Bajo Sombras y Susurros

Capítulo 5: Atraídos por el Peligro

La noche se había convertido en un laberinto de sombras y luces titilantes, un juego de vida o muerte que nublaba los sentidos de Sara. Las sirenas resonaban en la distancia, pero aquella música de alerta parecía lejana frente a la inminente tormenta emocional que enfrentaba. Gabriel la miraba intensamente, como si pudiese leer cada uno de sus pensamientos, cada uno de sus miedos.

“Necesitamos salir de aquí, ahora,” repitió él, su voz un poderoso susurro que hizo vibrar su interior. La adrenalina aún corría por sus venas, pese a que el pequeño refugio del vestíbulo del hotel se sentía más seguro que la gala donde se había desatado el caos.

Sara asintió, el peligro palpable paisaje en su pecho. “Sí, pero no sé hacia dónde ir,” admitió, cada palabra impregnada con la angustia de lo desconocido y el peso de sus propios secretos.

“Conozco un lugar,” dijo Gabriel, su tono decidido. “Es un hotel cercano, relativamente discreto. No podemos quedarnos aquí. Jacobo no se rendirá tan fácilmente.”

La mención de su nombre encajó un escalofrío en Sara. La sombra de Jacobo seguía acechando, un eco persistentemente familiar que parecía estar contagiado de los desastres del pasado. “¿Y si vuelve a encontrarnos? No puedo volver a pasar por aquello otra vez. No puedo,” susurró, la voz apenas un quejido.

Gabriel se inclinó hacia ella, un gesto que la llenó de intenso deseo y vulnerabilidad. “Lo prometo, no le dejaré hacerte daño. Pero necesito que confíes en mí.”

Sara sintió las llamas de la traición y el miedo luchando en su interior. Por un lado, había algo inmensamente atractivo en Gabriel, en cómo se movía con aplomo y determinación; pero por otro, la voz de Jacobo resonaba en su mente, recordándole que la confianza podía ser una trampa mortal.

“Siempre he querido ser fuerte, Gabriel, pero el pasado me persigue,” dijo, su mirada aún fija en los ojos profundos de él. “Cada paso que doy hacia adelante parece arrastrarme dos hacia atrás.”

“Sara, escúchame.” La firmeza de su voz la sacudió. “El pasado no te define. Lo que importa es lo que decidas hacer ahora. Estamos aquí, tú y yo, juntos en esto. No estoy dispuesto a dejar que nadie te haga daño. No más.”

La sinceridad en su mirada atravesó los muros que ella había tratado de construir. En aquel instante, ese fuego brillaba con fuerza, desbordando el miedo. Pero las sombras de Jacobo eran un recordatorio de que no podían permitirse ser vulnerables por mucho tiempo.

“¿Y si no tengo fuerzas para enfrentar lo que se avecina?” Sara cuestionó, la lucha entre el amor y el miedo resonando en cada palabra.

“Entonces te ayudaré a encontrar esas fuerzas,” respondió Gabriel, más firme que antes. “No me importa cuánto tiempo necesitemos. Lo haremos juntos.” Un silencio lleno de promesas se extendió entre ellos, pero su momento se vio interrumpido por el estallido de las puertas del vestíbulo.

Una oleada de policías irrumpió en la escena, haciendo que la multitud, que aún se agolpaba en la entrada, retrocediera. Las luces parpadeantes llenaron el área, pero no sólo del hotel; los ecos de sus sirenas se mezclaban con el rumor de la preocupación.

“¡Todo el mundo, salga!”, uno de los oficiales gritó, la autoridad colgando en el aire. “Vamos a esclarecer la situación. ¡Necesitamos el área despejada!”

La visión de las autoridades aceleró el pulso de Sara. La urgencia la empujó hacia la salida, pero antes de que pudiera decidirse, Gabriel la tomó de la mano nuevamente. “¡Vamos!” la instó, sus ojos reflejando la ansiedad y la determinación.

Mientras corrían hacia la salida, la realidad de la situación los rodeaba. La agitación de la multitud, las voces preocupadas, y la atmósfera cargada de pánico aumentaban notablemente. Al salir, Sara pudo ver la luz del faro de un coche patrulla distinguirse entre la multitud, como un faro en medio de la bruma.

“Por aquí,” dijo Gabriel, girando su cuerpo para meterse en una calle lateral que parecían desvia el bullicio de la entrada. Sara lo siguió sin dudar, sintiendo el calor de su cuerpo al lado del suyo, una corriente que iluminaba aquellas apagadas inseguridades.

Entraron en una calle menos iluminada, donde las sombras se adherían a ellos más que nunca. La poca luz que había se usó para rodear de seguridad esos momentos oscuros. El fácil transcurrir de las calles se transformaba en un laberinto vertiginoso con cada paso que daban. Al doblar la esquina, se detuvieron para tomar aliento.

“¿Dónde está el hotel?” preguntó Sara, con el pánico a flor de piel mientras su mirada escaneaba el lugar en busca de algún movimiento sospechoso.

“Un par de cuadras más. No te preocupes, estarán buscando por la galería, no aquí,” Gabriel intentó calmarla, aunque la inquietud fuera palpable. La presencia de Jacobo seguía flotando en el aire, como un espectro cuyas intenciones eran inciertas.

“¿Estás seguro de que este es el camino correcto? No quiero caer en otra trampa,” su voz era un hilo de tensión, el eco de las experiencias pasadas resonando en su pecho.

“Te juro que no. Conozco este lugar,” repitió él con determinación. La confianza que irradiaba era reconfortante, pero, aun así, la incertidumbre de la situación la mantenía atrapada en un remolino de dudas.

El camino a la seguridad parecía haberse desvanecido cuando, justo frente a ellos, apareció un grupo de hombres de aspecto siniestro que rodeaban la esquina. Sus miradas se cruzaron con la de Gabriel antes de que él pudiera reaccionar.

“¡Esos son!” uno de ellos gritó, señalando a Sara y Gabriel. “Son los que queremos.”

“El riesgo se acaba de volver mucho más real,” murmuró Gabriel, su mano apretando la de Sara con fuerza.

No había tiempo para dudar. Se volvieron a correr, atravesando la oscuridad mientras los hombres comenzaban a perseguirles. Tienen que llegar al hotel, pero la incertidumbre se transformaba con cada paso que daban. Sara se deslizaba por callejones estrechos, tratando de mantener el ritmo. El latido de su corazón se sentía como un tambor de guerra en su pecho, resonando con adrenalin.




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