La atmósfera del hotel había cambiado drásticamente, y la sensación de inminente peligro se había intensificado en cada rincón. Sara no podía dejar de pensar en la llamada que Gabriel había recibido y en las palabras ominosas que compartió. La amenaza de Jacobo se expandía hacia ellos como una sombra, cubriendo los caminos de su vida con un oscuro velo de incertidumbre.
“Debemos encontrar a alguien que pueda ayudarnos,” dijo Gabriel, su voz firme aunque cargada de ansiedad. “Alguien que sepa más sobre la red de Jacobo.”
Sara asentía mientras daba vueltas a la idea. “Pero… ¿quién?” La confusión se mezclaba con el miedo, y aunque su corazón ardía con la necesidad de salir de ese lugar, sabía que necesitaban más que un simple plan de escape.
“Conozco a un amigo, un antiguo compañero de la organización. Se llama Tomás,” explicó Gabriel. “Él tiene conexiones. Quizá nos ayude a descubrir qué está tramando Jacobo.”
“¿Podremos confiar en él?” preguntó Sara, sopesando lo que implicaba abrirse a otra persona en medio de todo este caos. La traición la había marcado, y cualquier error podía ser fatal.
“Tomás siempre ha estado de mi lado,” respondió Gabriel, y algo en su voz la reconfortó. “Es un buen tipo. Pero será un riesgo recibirlo. No podemos hacer esto solos.”
La intensidad en la mirada de Gabriel encendió una chispa de valentía en su interior. De repente, sintió que estaba rodeada de un halo de energía poderosa, un deseo ardiente de enfrentar lo que sea que viniera a su paso. “Vamos entonces. Que no se interpongan más dudas entre nosotros,” respondió, su voz firme.
Mientras se acercaban a la salida trasera del hotel, un grito resonó en el aire y la multitud comenzó a dispersarse en desbandada. La policía había hecho su aparición, y el caos se había transformado en un desfile de luces intermitentes y voces entrelazadas. Sarcofagaba la niebla en torno a ellos mientras corrían, su confianza entrelazada y cambiada en medio de la incertidumbre.
“¡Por aquí!” Gabriel agarró su mano y la llevó a un costado, donde un lado del edificio ofrecía una entrada oculta. “Debemos ser rápidos.”
Las brasas de su temor ardían mientras atravesaban la entrada. Cuando entraron, se encontraron en un callejón oscuro. La luz afuera era un recuerdo distante y el silencio se fue volviendo apremiante, amplificado por los ecos de su respiración.
“¿Dónde está Tomás?” preguntó Sara, su mente procesando cada momento que pasaban en ese juego frenético de esquivar al peligro.
“Él vive cerca, aquí a la vuelta. Vamos rápido, tenemos que salir de este rincón,” Gabriel salió adelante, su figura decidida en medio de la oscuridad que se cernía. Él iluminaba el camino, y cuanto más lo miraba, más la determinación iba surgiendo dentro de ella.
Mientras avanzaban, las sombras parecían moverse. Sara se giró, sintiendo una punzada en su estómago. “Gabriel…” comenzó a decir, pero él rápidamente la interrumpió.
“Lo sé, pero no hay tiempo. Ahora mismo, hay que llegar a Tomás.” La firmeza de su voz era como una correcta inspiración que empujaba a Sara a seguir, aun cuando sus dudas intentaban aferrarse al volante.
El callejón apareció más oscuro mientras las luces al final se desvanecieron. Pero cuando giraron en la esquina, el ambiente cambió. La entrada de un almacén se empezó a vislumbrar ante ellos, y la tensión a su alrededor se transformó en palpitaciones de terror.
“Esto es peligroso.” El eco de la advertencia resonaba entre ellas, pero Sara sabía que no había vuelta atrás. “¿Estás seguro de que Tomás estará aquí?”
“Sí. Aún le debo un favor, créeme,” Gabriel repitió con firmeza mientras se acercaban a la puerta.
Él empujó con fuerza y el sonido crujiente reveló un espacio polvoriento, lleno de estanterías cubiertas de cajas abandonadas. El aire estaba impregnado de un olor a metal oxidado y soledad. A medida que entraban, las sombras danzaban a su alrededor, proyectando una sensación de claustrofobia.
“Tomás, ¡estás aquí!” Gabriel exclamó, su voz resonando en el aire vacío. Tenía un brillo ansioso en su mirada; para él, era un salvavidas en un mar de caos.
“¿Qué demonios hacen aquí?” La figura de Tomás emergió de entre las sombras, sus ojos avisando de una mezcla de sorpresa y preocupación. “¿Te has metido en problemas otra vez?”
“Es una larga historia; necesitamos ayuda,” dijo Gabriel, su voz aferrada con firmeza. “Jacobo ha vuelto. Su red está activa y no se detendrá hasta encontrarnos. Debemos conseguir algo de información.”
Tomás frunció el ceño, y una sombra de pesadez envolvió el ambiente. “Jacobo… eso es grave. No deberías haberte involucrado de nuevo, Gabriel. Esa serpiente siempre vuelve a morder.”
“No tengo elección,” Gabriel replicó, la tensión en su voz aumentando. “Sara y yo estamos en peligro. Hay que actuar rápido.”
El rostro de Tomás se suavizó al mirar a Sara. “Así que tú eres ella. Ha pasado tiempo. Escucha, ambos deben estar preparados. Jacobo no es alguien con quien se juega. Su impacto podría llegar hasta nuestros días, y… esto podría complicarse.”
Sara sintió que su respiración se entrecortaba. Las palabras de Tomás comenzaron a formar ecos en su mente. “¿Qué es lo que planea? No puedo seguir viviendo con este temor constante.”
“Lo que ha hecho es crear una red de contactos que son peligrosos y astutos. Si está persiguiéndote, significa que sabe que tienes algo que le pertenece. Un secreto… algo que él cree que puede usar a su favor,” explicó Tomás, su tono grave.
Un nudo se formó en su pecho. La idea de un secreto que podría determinar su futuro la llenaba de inquietud. “No sé de qué hablas. Si hay algo que él puede usar, no tengo idea de qué podría ser.”
Gabriel la miró intensamente, y entre ellos, se produjo un intercambio de complicidad. “Sara, necesitas compartir todo lo que sepas. No hay más escondites,” dijo él, y el impacto de aquella definición le caló en los huesos.
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romance contemporaneo, secretos y conflictos, emociones y giros inesperados
Editado: 12.02.2026