La noche había tomado un giro que ni en sus peores pesadillas habría imaginado. Sara se sentía como un juguete lanzado a la tormenta; la adrenalina pulsaba en sus venas, acompasada por el latido irregular de su corazón. De repente, la lucha entre Gabriel y su atacante pareció cobrar vida propia. Era como si el tiempo se detuviera, atrapándola en una esfera de caos.
Al ver a Gabriel intercambiar golpes, su cuerpo musculoso bloqueo un ataque inminente, algo en la forma en que luchaba la inspiraba tanto como la aterraba. La feroz determinación en su mirada y la concentración con la que se movía la hacían sentir que había más en él de lo que dejaba entrever. Pero la pregunta seguía punzante en su mente: ¿quién era realmente Gabriel y por qué esos hombres lo buscaban?
Cuando los ojos de Gabriel encontraron los de ella, sintió que la corriente eléctrica entre ellos se transformaba en una promesa. Un vórtice de vulnerabilidad y protección se tejía con cada segundo. “¡Sara, aléjate!” gritó, desgarrando el aire entre ellos como una advertencia y una súplica. Pero algo en su voz también la retó, como si desafiara su instinto protector.
A pesar del peligro, había una llama ardiente en su pecho que la obligaba a permanecer. El impulso de auxiliarlo se mezclaba con su deseo de escapar. Sara sacudió la cabeza con determinación. Y cuando la figura del adversario recibió un golpe certero, el sonido resonó como una campana que une los dos mundos; el ahora y lo que había sido.
“¡Vamos, tú puedes!” se animó a gritarle. Pero al hacerlo, una sombra del pasado se proyectó en su mente como un eco.
La imagen de su madre apareció, un rostro lleno de amor y preocupación. “Sara, la vida puede volverse peligrosa en un instante. Siempre ten cuidado. Confía en tu instinto.” Una verdad que nunca había entendido del todo hasta ahora. Ahora sentía el peso de esas palabras asegurándose de que el miedo corrieras por su vida. Y sin quererlo, se encontró recordando aquel día fatídico.
Esa vez, el eco de la traición la había dejado marcada. Aquella traición había llegado con una sonrisa casi despectiva, una voz suave que le decía que todo estaba bien mientras la vida se desmoronaba ante sus ojos. Un rostro que había creído conocer que trivializó el dolor.
“¡Sara, muévete!” gritó Gabriel, sacándola de sus pensamientos. La urgencia de su voz la trajo de regreso a la realidad; lo que había comenzado como protección se había convertido en una batalla por sus propias almas.
“¡No puedo dejarte aquí!” dijo, atravesando el pasillo oscuro, desde donde se escuchaban gritos y el fragor de puños chocando. Su determinación brillaba en sus ojos, aún a riesgo de lo que pudieran sufrir. “Tienes que decirme qué está pasando.”
La pelea continuó, pero ella comenzó a notar muchos más detalles, los métodos de Gabriel, su forma de anticipar el movimiento de su oponente. Había una destreza innata que la hizo temblar, intoxicada por la mezcla de aprecio y vulnerabilidad.
Y de repente, en medio del tumulto, lo vio. Un hombre delgado y de aspecto furtivo, de cabello oscuro y ojos fríos, que se había escabullido a la sombra, observándolos. Su mirada era una tormenta de engaño, y Sara sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Justo en ese momento, se dio cuenta de que aquella figura era parte de su pasado, una sombra que había creído sepultada.
“¿Jacobo?” susurró, medio incrédula y medio horrorizada.
Era imposible, pero ahí estaba, un símbolo de todo lo que había temido y evitado desde hacía años. Su eco resonó en su mente; un tiempo lleno de promesas marchitas y traiciones que le desgarraron el corazón. Su exnovio, un hombre que había tenido el poder de arruinarle la vida, ahora le plantaba cara a su presente.
“¿Qué haces aquí?” La indignación, el dolor y la rabia comenzaron a aflorar en su pecho.
“Qué irónico verte de nuevo, Sara,” dijo Jacobo, su sonrisa burlona tan familiar como perturbadora. “Siempre supe que terminarías en problemas. Aquí, te he encontrado de nuevo, arrastrando el mismo caos.”
Antes de que Sara pudiera contestar, Gabriel se colocó frente a ella. “¿Quién eres tú?” La pregunta de Gabriel era un reto. Pero Jacobo sólo se limitó a reír, como si todo fuera un juego.
“Eso no importa ahora, lo único que necesitas saber, amigo, es que Sara ha hecho algunos errores. Y yo vine a cobrar la deuda,” dijo con desdén, su mirada incisiva recorriendo a Sara de arriba abajo.
Los ojos de Gabriel se estrecharon en una mezcla de protección y furia. “Te sugiero que te alejes.”
“¿Y qué harás si no lo hago?” Jacobo se encogió de hombros, haciendo que Gabriel se preparara para el enfrentamiento. La atmósfera se volvió densa, los instintos de Sara la obligaron a mediar entre ellos.
“Pará, por favor,” pidió, sus palabras apenas salieron como un susurro. Las palabras reveladoras se quedaron atrapadas en su garganta, el deseo de confianza chocando con la realidad de sus decisiones pasadas. “No tienes por qué hacerlo más complicado. Todos podemos dejar el pasado atrás.”
“¿El pasado?” Jacobo rió, la risa era un eco oscuro y cruel. “¿Cómo puedes dejar atrás lo que eres? La traición siempre regresa, dulzura. No podrás escapar de esto.”
Con una mirada feroz, Gabriel la tomó de la mano, intoxicando la conexión entre ellos con una súbita urgencia. “No tienes por qué hablarle así. No dejaré que le hagas daño.” Sus palabras eran firmes, pero su corazón latía con el dolor de inseguridad, una sensación que venía de un lugar profundo.
“No puedo permitirte tenerla, Gabriel. Ella es mía,” Jacobo se interpuso entre ellos, como una sombra ominosa.
Lo que siguió fue un momento congelado en el tiempo; el aire se espesó, los ecos del pasado se entrelazaron con las decisiones del presente. En ese instante, Sara se dio cuenta de que su vida pendía de un hilo, entre la influencia de pasado y la promesa de un futuro que quería construir.
#4924 en Novela romántica
#733 en Thriller
romance contemporaneo, secretos y conflictos, emociones y giros inesperados
Editado: 12.02.2026