Bajo su Fragancia

Capítulo 3: El juego de las sombras

Leo estaba temblando en el sofá. El aroma de Aiden, esa mezcla de madera y tormenta, lo estaba envolviendo como una manta pesada. Estaba a punto de ceder, de inclinarse hacia el Alfa, cuando un golpe violento en la puerta de la oficina rompió el hechizo.

​—¡Aiden! Sé que estás ahí dentro. Abre la maldita puerta.

​Leo se tensó. Reconocía esa voz. Era Julian Vane, el principal rival de negocios de Aiden y un Alfa conocido por su crueldad. Si Julian entraba y olía a un Omega en celo en la oficina de Aiden, el escándalo destruiría la carrera de Leo y le daría a Vane el arma perfecta para chantajear al CEO.

​—Escóndete —susurró Aiden. Sus ojos brillaron con una furia fría.

​—¿Dónde? —preguntó Leo, con la respiración entrecortada.

​Aiden lo tomó del brazo y lo guio rápidamente detrás de su enorme escritorio de mármol y caoba.

—Bajo el escritorio. No hagas ni un solo ruido. Si te detecta, no podré protegerte de él.

​Leo se hizo un ovillo en el espacio reducido bajo el escritorio, justo a los pies de Aiden. El espacio olía intensamente al CEO. Aiden se volvió a poner la chaqueta, ocultó cualquier rastro de desorden y, con un movimiento fluido, activó el desbloqueo de la puerta.

​Julian Vane entró como un torbellino, desparramando su aroma a tabaco rancio y metal, un olor que hizo que Leo quisiera estornudar por el asco.

​—¿Qué quieres, Julian? Estoy ocupado —dijo Aiden, sentándose con calma en su silla.

​Leo, escondido abajo, estaba tan cerca de las piernas de Aiden que podía sentir el calor de sus muslos. Para evitar ser detectado por el sensible olfato de Vane, Aiden hizo algo arriesgado: liberó intencionalmente una ráfaga masiva de sus propias feromonas dominantes para "tapar" el rastro dulce de Leo.

​—Se rumorea que el ascensor se detuvo contigo y un empleado —dijo Vane, caminando por la oficina, acercándose peligrosamente al escritorio—. Mis informantes dicen que olía a... flores. Muy sospechoso, Aiden. Sabes que las políticas de la empresa prohíben relaciones con subordinados.

​Vane se apoyó en el borde del escritorio, justo encima de donde Leo estaba encogido. Leo cerró los ojos con fuerza, tapándose la boca con las manos.

​—Mis asuntos privados no son de tu incumbencia —respondió Aiden con voz de acero—. Ahora, lárgate antes de que haga que seguridad te arrastre afuera.

​—Estás tenso, Volkov. Tu aroma es... agresivo hoy —Vane olfateó el aire, entrecerrando los ojos—. Casi parece que estás escondiendo algo aquí mismo.

​Vane comenzó a rodear el escritorio. Leo sintió que el corazón se le salía del pecho. Si Vane daba un paso más, lo vería.

​En un movimiento desesperado para distraerlo, Aiden se puso de pie bruscamente, golpeando la mesa.

—¡Suficiente! —rugió Aiden, usando su Voz de Mando, una habilidad de Alfa puro que hizo que incluso Vane retrocediera un paso por instinto—. Fuera de mi oficina. Ahora.

​Vane gruñó, molesto por haber sido doblegado, pero sabía que no podía ganar en un enfrentamiento físico.

—Esto no se acaba aquí. Te vigilo.

​Cuando la puerta se cerró y se escuchó el clic del seguro, Leo soltó un sollozo ahogado que había estado reteniendo. Aiden se dejó caer en la silla y, sin decir una palabra, estiró la mano hacia abajo. Sus dedos se entrelazaron con el cabello de Leo.

​—Ya se fue —dijo Aiden, con la voz rota por el esfuerzo de contenerse—. Pero ahora tenemos un problema mayor, Leo.

​—¿Cuál? —preguntó Leo, saliendo con cuidado de su escondite, con las mejillas encendidas.

​Aiden lo miró con una intensidad feroz.

—Él tiene razón en algo. Mi aroma es agresivo porque mi Alfa está reclamando este espacio. Y ahora que te he escondido... ahora que te he protegido... mi instinto ya no te ve como un empleado.

​Aiden tiró suavemente del brazo de Leo, obligándolo a sentarse en su regazo.

—Te ve como mío.




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