Bajo Runas Antiguas y Fuego Carmesí

Capítulo VIII

Lo que se sostiene cuando nadie mira

Eiran despertó porque el cuerpo se lo exigió, no porque hubiera descansado.

La transición fue torpe, lenta, como si la consciencia regresara a un lugar que no estaba listo para recibirla. No un corte limpio entre dormir y estar despierto. Fue más bien una acumulación de señales: primero fue la rigidez en la nuca, una presión sorda que le subía por la base del cráneo. Luego la espalda baja que no dolía lo suficiente como para alarmar, pero sí lo bastante como para no poder ignorarla, recordándole cada una de las horas pasadas sin moverse del todo: la silla, el borde de la cama, el suelo frío cuando ya no daba más y se había deslizado hasta sentarse ahí un momento, solo para estirar las piernas.

Abrió los ojos con cuidado.

No por calma, sino por prudencia. Esa cautela que se aprende cuando cualquier movimiento brusco puede romper algo que apenas se mantiene en equilibrio. No porque temiera lo que pudiera ver, sino porque temía que moverse rompiera el precario acuerdo que su cuerpo había alcanzado consigo mismo durante esas horas robadas de reposo. Había dormido a retazos. Minutos largos. Sueños incompletos que no terminaban de asentarse. El tipo de descanso que no repara, solo suspende.

La sala seguía igual.

Penumbra controlada. Campos de luz bajos, regulados para no interferir con los ciclos circadianos del paciente y su recuperación. No era noche cerrada, pero tampoco mañana plena. El hospital operaba en ese ritmo intermedio que se extiende cuando la urgencia ya pasó, pero la recuperación todavía no puede darse por sentada. El murmullo constante de los sistemas de soporte se había vuelto un ruido de fondo tan familiar que, por momentos, Eiran ya no lo registraba como sonido, sino como presencia.

Respiró una vez. Luego otra.

Y entonces lo supo.

Kaen seguía allí.

Eiran lo supo antes de mirarlo.

No fue una deducción lógica. No miró primero la cama. Fue una certeza que se le instaló en el pecho antes de que los ojos terminaran de enfocar. Esa sensación Era una percepción difícil de explicar, algo que no pasaba por los sentidos habituales. No era magia activa, ni alerta consciente. Era otra cosa: esa sincronía extraña que se instala cuando dos cuerpos han pasado demasiado tiempo ajustándose el uno al otro, sincronizados por necesidad, por vigilancia, por no permitirse fallar. Cuando respirar, moverse, incluso dormitar, deja de ser un acto individual y empieza a hacerse en función de alguien más.

Aun así, giró la cabeza despacio.

Kaen estaba despierto.

Los ojos abiertos, fijos en un punto impreciso del techo, como si no estuviera mirando nada en particular y, al mismo tiempo, estuviera tratando de abarcarlo todo. No había tensión en su rostro, pero tampoco abandono. No parecía alerta. No parecía perdido. Tampoco había vacío. Tampoco ausente. Era otra cosa más difícil de nombrar: una presencia tranquila, como si el mundo hubiera regresado a su sitio, pero todavía sin exigirle participación activa. Estaba… presente de una forma distinta. Como si el mundo hubiera vuelto, pero todavía sin bordes definidos.

—¿Desde cuándo? —preguntó Eiran en voz baja.

Le sorprendió que la voz le saliera tan pareja. Esperaba aspereza. Esperaba cansancio audible. Pero sonó normal, y eso lo inquietó más que si hubiera temblado.

Kaen parpadeó despacio, como si tuviera que arrastrar la atención desde ese punto lejano del techo hasta él, tardando un segundo en responder. No porque no lo hubiera oído, sino porque pareció necesitar traer la atención de vuelta desde donde estuviera. Giró apenas la cabeza.

—Un rato —respondió—. No quise despertarte.

Eiran exhaló por la nariz, una respiración que se pareció mucho a una risa sin humor.

—Eso no funciona conmigo —dijo.

Se incorporó con lentitud, primero apoyando una mano en el borde de la cama, luego ajustando el peso con cuidado. Cada movimiento era medido, no por dolor agudo, sino por ese cansancio profundo que no protesta, pero tampoco coopera del todo. El gesto fue automático. El mismo que había repetido durante días. Pero ahora era distinto. Ya no estaba sosteniendo a alguien al borde del colapso inmediato. Ahora era su propio cuerpo el que reclamaba atención, tarde y sin urgencia, pero con insistencia.

Kaen lo observó.

No con alarma. No con esa urgencia que había marcado los días anteriores.

Con atención.

Vio cómo Eiran estiraba los dedos una vez, como si comprobara que todavía le respondían. Cómo rotaba los hombros con un gesto mínimo, conteniendo una mueca que no llegaba a ser dolor, pero tampoco comodidad. Vio ese cansancio que no se instala en los músculos grandes, sino en los lugares pequeños: detrás de los ojos, en la base de la mandíbula, en la forma en que alguien tarda medio segundo más en acomodarse, en cómo evita ciertos movimientos sin darse cuenta.

—Te duele —dijo Kaen.

No fue una pregunta.

Eiran negó con la cabeza, por reflejo más por hábito que por convicción.

—Nada nuevo.

Kaen aceptó eso sin discutirlo. No porque lo creyera del todo, sino porque entendía el lenguaje implícito: no era el momento de desmontar defensas.

El silencio volvió a asentarse entre ellos. Distinto.

Ya no era el silencio tenso de la espera ni el de la vigilancia constante. Era otro. Más amplio. Un silencio que permitía respirar dentro de él sin sentir que se estaba descuidando algo importante. Era compañía consciente, sin tarea inmediata, sin amenaza que exigiera reacción.

Kaen movió la mano sobre la manta.

Kaen movió la mano sobre la manta casi sin darse cuenta.

El gesto fue torpe, limitado por la debilidad residual y por la cautela de alguien que todavía no confía del todo en la obediencia de su propio cuerpo. Aun así, fue deliberado. Buscó acomodar la tela cerca del pecho. No era necesario. Pero era intencional.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.