Lo que empieza cuando nada arde
El traslado no fue inmediato.
Tampoco fue anunciado.
Hubo un intervalo breve, denso, en el que el hospital dejó de ser un espacio de urgencia médica y pasó a ser un punto de transición. Los campos de estabilización se mantuvieron activos más tiempo del estrictamente necesario, no por el cuerpo de Kaen, sino por lo que representaba moverlo. No era una salida. Era un desplazamiento.
Poka fue la primero en entrar.
No con prisa, no con solemnidad. Llevaba el cabello recogido de forma práctica, sin ornamentos, y esa calma funcional de quien ha supervisado demasiadas transiciones críticas como para dramatizarlas. Pasó la mano por el soporte cerrado —no para revisarlo, sino para confirmar que ya no hacía falta— y luego miró a Kaen directamente.
—Caminas —dijo, no como pregunta.
Kaen asintió.
Se incorporó despacio, probando el peso sin ayuda. El movimiento fue limpio. No elegante todavía, pero firme. Poka observó el eje, la distribución, la forma en que el cuerpo compensaba sin forzar. No vio inestabilidad crítica. Vio cansancio gestionable.
—Sin silla —concedió—. Pero no te adelantes.
—No pienso correr —respondió Kaen, seco.
—Eso espero.
Poka dejó escapar una exhalación que no llegó a sonrisa.
Carrik apareció detrás, ajustándose los guantes por costumbre más que por necesidad. Su mirada pasó primero por Kaen, luego por Eiran, y después por la habitación, midiendo rutas, no emociones.
—El corredor oeste está despejado —informó—. Cambio de turno en veinte minutos. Es el margen más limpio.
Eiran asintió una sola vez.
No preguntó nada más.
El coronel Adalid fue el último en entrar.
Su presencia cambió la temperatura del espacio sin necesidad de levantar la voz. No traía armadura completa, pero tampoco iba desarmado. El uniforme era sobrio, sin insignias visibles más allá de las estrictamente necesarias. La clase de vestimenta que no busca ser vista, pero que no se confunde con personal auxiliar.
—El ala de huéspedes está asegurada —dijo—. Sin escoltas visibles, como solicitó Su Majestad.
No dijo el nombre.
No hacía falta.
Kaen se puso de pie del todo.
El cuerpo respondió. Lento, sí, pero estable. No necesitó apoyo. Tampoco hizo alarde de ello. Eiran se colocó a su lado sin tocarlo, el espacio exacto para intervenir si algo fallaba sin convertirlo en espectáculo.
—Si en algún punto el pulso se acelera —añadió Adalid, mirando a Kaen directamente—, nos detenemos. No se negocia eso.
—Entendido —respondió Kaen.
No fue sumisión. Fue acuerdo.
Entonces comenzó su trayecto.
El trayecto dentro del hospital fue breve, pero no invisible.
No hubo desfile, pero sí conciencia. El personal sabía cuándo mirar y cuándo no. Nadie se acercó. Nadie preguntó. La seguridad no estaba en la cantidad de gente armada, sino en la coreografía precisa de movimientos que abrían paso sin anunciarlo.
El paso hacia el exterior fue limpio.
No hubo puertas ceremoniales ni cambios abruptos de luz. El hospital cedió su estructura por capas: primero los corredores internos, luego un vestíbulo neutro, después el aire abierto de la plataforma de transporte, donde el silencio ya no era clínico sino urbano, sostenido por distancia y altura.
El vehículo aguardaba sin marcas visibles.
No era una ambulancia ni un carruaje oficial. Su diseño respondía a otro criterio: líneas sobrias, blindaje integrado sin ostentación, campos de amortiguación activos lo justo para suavizar vibraciones, no para aislar por completo. Un transporte pensado para alguien que debía moverse sin ser anunciado, pero tampoco ocultado.
Kaen subió por su cuenta. Seguido por Eiran.
El movimiento fue lento, medido. No necesitó arnés ni soporte externo, pero Carrik se colocó a un costado durante el acceso, no para ayudar, sino para cubrir el ángulo muerto. Adalid cerró el perímetro con una sola mirada, calibrando tiempos más que amenazas. Poka fue la última en entrar, y la primera en verificar que el campo interno no interfiriera con la respiración ni con el pulso residual del cuerpo.
El vehículo se puso en marcha sin aceleración perceptible.
Lytharos se desplegó alrededor de ellos en capas sucesivas. No calles abarrotadas ni plazas ceremoniales: rutas internas, avenidas de piedra clara, puentes suspendidos que conectaban niveles distintos de la ciudad sin imponer jerarquía visual. Desde el interior, Kaen alcanzó a ver fachadas antiguas integradas con estructuras nuevas, torres de archivo junto a jardines elevados, el pulso lento de una capital que no necesitaba demostrar que lo era.
No hubo escolta visible.
Eso no significaba ausencia de control. Significaba confianza en el diseño: sensores incrustados en la arquitectura, vigilancia distribuida, protocolos que se activaban sin gestos humanos evidentes. La ciudad sabía quién se movía por ella. Y decidía no mirar de más.
Eiran permaneció a su lado durante todo el trayecto.
No habló. No explicó. Su presencia no era guía ni custodia; era continuidad. Cuando el vehículo ajustó su trayectoria para un descenso más pronunciado, Eiran se adelantó apenas lo suficiente para que Kaen pudiera apoyar la mano si lo necesitaba. No fue necesario. El gesto quedó allí, como posibilidad no utilizada.
El trayecto fue breve.
No por distancia, sino por diseño urbano. El palacio no estaba aislado: estaba integrado en el tejido de la ciudad como un núcleo estable alrededor del cual todo se ordenaba sin fricción. Cuando el vehículo desaceleró, Kaen sintió el cambio antes de verlo: el aire distinto, la densidad sonora reduciéndose, esa transición imperceptible que separa lo público de lo reservado sin levantar muros visibles.
El vehículo se detuvo.
Las puertas se abrieron sin anuncio.
Y fue entonces cuando cruzaron al ala de huéspedes.