La atmósfera en la cocina estaba cargada de una tensión casi eléctrica. El mármol frío de la encimera bajo los muslos de Leo contrastaba violentamente con el calor abrasador de las manos de Aiden, que ahora subían desde su cintura hasta su pecho, desatando el nudo de la bata de seda con una lentitud tortuosa.
—Aiden... —jadeó Leo, echando la cabeza hacia atrás. Sus dedos se enredaron en el cabello oscuro del Alfa, buscando un ancla—. Se supone que tienes que ir a la oficina...
—La oficina puede esperar. El CEO es el dueño del tiempo, pero mi instinto es el dueño de este momento —respondió Aiden, su voz era un gruñido bajo que vibró contra la piel de Leo—. Me desafiaste frente al espejo, te burlaste de mi autoridad con esa espuma rosa... y luego intentaste esconderte.
Aiden se inclinó, presionando su cuerpo contra el de Leo, obligándolo a recostarse sobre la superficie de piedra. Leo sintió la vulnerabilidad de estar expuesto en ese espacio tan abierto y lujoso, con los grandes ventanales del penthouse mostrando el cielo de la ciudad como único testigo.
—El castigo de un Omega desobediente es recordar quién lo provee y quién lo protege —susurró Aiden al oído de Leo, antes de morder suavemente el lóbulo de su oreja—. No voy a ser gentil, Leo. Quiero que mañana, cuando intentes caminar hacia el baño, sientas mi marca en cada fibra de tus músculos. Quiero que cada paso te recuerde a quién perteneces.
Aiden comenzó a dejar un rastro de besos posesivos y marcas superficiales por toda la clavícula de Leo, bajando hacia su pecho. No eran marcas de unión, sino recordatorios temporales de su dominio. Leo soltó un sollozo ahogado, no de dolor, sino de una abrumadora necesidad. El aura del Alfa lo envolvía de tal manera que el resto del mundo —su pasado, sus miedos, su hermana Chloe— desapareció por completo.
—Dime qué eres, Leo —exigió Aiden, separándose apenas unos centímetros para obligarlo a mirarlo a los ojos. Sus iris dorados brillaban con una intensidad casi sobrenatural.
—Soy... soy tuyo —logró decir Leo, con la respiración entrecortada y los ojos nublados por el deseo—. Soy tu omega, Aiden. Por favor... no te detengas.
Aiden sonrió de esa forma oscura que siempre hacía que Leo se estremeciera.
—Nunca me detengo cuando se trata de reclamar lo mío.
El castigo continuó durante horas. El sol subió en el cielo y empezó a iluminar cada rincón de la cocina, pero para ellos dos, el tiempo se había detenido. Aiden cumplió su promesa: fue exigente, posesivo y no le dio ni un segundo de tregua a Leo.
Cuando finalmente terminó y Aiden cargó a un Leo completamente exhausto y tembloroso de regreso al dormitorio, el Omega apenas podía mantener los ojos abiertos.
—¿Satisfecho? —susurró Leo con las pocas fuerzas que le quedaban, mientras Aiden lo arropaba con las sábanas de seda.
Aiden se inclinó y le dio un beso suave en la frente, un gesto de ternura que contrastaba con la intensidad de los momentos anteriores.
—Por ahora. Pero recuerda, Leo... si mañana encuentro más espuma rosa, el castigo será en el salón frente a los ventanales.
Leo soltó una risita débil antes de quedarse profundamente dormido, sabiendo que, aunque Aiden era un "tirano" posesivo, nunca se había sentido tan amado y seguro en su vida.
Editado: 22.01.2026