Bajo su Fragancia

Capítulo 2: El rastro de vainilla

El aire en el ascensor era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. Aiden estaba a escasos centímetros, y Leo podía sentir el calor que emanaba del cuerpo del Alfa. Era una presencia abrasadora, casi dolorosa.

​—Señor Volkov… por favor —susurró Leo, cubriéndose el cuello con la mano, un gesto instintivo de protección—. Las puertas… tienen que abrirse.

​Aiden no escuchaba. Sus instintos, usualmente bajo un control de hierro, estaban luchando contra la lógica. Ese aroma no era como los perfumes sintéticos de los omegas de la alta sociedad; esto era algo primario, salvaje y terriblemente dulce.

​—Tu parche está fallando —dijo Aiden con una voz que sonaba como un gruñido bajo—. Estás entrando en pre-celo justo en mi ascensor.

​Justo en ese momento, las luces parpadearon y el motor rugió. El ascensor dio un tirón y terminó de subir hasta el piso 50. Las puertas se abrieron con un elegante ding.

​Leo intentó salir corriendo, pero el mareo lo golpeó con fuerza. Sus piernas cedieron y, antes de tocar el suelo, unos brazos poderosos lo sujetaron por la cintura. Aiden lo levantó casi sin esfuerzo, pegándolo a su pecho.

​—Suélteme… me van a ver —suplicó Leo, consciente de que los secretarios y guardias de seguridad estaban a pocos metros.

​—Nadie va a ver nada —sentenció Aiden.

​En lugar de dejarlo en el pasillo, Aiden caminó con zancadas largas hacia su oficina privada, cruzando el umbral y cerrando la pesada puerta de roble con un golpe seco. Echó el cerrojo electrónico. El silencio volvió a reinar, pero esta vez, Leo estaba atrapado en el santuario del Alfa.

​Aiden dejó a Leo sobre el sofá de cuero negro. El contraste de la piel pálida del chico contra el cuero oscuro era una imagen que Aiden supo, en ese instante, que no podría olvidar.

​—¿Cómo te llamas? —preguntó Aiden, quitándose la chaqueta del traje y aflojándose la corbata.

​—Leo… Leo Miller, de Archivos —logró decir el omega, encogiéndose sobre sí mismo mientras el calor subía por su columna.

​Aiden se quedó helado por un segundo. ¿Un empleado del sótano? ¿Cómo era posible que alguien con un aroma tan compatible con el suyo hubiera estado viviendo bajo sus pies todo este tiempo?

​—Bien, Leo de Archivos —Aiden se arrodilló frente a él, obligándolo a que lo mirara a los ojos. Sus iris grises ahora tenían un anillo dorado, la marca del Alfa reclamando dominio—. Tienes dos opciones. O llamo a una ambulancia y mañana todo el edificio sabrá que un omega se descontroló en mi oficina… o te quedas aquí y dejas que yo me encargue de que tu temperatura baje.

​Leo tragó saliva. Sabía lo que significaba la segunda opción. No era necesariamente sexo, pero era marcar territorio. Si Aiden lo envolvía en su aroma, Leo estaría a salvo de otros, pero quedaría ligado a la voluntad del CEO.

​—¿Por qué me ayudaría? —preguntó Leo con la voz quebrada.

​Aiden extendió una mano y rozó la mejilla de Leo con el pulgar.

—Porque no soporto que nada que huela así de bien esté sufriendo. Y porque ahora que te encontré, no voy a dejar que nadie más te toque.




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