Bajo su Fragancia

Capítulo 8: El Despertar del Reclamo

La luz del sol se filtraba tímidamente a través de los ventanales del penthouse, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire. Leo despertó lentamente, sintiendo una pesadez en el cuerpo que nunca antes había experimentado. Era como si sus extremidades estuvieran hechas de plomo, pero envueltas en una calidez extraña y reconfortante.

​Al intentar moverse para estirarse, un gemido de frustración escapó de sus labios. Sus piernas no respondían; estaban entumecidas, y un eco de agujetas recorría cada músculo de su cadera y espalda.

​—¿Intentas escapar de nuevo, pequeño omega?

​La voz de Aiden sonó profunda y divertida desde el umbral de la puerta. Estaba apoyado en el marco, vistiendo solo unos pantalones de lino blanco, con una taza de café humeante en la mano y una expresión de absoluta satisfacción.

​—Aiden... no puedo... —Leo intentó incorporarse, apoyando los codos en el colchón, pero sus brazos temblaron y volvió a caer sobre las almohadas—. No siento las piernas. ¿Qué me hiciste?

​Aiden soltó una carcajada baja y vibrante, un sonido raro en él que denotaba una felicidad genuina y algo posesiva. Caminó hacia la cama y se sentó en el borde, dejando la taza en la mesa de noche.

​—Te marqué, Leo —respondió Aiden, estirando una mano para apartar el cabello de la frente de Leo—. El vínculo de un Alfa dominante es físicamente agotador la primera vez. Tu cuerpo está procesando mis feromonas. Básicamente, tu sistema ha decidido que no necesitas ir a ninguna parte que no sea mis brazos.

​Leo se sonrojó hasta la raíz del cabello, sintiendo el latido del vínculo en su cuello. —Pero tengo que... tengo que ir al baño, o a ver a Chloe... —intentó levantarse de nuevo, logrando apenas sentarse antes de que un mareo lo hiciera tambalear.

​Aiden volvió a reír, esta vez de forma más suave, y lo sostuvo por la cintura para que no cayera.

​—No vas a ir a ningún lado hoy, Leo. He cancelado todas mis reuniones y he bloqueado el acceso a esta habitación. Te advertí que si me elegías, no habría más escapatorias.

​Aiden lo levantó sin esfuerzo, como si Leo no pesara nada, y lo acomodó contra su pecho. Leo ocultó su rostro en el cuello del Alfa, inhalando el aroma que ahora era parte de su propia identidad.

​—Eres un tirano —murmuró Leo, aunque sus manos se aferraban con fuerza a los hombros de Aiden.

​—Soy tu tirano —corrigió Aiden, besando la marca fresca en el cuello de su omega—. Y a partir de hoy, el mundo entero lo sabe. Descansa, Leo. Mañana, si te portas bien, quizás te deje caminar hasta la sala. Pero hoy... hoy te quedas exactamente donde perteneces: conmigo.

​Leo cerró los ojos, rindiéndose finalmente a la protección y al amor obsesivo de Aiden. Ya no había miedo, solo la seguridad de saber que, aunque no pudiera caminar, siempre habría un Alfa poderoso dispuesto a cargarlo.




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