Bajo Sombras y Susurros

Capítulo 2: El Primer Riesgo

La noche se había vuelto un torbellino, un caos de peligros latentes y susurros espeluznantes que resonaban en la mente de Sara. El eco del disparo aún reverberaba en sus oídos, llenando el silencio con una presión opresiva. Cuando por fin el tumulto se disolvió y las luces de la fiesta comenzaron a parpadear por el desorden, un instante de lucidez le llegó. Había ocurrido algo más que un simple enfrentamiento; todo había cambiado.

Sara buscó a Gabriel entre los restos de la multitud, su angustia creciendo a medida que el pánico se apoderaba de ella. Lo encontró al fondo de la sala, con el rostro decidido y una mirada que ardía con una mezcla de desafío y preocupación. La imagen de su figura, recortada por las luces parpadeantes, la hizo sentir una oleada de emociones encontradas.

“¿Estás bien?” le preguntó ella, acercándose con pasos firmes, a pesar del temblor en sus manos. Su corazón aún latía desbocado por la adrenalina, y la cercanía a él le infundía una mezcla de calma y agitación.

“Perfectamente.” Gabriel sonrió, pero sus ojos revelaban una tormenta oculta. “Solo un pequeño inconveniente.”

La ironía en su voz la hizo reír a pesar de la gravedad del caos alrededor. “¿Te diste cuenta de que acaban de atacar a un grupo de personas en una gala benéfica? Esto no es exactamente un ‘pequeño inconveniente’”.

“Quizás para ti,” contestó él, dejando entrever un destello de humor que contrastaba con la tensión en el aire. “Para mí, es otra noche en la oficina.”

Con un gesto que parecía descansar en alguna profundidad secreta, su mano rozó el brazo de ella. La conexión laserante hizo que un escalofrío recorriera su columna. Pero en ese momento, no había espacio para la ternura.

De repente, los hombres que habían causado el disturbio comenzaron a agruparse nuevamente. El ambiente se tornó denso. “Tenemos que salir de aquí”, propuso Gabriel, soltando el encantador halo de humor que había mantenido hasta ese momento.

“Pero, ¿qué vamos a hacer?” Sara sintió una punzada de miedo, el pensamiento de huir no le sentaba bien. “¿Por qué te están buscando?”

“Es complicado.” Gabriel observó la escena a su alrededor, calculando. “No estamos seguros aquí.”

“Complicado no es suficiente para mí. Necesito… necesito saber qué está pasando.”

Él la miró con intensidad, como si estuviera sopesando sus palabras. “Te lo diré todo, te lo prometo. Solo tenemos que ponernos a salvo primero.”

Sara vio la verdad en sus ojos; entre toda la valentía que irradiaba, había también la sombra de un dolor oculto. No podía fallar en ser valiente ella misma. “Está bien. Vamos.”

Mientras ascendían por las escaleras hacia la salida trasera, la respiración de Sara se tornó pesada y entrecortada. El aire fresco de la noche fue un bálsamo efímero para el nerviosismo que le corroía. Sin embargo, a medida que se movían entre las sombras del jardín, un profundo sentido de inquietud se instaló en ella. Cada sonido, cada paso, la empujaba a preguntarse qué tipo de oscuridad estaba a punto de enfrentar.

“¿Tienes idea de quiénes eran esos tipos?” preguntó, tratando de forzar una conversación a pesar de la creciente angustia en su pecho.

“Quiero que confíes en mí, Sara. Pero tienes que entender que mi vida siempre ha estado llena de riesgos. No puedo arrastrarte a esto sin que conozcas todos los peligros.”

“Soy mayor de edad. Puedo manejar la verdad.”

“¿De verdad?” La pregunta resonó, su mirada durándose un momento. Sara se sintió desnuda bajo su análisis. “A veces, conocer la verdad te expone a más peligro. No lo tomarías como un juego si supieras lo que hay detrás de todo esto.”

La reacción visceral de él inquietó a Sara. Un destello de querer no solo esclarecer la situación, sino sentir la fuerza de su conexión. “Porque creo que podemos enfrentarlo juntos.”

Él la miró intensamente, como si considerara su oferta, pero los ojos de Gabriel eran cernidos por la tormenta emocional que lo agitaba. “Te prometo, al final de todo esto, tendrás respuestas. Pero por ahora, tenemos que actuar.”

Sin anclaje verbal a esa promesa, ella ahora enfrentaba la incertidumbre de su entrega. Sería como lanzarse al abismo con los ojos cerrados. Pero el modo en que lo miraba le llenaba de un fuego inesperado.

De repente, un ruido los sacudió; un grupo de figuras avanzaba veloz, sombras desdibujadas en la noche. “Corre,” ordenó Gabriel, tirando de su mano hacia un lado. La inercia de su cuerpo se desmaterializó mientras él la guiaba en una diagonal abrupta hacia un callejón oscuro que sus ojos apenas podían distinguir.

Un sentido de aprehensión envolvía el aire mientras corrían. El sonido de pasos resonaba en sus oídos, un tamborileo constante que la empujó a mirar hacia atrás. Las sombras en la distancia se acercaban, el miedo las impulsaba velozmente, cada vez más cerca. Entonces, uno de ellos gritó su nombre.

“¡Sara!”

El horror la atravesó como un rayo. Se dio la vuelta justo a tiempo para ver a un enemigo del pasado, uno de los hombres que la había acechado años antes. Un sentimiento clamoroso la paralizó. El pasado volvió a aplastarla con tal fuerza que casi no podía respirar.

“¡No! ¡Corre!” Gabriel dio un empujón a su espalda mientras giraba para enfrentarse al hombre que se dirigía rápidamente hacia ellos. Sara sintió la distancia crecer, pero la adrenalina estallaba como una tormenta dentro de ella.

“¡Espera!” Intentó detenerse, pero una parte de ella sabía que no podía dejar a Gabriel detrás. Volvió su rostro, buscando el contacto visual, deseando que lidere sin miedo. Sin embargo, él sólo le lanzó una advertencia implícita antes de encontrarse nuevamente con su enemigo.

Antes de que pudiera comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo, el sonido de un golpe resonó, y el corazón de Sara se detuvo. Gabriel y el hombre comenzaron a luchar. Golpes resonantes y la dureza del enfrentamiento se desbordó en un vallado de emociones que la hicieron querer saltar hacia la pelea.




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