Bajo Runas Antiguas y Fuego Carmesí

Capítulo X

Lo que se dice cuando ya no queda nada de sostener

El ala de huéspedes estaba despierta antes que ellos.

No por ruido, ni por tránsito visible, sino por ese ajuste casi imperceptible que ocurre cuando un lugar deja de ser provisional. La temperatura se estabilizaba sola. La luz entraba con un ángulo distinto, menos filtrado. El palacio no marcaba la mañana con campanas ni avisos: simplemente continuaba.

Kaen estaba despierto desde hacía rato.

No de pie todavía. Tampoco acostado del todo. Había aprendido a reconocer ese punto intermedio en el que el cuerpo no duele, pero tampoco concede. El cansancio ya no era una amenaza inmediata; era un peso distribuido, presente en la espalda, en el costado, en la forma en que la respiración necesitaba dos tiempos más para asentarse.

Escuchó movimiento en la habitación contigua antes de verlo.

No pasos apresurados. No sigilo.
Eiran se movía como alguien que no necesita justificarse ante el espacio.

La puerta que comunicaba ambas estancias no estaba cerrada del todo. Nunca lo estaba. Desde la cama, Kaen podía ver parte del interior: una mesa amplia, no clínica ni ornamental; una silla de respaldo recto, pensada para largas horas; una ventana alta que daba al patio interior, abierta apenas lo suficiente para que el aire circulara sin enfriar la piedra. No era una habitación preparada a última hora. Era una de esas cámaras que existían desde antes de que alguien las necesitara.

Eiran apareció en el umbral sin anunciarse.

Llevaba ropa sencilla, funcional, sin símbolos ni capas ni artificios. Nada que indicara rango, salvo la manera en que se detenía exactamente donde hacía falta detenerse. No invadía. No se quedaba atrás.

—Ya estás despierto —dijo.

No era una pregunta.

Kaen asintió.

—Desde hace un rato.

Eiran entró del todo. Cerró la puerta exterior con un gesto automático, dejando solo la interior abierta. El movimiento no fue deliberado, pero tampoco inconsciente. Kaen lo notó.

—¿Te duele? —preguntó Eiran.

Kaen pensó la respuesta antes de darla.

—No como antes —dijo—. Pero está ahí.

Eiran aceptó eso sin corregirlo, sin dramatizarlo. Se apoyó un instante en la mesa, observando a Kaen con una atención que ya no era médica ni vigilante. Era otra cosa. Más difícil de nombrar.

—Hoy no hay prisa —dijo—. Aiden pidió que nadie nos interrumpa hasta más tarde.

Kaen alzó la vista.

—¿Pidió… o decidió?

Eiran esbozó una sonrisa mínima.

—Ambas.

El silencio que siguió no fue incómodo. Pero tampoco era neutro.
Había algo acumulándose, como si los días anteriores —el hospital, la contención, las decisiones urgentes— hubieran dejado pendiente una conversación que ya no podía seguir aplazándose.

Kaen apoyó las manos sobre el colchón y se incorporó un poco más. El movimiento fue lento, medido. No pidió ayuda. Eiran no la ofreció. La sincronía seguía ahí, intacta.

—Eiran —dijo Kaen, con la voz más baja—.
Hizo una pausa—. Cuando todo esto termine… nada va a volver a ser igual.

Eiran no respondió enseguida.

Caminó hasta la ventana, ajustó apenas el marco, un gesto heredado, antiguo. Luego volvió a mirarlo.

—Lo sé —dijo—. Por eso estamos aquí y no en otro sitio.

Kaen sostuvo su mirada.

No había calma romántica.
Había umbral.

Y ninguno de los dos dio todavía el siguiente paso.

_____________o_________

Kaen fue consciente de ello cuando Eiran dejó la ventana y volvió a ocupar el espacio frente a la cama. No se sentó de inmediato. Permaneció de pie un instante más, como si estuviera calibrando algo que no tenía que ver con el cuerpo de Kaen, sino con el suyo propio.

—Aiden va a querer vernos más tarde —dijo—. No como rey.

Kaen arqueó apenas una ceja.

—¿Y como qué, entonces?

—Como hermano —respondió Eiran—. Y como alguien que sabe que esto… —hizo un gesto impreciso, abarcando el palacio, el ala, la situación— no es solo político.

Eso sí produjo un ajuste en Kaen.

No visible. No dramático.
Pero interno.

—¿Te dijo algo? —preguntó.

Eiran negó despacio.

—No todavía. Me conoce lo suficiente para esperar a que yo llegue primero.

Kaen dejó escapar una exhalación corta, casi una risa sin humor.

—Eso suena a que viene una conversación larga.

—Lo es —admitió Eiran—. Pero no ahora.

Se acercó por fin a la silla junto a la cama y se sentó. No de golpe. No relajado del todo. Apoyó los antebrazos sobre los muslos, imitando sin darse cuenta la postura que Kaen había adoptado días atrás en el hospital. Kaen lo notó. No comentó nada.

—Dormiste mejor —dijo Kaen.

Eiran ladeó la cabeza.

—¿Eso es una afirmación o una acusación?

—Lectura —respondió Kaen—. Respiras distinto.

Eiran se permitió cerrar los ojos un segundo.

—Un poco —concedió—. Lo suficiente para que el cuerpo deje de protestar por todo a la vez.

Kaen observó cómo, aun sentado, Eiran mantenía una tensión mínima en los hombros. No era cansancio puro. Era contención prolongada. La clase de agotamiento que no se va con dormir una noche entera.

—No tienes que quedarte aquí todo el tiempo —dijo Kaen.

Eiran abrió los ojos de inmediato.

—No estoy “quedándome” —respondió—. Estoy… —buscó la palabra, y no la encontró—. Estoy aquí.

La diferencia quedó flotando entre ellos.

Kaen bajó la mirada hacia sus propias manos. Las flexionó despacio, comprobando rangos, sensaciones. El cuerpo seguía ahí, presente, respondiendo. Ya no era un territorio desconocido, pero tampoco completamente suyo todavía.

—En Honoo Guren —dijo de pronto—, cuando alguien sobrevive a algo así, se considera de mala educación hablar de futuro inmediato.

Eiran alzó la vista.

—¿Por qué?

—Porque se asume que el cuerpo todavía está decidiendo si acepta quedarse —respondió Kaen—. Forzarlo con planes es… imprudente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.