La razón por la que sigo vivo
La conciencia no regresó de golpe.
No fue un abrir los ojos y entender. Fue una suma lenta de sensaciones que no pedían nombre todavía: peso, temperatura, una presión constante en el pecho que no dolía, pero tampoco era ajena. Kaen despertó como se despierta después de una caída larga, cuando el cuerpo llega antes que la mente y la memoria tarda en alcanzarlos a ambos.
Lo primero que reconoció fue el aire.
No por su frescura, sino por su densidad. Estaba filtrado, estabilizado, cuidadosamente neutral. No olía a humo, ni a sangre, ni a metal caliente, y eso, en sí mismo, era extraño. El campo de batalla siempre dejaba rastro. Incluso en los sueños. Aquí no. Eso era información. Importante.
Parpadeó una vez. Luego otra.
La luz no lo hirió. Eso le sorprendió. Esperaba dolor, un destello blanco, la punzada detrás de los ojos que solía acompañar los despertares forzados. En su lugar, había una claridad tenue, modulada, diseñada para no exigir nada de quien despertaba. El techo era alto, circular, de un blanco marfil atravesado por vetas casi imperceptibles de dorado pálido. No runas activas —no todavía—, sino canales dormidos, preparados para responder si el pulso del centro lo requería.
Kaen inhaló más profundo.
Su pecho respondió sin resistencia. Los pulmones funcionaban. El aire entró y salió sin resistencia, con una regularidad que no necesitaba ayuda externa. Los pulmones funcionaban. Intentó mover los dedos de la mano derecha. La respuesta fue lenta, pesada, pero real. El cuerpo obedecía aunque no del todo. Pero lo suficiente. No había inmovilización forzada. No había ataduras. No estaba sostenido. Estaba estabilizado. La diferencia era sutil, pero Kaen la conocía bien
La memoria empezó a empujar desde atrás.
Fragmentos primero: calor excesivo, un impacto lateral, el colapso súbito del frente izquierdo. Las ordenes de su padre. El sonido del portal activándose, aun con la batalla demasiado cerca. Voces superpuestas, que gritaban órdenes que ya no podían cumplirse. Y esa certeza final, fría y extrañamente clara, de que no iba a lograrlo.
El pensamiento siguiente fue más nítido.
¿Funcionó?
No sabía todavía a qué se refería exactamente, pero la pregunta estaba intacta, preservada, como si hubiera sido guardada para este momento preciso.
Giró apenas la cabeza.
Y entonces lo vio.
Eiran estaba junto a la cama.
No inclinado sobre él como alguien familiar. Estaba allí como quien ha aprendido a no invadir, pero tampoco a irse. Estaba lo bastante cerca como para ser imposible ignorarlo y lo bastante atento como para retirarse en el instante exacto si el cuerpo de Kaen daba una señal equivocada. Una postura que mas que entrenada, parecía instintiva. Contención sin rigidez. Presencia sin presión.
No llevaba armadura completa.
Eso fue lo segundo que Kaen notó. Llevaba el abrigo largo de seda oni y acero feérico, claro, gastado en los bordes de una forma que no era decorativa. La placa pectoral seguía ahí, integrada, como siempre. Nada fuera de lugar. Su cabello estaba recogido de manera descuidada, no por estilo, sino por necesidad prolongada. Y aun así, algo no cuadraba del todo. Las sombras bajo los ojos. Una quietud demasiado sostenida. El tipo de cansancio que no viene de una noche larga, sino de muchas decisiones tomadas sin relevo.
Eiran se movió al notar que Kaen había despertado. No porque no lo supiera. Porque lo sabía desde antes.
Un paso corto. Solo uno. Medido. Preciso. Ya estaba junto a la cama antes de que Kaen terminara de enfocar. Exactamente lo necesario para que Kaen no tuviera que forzar la vista ni el cuello. No para tocarlo. Para estar listo. Se colocó en el punto preciso donde la presencia se siente antes de tocar. Para intervenir o apartarse con la misma facilidad. Kaen lo registró todo sin pensar. El cuerpo, antes que la mente, reconocía ese patrón.
Kaen abrió la boca. La garganta protestó de inmediato, seca, áspera, como confirmando que no había sido usada en días. El primer sonido que salió fue poco más que aire.
—Tranquilo —dijo, con voz baja, como quien quiere dar ofrecer calma—. Respira primero.
No fue una orden. Tampoco una calma artificial. Fue una instrucción necesaria, dicha por alguien que sabía exactamente cuándo decirla.
Kaen obedeció sin pensar. Eso, también, fue información.
El sistema lo registró todo con una discreción casi reverente, sin dramatismo. Las curvas de actividad neural se estabilizaron. El pulso osciló una fracción de segundo y luego encontró un nuevo equilibrio. Ninguna alarma. Ninguna corrección automática. Solo acompañamiento.
—¿…llegué? —preguntó Kaen al fin.
La palabra no fue retórica. No hablaba solo del lugar.
Eiran sostuvo la mirada. No respondió de inmediato. No por duda, sino porque entendía el peso de la pregunta.
—Lo lograste —dijo finalmente—. Llegaste.
No era solo una confirmación de ubicación. Era un reconocimiento.
Algo cedió dentro de Kaen.
Kaen cerró los ojos un instante. No fue cansancio. Fue alivio. Algo en su interior —algo que había estado tenso desde antes de cruzar el portal— cedió por fin, como un músculo que deja de sostener peso ajeno. Su atención volvió a Eiran. Cuando volvió a abrirlos, la mirada era distinta. Más enfocada. Menos defensiva.
Ahora lo veía mejor. La forma en que no se había apartado. La manera exacta en que ocupaba ese espacio desde hacía… ¿cuánto? Kaen no tenía la medida temporal, pero el cuerpo sí. Y el cuerpo entendía cuando alguien se queda sin garantías.
—No lo habría logrado solo dijo, con voz aún áspera—. No hablo del portal —susurró casi para sí.
Eiran no negó eso. Tampoco lo confirmó.
Kaen dejó escapar una exhalación lenta. Sus dedos se movieron apenas sobre la superficie de la cama, buscando una referencia que no estaba seguro de merecer. No tocó nada. El gesto quedó incompleto.