Aiden no se conformó con el castigo en el mármol. Para él, Leo era un tesoro que debía llevar su firma en todo momento, incluso en el lugar donde todo comenzó: la sede de Volkov Industries.
A las diez de la mañana, las puertas doradas del ascensor privado se abrieron en el piso 50. Aiden salió con su habitual zancada poderosa, luciendo un traje gris marengo impecable. Pero esta vez, no caminaba solo. A su lado, Leo intentaba mantener el paso, vistiendo un traje entallado que Aiden había elegido personalmente.
Leo caminaba con una clara y vergonzosa cojera. Cada paso que daba parecía requerir un esfuerzo monumental; sus piernas, aún débiles por la sesión del día anterior, temblaban bajo el pantalón de tela fina. Pero el verdadero problema no era el cansancio físico.
Dentro de él, un pequeño dispositivo de silicona vibraba con una intensidad constante, un recordatorio silencioso y persistente de que Aiden tenía el control remoto en el bolsillo de su chaqueta.
—Señor Volkov... por favor... —susurró Leo, deteniéndose un segundo para apoyarse en una pared cuando la vibración aumentó de nivel de repente—. No puedo... todos me están mirando.
Aiden se detuvo y se giró hacia él. Con una calma exasperante, ajustó la corbata de Leo, acercándose lo suficiente para que el aroma a cedro inundara los sentidos del Omega.
—Te están mirando porque eres el asistente personal del CEO —dijo Aiden con una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos—. Y si caminas así, es porque ayer fuiste un Omega muy desobediente. Considéralo una lección de disciplina... y de resistencia.
Caminaron por el pasillo principal. Los empleados de archivos, los antiguos compañeros de Leo, se quedaban boquiabiertos. Leo, el chico tímido del sótano, ahora llevaba una marca de unión visible en el cuello y caminaba al lado del hombre más temido de la ciudad.
—¡Leo! —llamó su antigua jefa, acercándose con unos papeles—. Qué bueno que estás aquí, necesito que revises esto...
Leo intentó responder, pero en ese preciso momento, Aiden deslizó el dedo sobre el control en su bolsillo, subiendo la intensidad al máximo. Leo soltó un jadeo ahogado y sus rodillas cedieron, obligándolo a sostenerse con fuerza del brazo de Aiden para no caer al suelo.
—Mi asistente no está disponible para tareas menores hoy —intervino Aiden, su voz de Alfa haciendo que la mujer retrocediera un paso por instinto—. Tiene una agenda muy... agitada en mi oficina privada.
Aiden prácticamente arrastró a un Leo tembloroso y sonrojado hasta su despacho y cerró la puerta con llave. Una vez dentro, Leo se desplomó contra la madera de la puerta, jadeando.
—Aiden... apágalo... me voy a volver loco —suplicó Leo, con las lágrimas asomando en sus ojos.
Aiden se acercó, atrapándolo contra la puerta. Sacó el pequeño control y lo mostró frente a la cara de Leo, pero no lo apagó.
—Esta es la realidad de ser mío, Leo —susurró Aiden, rozando con su nariz la glándula de aroma de Leo, que estaba disparada—. En esta oficina, todos creen que soy el jefe, pero tú eres el único que sabe exactamente cuánto poder tengo sobre ti. Ahora, siéntate en ese escritorio frente al mío. Tienes que redactar tres informes... y si te escucho soltar un solo gemido mientras lo haces, subiré la potencia otra vez.
Leo tragó saliva, mirando su silla con terror y deseo a la vez. Sabía que iba a ser el día de trabajo más largo y difícil de su vida.
Editado: 22.01.2026