritmo.

Se ordenó.

No fue un instante claro ni ceremonial. No existió alivio limpio, ni esa sensación engañosa de un peligro que se retira con dignidad. Lo que ocurrió fue más incómodo: una sucesión de correcciones mínimas, ajustes casi imperceptibles, decisiones tomadas en voz baja, a veces solo con un gesto o un cambio de postura. El problema nunca había sido cuánto calor generaba el corazón ígneo de Kaen, sino cómo lo hacía. Necesitaban que esa producción dejara de oscilar de forma salvaje, que encontrara un rango en el que el cuerpo pudiera existir sin ponerse en riesgo a sí mismo.

Oscilaba.

Demasiado frío.

Demasiado caliente.

No había transición entre un extremo y otro. Los pulsos térmicos se disparaban y se hundían como si el sistema encargado de regularlos hubiera perdido la memoria de su propio funcionamiento. No era fiebre. No era enfriamiento. Era una arritmia profunda: una incapacidad de sostener patrón.

Hasta que dejó de salirse de rango.

No porque el calor desapareciera, sino porque dejó de desobedecer.

Las lecturas parpadearon.

—Ahí —dijo Lys, sin apartar la vista de las lecturas suspendidas—. Ahí… está encontrando cadencia. ¿Lo sientes?

Eiran asintió. No necesitaba instrumentos para notarlo. El calor había cambiado de cualidad: menos expansivo, más denso. Como si, agotado de arder hacia afuera, se hubiera replegado sobre sí mismo.

—No está despertando —dijo ella—. Pero está… afirmándose.

—¿Eso es bueno?

—Claro que si, es lo que necesitamos: que... se estabilice.

El equipo respondió antes de que nadie comentara nada más. Las proyecciones de la consola tecnomágica se reorganizaron, superponiéndose en capas más densas, más coherentes. No como un cierre definitivo, sino como un acuerdo precario entre fuerzas que ya no estaban compitiendo entre sí. Las curvas descendieron, luego se estabilizaron. El pulso dejó de caer en picada. El corazón ígneo —ese núcleo donde vida, energía y voluntad coexistían sin jerarquía clara— ya no se desmoronaba bajo su propio peso.

Seguía exhausto.

Seguía dañado.

Pero había dejado de colapsar.

Rowan se permitió exhalar por primera vez desde que había colocado las manos cerca del campo térmico. No había tocado a Kaen; había trabajado en el borde exacto donde la temperatura permitía presencia sin interferencia. Murmuró algo entre dientes, una fórmula corta, más hábito que rezo, y luego habló:

—Sapphira tenía razón. Esto es agotamiento severo —dijo, con la voz baja pero firme—. No es un colapso simple. Es sobrecarga prolongada, grave. Se sostuvo más allá de lo razonable… y ahora el cuerpo está pagando cada decisión.

Sapphira no levantó la vista, pero ajustó una de las matrices con un movimiento preciso de dedos, afinando la respuesta sin imponerla.

—Y las heridas no ayudan —añadió Lys, desplazando una lectura secundaria—. No son letales, pero interfieren. Mientras sigan abiertas, el cuerpo no puede estabilizarse del todo. Hay pérdida constante. Si no se corrige, puede entrar en shock hipovolémico.

El corazón estaba casi estable.

Las heridas ya no amenazaban con matarlo en minutos.

Pero el sangrado persistente impedía que el cuerpo iniciara cualquier recuperación real.

El equipo lo entendía sin necesidad de decirlo en voz alta: primero estabilizar el sistema central, luego permitir que el cuerpo pudiera creer que valía la pena repararse.

Sapphira seguía en silencio. Ya había ajustado las matrices de curación para que no impusieran forma, solo acompañaran función. No estaban cerrando el calor ni domesticándolo. Estaban creando un margen para que se reorganizara solo sin romperse en el proceso. Sabían tratar un corazón ígneo; no era un misterio exótico ni una anomalía desconocida. Pero nunca habían visto uno en ese estado. Los kijin eran conocidos por su resistencia extrema, por salir de batallas que habrían destrozado a otros. Ver a uno así, sostenido apenas por coherencia y terquedad, era otra cosa.

Eiran se quedó inmóvil por un momento.

Había pasado demasiado tiempo cerca. Demasiado atento. Con el cuerpo suspendido en un estado que no admitía distracciones ni decisiones paralelas. Solo cuando Lys inclinó la cabeza —un gesto mínimo, técnico, inequívoco— permitió que el aire volviera a entrarle en los pulmones como algo necesario.

—Ya no va a detenerse —dijo ella—. Pero tampoco puede mantenerse así mucho tiempo.

—Lo sé —respondió Eiran, sin apartar la mirada.

El equipo cambió de ritmo.

La urgencia inmediata cedió paso a otra cosa: trabajo largo, pesado, sin dramatismo. Detuvieron el sangrado activo primero, no con cierres forzados, sino con técnicas que respetaban la fisiología ígnea: presión controlada, enfriamiento diferencial, sellos de contención suave que no competían con el calor interno. Luego vinieron las matrices de reparación profunda, encantamientos persistentes pensados no para sanar rápido, sino para impedir que el daño estructural avanzara mientras el cuerpo recuperaba agencia.

No estaban salvando una vida en minutos.

Estaban impidiendo que se rompiera en días.

Retiraron con cuidado restos de armadura inutilizada. Limpiaron, curaron y vendaron heridas saturadas de energía, impactos que no obedecían a cortes simples. La sangre del kijin, oscura y espesa, conservaba calor; en algunos puntos se resistía a coagular, en otros había cristalizado de forma irregular, como si el calor hubiera intentado cerrar lo que la carne no podía.

Kaen no reaccionó.

Ni un gemido. Ni un espasmo.

Pero el corazón ígneo sí.

Cada vez que Eiran se alejaba más de lo permitido —apenas un paso completo— las lecturas fluctuaban. Dos latidos fuera de patrón. Un descenso mínimo en la coherencia térmica.




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