Bajo su Fragancia

Capítulo 4: La Jaula de Oro

Leo se puso en pie de un salto, con el corazón martilleando contra sus costillas. El contacto con el regazo de Aiden había sido la chispa final; su cuerpo estaba ardiendo y la oficina empezaba a darle vueltas.

​—No... no puedo hacer esto —jadeó Leo, retrocediendo hacia la puerta con pasos erráticos—. Esto es un error. Soy un empleado de archivos, señor Volkov. Usted es... usted es todo esto. Si alguien se entera, mi reputación se acabará. Necesito el seguro médico para mi hermana, no puedo permitirme un escándalo.

​Aiden se levantó lentamente, rodeando el escritorio con la elegancia de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir.

​—Leo, detente. Estás en mitad de un colapso —advirtió Aiden, pero su voz ya no era de preocupación, sino de posesión.

​—¡Renuncio! —exclamó Leo, alcanzando el pomo de la puerta—. Considere esto mi dimisión inmediata. Mañana enviaré los papeles por correo. Gracias por... por no dejar que Vane me viera.

​Leo tiró del pomo, pero la puerta no cedió. Estaba bloqueada electrónicamente desde el escritorio de Aiden.

​—No vas a renunciar —dijo Aiden con una calma gélida, sacando su teléfono personal—. De hecho, acabo de entrar en el sistema de Recursos Humanos mientras hablabas. Tu expediente ha sido marcado con una cláusula de exclusividad de alto nivel.

​Leo palideció. —¿Qué significa eso?

​—Significa que, técnicamente, has sido "ascendido" a mi asistente personal de confianza. Nadie en esta ciudad te contratará si intentas irte, porque legalmente sigues vinculado a mi contrato —Aiden dejó el teléfono sobre la mesa y se acercó a Leo hasta que el pecho del Omega rozó el suyo—. No te vas a ir a ningún lado donde yo no pueda vigilarte. Especialmente no en ese estado.

​Un gemido involuntario escapó de los labios de Leo. El calor de su pre-celo finalmente rompió todas sus defensas. Sus piernas fallaron y cayó de rodillas, jadeando. El aroma a vainilla se volvió tan potente que era casi embriagador, llenando cada rincón de la oficina.

​Aiden se dejó caer de rodillas frente a él. La lucha interna del Alfa era evidente en la tensión de su mandíbula. Quería reclamarlo, quería morder ese cuello pálido y marcarlo como suyo para siempre, pero Leo estaba llorando silenciosamente.

​—Por favor... —susurró Leo, agarrando la camisa de Aiden con manos temblorosas—. Duele. Ayúdeme.

​Aiden cerró los ojos un segundo, inhalando el aroma que lo estaba volviendo loco. El profesionalismo había muerto en el momento en que cerró la puerta.

​—Te advertí que mi instinto te veía como mío, Leo —dijo Aiden, pasando su nariz por el cuello del chico, justo sobre la glándula que latía con fuerza—. Si hago esto, si te ayudo a pasar el celo, ya no habrá vuelta atrás. No serás un empleado. Serás mi omega.

​Leo, perdido en la bruma de las hormonas y la necesidad de alivio, solo pudo asentir, buscando el calor del Alfa. Aiden no esperó más. Lo cargó en brazos y lo llevó hacia la habitación de descanso privada que tenía tras una pared falsa de la oficina, un lugar donde nadie, ni siquiera Vane, podría escucharlos.




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