Bajo Runas Antiguas y Fuego Carmesí

Capítulo VI

El precio del silencio

La sala ya no respiraba al ritmo de Eiran.

Ese fue el primer cambio real, aunque nadie lo anunciara y ningún sistema lo registrara como evento. Durante días, incluso durante las horas más críticas, la unidad había reaccionado a su presencia como si fuera parte del circuito: un factor externo integrado a la ecuación. Cada variación mínima en su postura, cada desplazamiento de peso, cada respiración contenida había provocado microajustes invisibles en los campos de estabilización.

Ahora no.

La unidad de cuidados intensivos no se parecía a ninguna sala común del hospital, y menos aún a las áreas de emergencia que Eiran conocía de memoria. No había filas de camas, ni biombos, ni el tránsito nervioso de personal cruzándose en pasillos estrechos. El espacio era amplio, circular, construido alrededor de un solo cuerpo que justificaba toda su existencia.

Kaen ocupaba el centro.

No yacía sobre una cama convencional, sino sobre una plataforma médica suspendida a pocos centímetros del suelo, sostenida por un entramado de campos de soporte invisibles. Tenia una colchoneta clara, lisa, atravesada por líneas de acero feerico finas que se encendían y apagaban con un pulso lento, sincronizado con el del paciente. A cada lado, brazos articulados flotaban en reposo activo, cargados de sensores, emisores rúnicos, matrices de lectura que descendían solo cuando era necesario y volvían a retraerse sin hacer ruido.

Alrededor de la plataforma, anillos concéntricos de tecnología mágica y mecánica flotaban sin tocarse. No giraban de forma constante: se ajustaban. Cada uno cumplía una función distinta y reconocible incluso para quien no fuera médico. El primero regulaba la temperatura interna y externa del cuerpo, disipando excedentes ígneos antes de que se volvieran inestables. El segundo contenía el pulso, amortiguando variaciones que antes habrían sido letales. El tercero trabajaba sobre la regeneración tisular profunda, estimulando procesos que, en condiciones normales, habrían tardado semanas en activarse.

Más allá, casi confundidos con la arquitectura, otros sistemas aguardaban en estado latente.

Runas de enfriamiento recorrían el suelo como venas luminosas. No estaban grabadas en la piedra ni incrustadas de forma permanente: se desplazaban, se reconfiguraban, respondían en tiempo real al estado del cuerpo en el centro del círculo. A veces se apagaban por completo durante segundos largos; otras, trazaban nuevas rutas bajo la superficie, como si el espacio mismo estuviera aprendiendo a adaptarse.

Las paredes eran claras, blancas con un matiz marfil apenas perceptible, interrumpidas por paneles metálicos de tono plateado y dorado pálido. No había ventanas visibles, pero la luz era constante, difusa, diseñada para no proyectar sombras duras ni alterar la percepción del tiempo. El techo, alto y curvado, sostenía más sensores de los que cualquiera podría contar a simple vista.

El aire era distinto allí.

Más frío. Más denso. Filtrado no solo de impurezas físicas, sino de residuos energéticos. Cada respiración se sentía limpia, casi neutra, como si incluso las emociones tuvieran menos espacio para dispersarse.

No había silencio absoluto.

Había un zumbido constante, bajo, casi orgánico. El sonido de sistemas funcionando exactamente como debían. No alarmas. No pitidos irregulares. Solo el murmullo sostenido de una maquinaria que había entrado, por fin, en su ritmo óptimo.

Kaen no estaba suspendido ni inmóvil.

Respiraba por sí mismo.

El pecho subía y bajaba con una regularidad medida, asistida solo en lo necesario. Pequeños sensores adheridos a la piel —algunos visibles, otros integrados bajo capas translúcidas de sellado médico— registraban cada variación. Los monitores no gritaban datos: los mostraban con calma, líneas estables, valores que ya no parpadeaban en rojo.

Las heridas visibles habían sido cerradas. Suturas finas, precisas, reforzadas por sellos temporales que desaparecerían cuando el cuerpo dejara de necesitarlos. Las invisibles estaban siendo persuadidas de sanar, no forzadas, no aceleradas más allá de lo prudente.

Ese fue el primer indicio.

No fue anunciado.

No apareció en ningún informe.

Simplemente ocurrió.

Durante la madrugada, mientras la ciudad dormía y los turnos se solapaban en silencio, las matrices de estabilización mágica habían terminado de asentarse. Los arcos de contención pulsaban ahora con una regularidad nueva, menos tensa, más profunda, como si el espacio mismo hubiera aprendido por fin cómo sostener lo que había llegado desde el otro lado del mundo.

Kaen sanaba.

No de forma milagrosa.

No de forma rápida.

Pero de forma inequívoca.

Las heridas profundas habían entrado en fase de regeneración activa. El pulso ígneo, antes errático, ahora se mantenía constante, contenido por capas de tecnología arcana diseñadas precisamente para aquello que casi nunca ocurría: la recuperación de un cuerpo que había cruzado un umbral imposible sin romperse del todo.

Eiran lo supo sin mirar los monitores.

Lo supo porque, al dar un paso atrás, nada se desajustó.

Antes, cada movimiento suyo generaba microvariaciones. Pequeños desbalances que los sensores corregían de inmediato. Una danza silenciosa entre presencia y necesidad, tan sutil que solo alguien acostumbrado a leer campos de batalla y sistemas inestables habría podido notarla.

Ahora no.

El sistema no lo buscó.

No reaccionó a su cercanía.

No ajustó nada cuando se alejó medio metro más de lo habitual.

Kaen ya no lo necesitaba como ancla.

Lys fue la primera en notarlo de forma consciente. No dijo nada. Solo alzó la vista de los registros y sostuvo la mirada de Rowan durante un segundo más de lo normal. Sapphira, al fondo, ajustó un sello que ya no requería ajuste y frunció el ceño, no por error, sino por confirmación.




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