Evacuación bajo custodia
En ese punto impreciso en el que la noche deja de avanzar y el cansancio ya no es una sensación, sino una postura del cuerpo.
Eiran seguía sentado junto a la camilla del puesto de vigilancia del Portal Central, con los hombros tensos y la espalda rígida, como si dejarse caer fuera a romper algo que apenas se sostenía por voluntad. El recinto no había cambiado: la piedra antigua, el umbral inerte, las dos consolas activas con su brillo constante y cansado. El refrigerador zumbaba de fondo con una terquedad casi ofensiva. La cafetera seguía caliente, olvidada, con el café espeso reduciéndose a un residuo amargo que nadie iba a beber.
Kaen seguía en la camilla metálica, diseñada para estabilizar, no para quedarse. Con refuerzos improvisados, matrices médicas aún activas, instrumentos que no pertenecían al puesto pero que ahora ocupaban cada superficie libre como si el lugar hubiera sido reconfigurado a la fuerza por la urgencia.
El equipo no había improvisado nada. Eso era evidente.
Habían llegado con sus propios dispositivos, sus cristales de lectura, sus matrices portátiles, su experiencia afilada. Sabían a qué venían. Lo que no esperaban era encontrar a Kaen tan cerca del límite. No muerto. No inconsciente sin más. Sino suspendido en ese estado incómodo donde la vida no avanza, pero tampoco retrocede.
Horas habían pasado. No muchas. Las suficientes para que el cuerpo empezara a cobrar factura.
Rowan se había dejado caer en una silla junto a la pared, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza inclinada hacia adelante. No dormía. Tampoco descansaba. Solo había dejado de fingir que podía seguir erguido. Cada tanto, levantaba la vista para revisar una lectura, ajustar un parámetro, comprobar que nada se había salido de rango.
Sapphira permanecía de pie al otro lado de la camilla, con las manos cruzadas detrás de la espalda, observando. No tocaba. No intervenía. Evaluaba riesgos. Su mente ya no estaba solo en el cuerpo herido, sino en el mapa invisible que se estaba formando alrededor de ese cuerpo.
Carrick patrullaba el perímetro inmediato, paso corto, pesado, como si el recinto hubiera reducido su tamaño y necesitara medirse una y otra vez. Para él, el problema no era médico ni político todavía. Era territorial. Algo había cruzado un umbral y ahora había que decidir bajo qué reglas se permitía que permaneciera.
Poka estaba en la consola secundaria.
No relajada. Atenta de una forma distinta. La interfaz respondía con una latencia mínima, pero suficiente para que ella notara que el mundo exterior ya no estaba quieto. Había tráfico. Había intentos. Había curiosidad acumulándose como humedad antes de una tormenta.
El silencio no cayó de golpe.
Se acomodó.
Fue el tipo de quietud que aparece cuando algo ya ocurrió y el cuerpo todavía no alcanza a procesarlo del todo. El trabajo había disminuido, no porque hubiera terminado, sino porque había entrado en una fase distinta: ya no era carrera contra el colapso, sino vigilancia sostenida. Las matrices seguían activas. Las lecturas seguían vivas. El calor de Kaen ya no se desbordaba, pero tampoco cedía del todo. Se mantenía contenido, obediente apenas, como una fuerza que había aceptado esperar.
Eiran fue el primero en reconocerlo sin decirlo.
No se movió de inmediato. Dejó que ese nuevo equilibrio se afirmara un segundo más. No porque no supiera qué hacer. Sino porque ya lo había decidido. Por cálculo. Sabía mejor que nadie que apresurarse en el momento equivocado podía deshacer horas enteras de contención.
Cuando habló, no elevó la voz.
—Ya está —dijo—. Lo logramos.
No hubo celebración. Nadie sonrió. Pero algo se aflojó igual.
Rowan apoyó ambas manos en la mesa de trabajo y soltó el aire de una sola vez, como si llevara horas conteniéndolo sin darse cuenta.
—Ya no se nos muere —murmuró, más cansado que aliviado.
—No —confirmó Eiran—. Ya no.
Poka levantó la vista de los cristales. No preguntó nada todavía. Estaba leyendo el entorno, no las palabras.
—Lo que hicieron aquí —dijo, mirando al grupo sin rodeos— nos dio margen real. Les debo eso. Kaen sigue vivo por ustedes.
No era una despedida. Tampoco una orden. Era un cambio de fase.
—Pero ya no podemos sostenerlo en modo intervención —continuó—. Y no voy a fingir que este lugar es adecuado para lo que viene.
Poka lo observó con atención renovada.
—Entonces ya decidiste.
—Sí —respondió.
Rowan soltó el aire lentamente.
—Al fin.
—No me malinterpreten —añadió Eiran—. No los saco de esto. Los necesito exactamente donde están.
Sapphira frunció el ceño y se acercó un paso más a la camilla. No tocó a Kaen. No hacía falta. Las lecturas eran claras. Estables. Precarias, pero estables.
—¿A cargo? —preguntó, con el cuidado de quien ya ve las consecuencias antes de nombrarlas.
Poka levantó la vista de inmediato. No sorprendida. Atenta.
—A cargo —confirmó—. El equipo no se fragmenta ahora. Cambia el entorno, no las manos.
Carrick asintió, simple.
—Esto ya no va a avanzar solo —dijo Lys, con ese tono clínico que no pedía permiso—. Puede mantenerse así horas. Tal vez más. Pero si sigue aquí no va a mejorar.
—Corrección —respondió Eiran—. Esto no va a permanecer aquí. Necesita Unidad de Cuidados Intensivos.
Esa fue la primera grieta clara entre el antes y el ahora.
Poka giro hacia Erian.
—¿Traslado? —preguntó, con cuidado—. ¿Ya?
—Sí, entre mas pronto mejor —dijo Eiran— Traslado médico diplomático. Figura de alto rango. Evacuación completa, con continuidad de cuidados.
Carrick frunció el ceño, cruzando los brazos como si el gesto pudiera anclar el espacio.
—Entonces el siguiente paso ya no es defensivo. Y lo que hicimos...
—Compró tiempo —interrumpió Eiran—. Lo único que necesitábamos. Que no muriera aquí. Eso ya se cumplió.