A la mañana siguiente, Leo se sentía mucho mejor. La pesadez en sus piernas había desaparecido, dejando en su lugar una energía eléctrica gracias al vínculo reforzado. Aiden todavía dormía profundamente, algo inusual en el disciplinado CEO, pero el esfuerzo de marcar a su Omega lo había dejado exhausto.
Leo, sintiéndose travieso, decidió que era hora de una pequeña venganza por haberlo dejado "inválido" el día anterior.
Con sigilo, fue al baño y tomó la crema de afeitar y un poco de colorante alimentario rosa que había en la cocina para repostería. Con mano experta, decoró la cara del imponente Aiden Volkov con nubes rosas mientras este roncaba levemente. Para rematar, le escondió todas las corbatas y cambió el tono de alarma de su teléfono por una canción infantil de ritmo frenético.
Luego, Leo corrió a esconderse.
Diez minutos después, un rugido que hizo vibrar las paredes de cristal del penthouse resonó por todo el lugar.
—¡LEO!
Leo, escondido dentro del enorme armario de cedro de la suite (que era prácticamente una habitación pequeña), se tapó la boca con las manos para no soltar una carcajada. Escuchó los pasos pesados y decididos de Aiden acercándose.
—Sé que estás aquí, pequeño —la voz de Aiden ya no sonaba enfadada, sino peligrosamente divertida. Era la voz de un cazador que disfruta la persecución—. ¿Crees que puedes marcar mi cara de rosa y esconder mis corbatas el día de la junta de accionistas sin consecuencias?
Leo se encogió más entre los trajes de diseñador de Aiden. El aroma del Alfa empezó a filtrarse por las rendijas de la puerta del armario, volviéndose denso y exigente.
—Huelo tu miedo, Leo... y huelo tu diversión —dijo Aiden, su voz justo detrás de la puerta—. Cuando te encuentre, y créeme que lo haré en los próximos diez segundos, no vas a poder sentarte a desayunar.
De repente, la puerta del armario se abrió de golpe. Aiden estaba allí, todavía con restos de espuma rosa en la oreja y una mirada que prometía un "castigo" legendario.
—Te encontré —dijo Aiden con una sonrisa depredadora.
—¡Fue una broma! —gritó Leo, intentando escabullirse por debajo del brazo del Alfa, pero Aiden fue más rápido. Lo atrapó por la cintura y lo lanzó sobre su hombro como un saco de patatas.
—Las bromas tienen un precio en esta casa, Omega —Aiden le dio una nalgada juguetona mientras caminaba de regreso a la cama—. Dijiste que ayer no podías caminar, ¿verdad? Pues hoy me voy a asegurar de que esa afirmación sea una realidad absoluta para el resto de la semana.
—¡Aiden, no! ¡Tengo cosas que hacer! —reía Leo, pataleando levemente.
—Lo único que tienes que hacer es aprender quién manda aquí —sentenció Aiden, dejándolo caer sobre las sábanas y atrapándolo bajo su cuerpo—. El CEO está fuera de servicio hoy. El Alfa tiene asuntos pendientes con su Omega.
Editado: 22.01.2026