Bajo su mando

El error imperdonable

CAPÍTULO 1 — El error imperdonable

Valeria Cruz llegó tarde.

No por irresponsable, sino porque el autobús decidió morir a mitad del trayecto, el café se le volcó encima y la ciudad parecía conspirar contra ella justo el día de su entrevista más importante.

Blackwell Corp.

El edificio se alzaba frente a ella como una declaración de poder: vidrio, acero, líneas limpias y frías. Nada allí parecía diseñado para gente común. Mucho menos para alguien que había tenido que correr tres cuadras con tacones prestados.

Respiró hondo antes de cruzar la puerta giratoria.

—Todo va a salir bien —se murmuró—. No es la primera vez que sobrevives a un desastre.

Además tenía buenas recomendaciones, ella había estudiando en el MIT, estaba capacitada para ese puesto, además su amiga Lucia le había dicho que se veía espectacular, como para arrasar con media ciudad, solo que esperaba que fuera en el buen sentido, de otra manera ella arrasaría con media ciudad, pero al estilo de King Kong.

El lobby estaba lleno de gente elegante, segura, impecable. Valeria ajustó el blazer y caminó hacia el mostrador de recepción… cuando chocó con algo sólido.

O alguien.

—¡¿No miras por dónde caminas?! —soltó sin pensar.

El impacto fue seco. Papeles volaron. Un portafolio cayó al suelo con un golpe sordo.

Valeria alzó la vista, lista para disculparse a medias, cuando se encontró con un hombre alto, traje oscuro perfectamente planchado, expresión pétrea y una mirada tan fría que parecía evaluar su valor en segundos.

—Podría preguntarte lo mismo —respondió él, con una voz grave y controlada—. Esto no es una calle del barrio

Ella parpadeó, sorprendida por el tono. Pero no se dejaría intimidar, nunca lo había hecho y menos con un idiota con aires elevados.

—Y esto no es un campo minado —replicó, cruzándose de brazos—. Relájate, solo fue un choque.

El hombre la observó como si acabara de decir algo profundamente ofensivo.

Valeria se agachó para recoger los papeles que habían caído y se los tendió sin mucho cuidado.

—Toma. Y deberías sonreír un poco, ¿sabes? No todos aquí tienen la vida resuelta como tú.

Silencio.

Un silencio incómodo, pesado.

Él tomó los documentos con lentitud.

—¿Siempre hablas así con desconocidos?

—¿Siempre tratas a la gente como si te debiera algo?

Sus miradas chocaron.

Valeria notó entonces los detalles: el reloj carísimo, los zapatos lustrados, la postura impecable. Pensó que probablemente era algún ejecutivo con complejo de dios.

—Mira —añadió ella—, si vas a perder el tiempo enojándote por accidentes, te recomiendo trabajar en otra cosa. Esto parece… estresante.

Él apretó la mandíbula.

—No tienes idea de con quién estás hablando.

Ella soltó una risa breve, incrédula.

Quizás por los nervios de la entrevista, o simplemente porque la extraña actitud de ese tipo le generaba cierta gracia. De igual forma, eso la tenía sin cuidado.

—Y tú no tienes idea de lo poco que me importa.

Eso fue el golpe final.

Los ojos del hombre se oscurecieron.

La escaneó de tal manera que podía sacar una copia exacta de Valeria, pero sus intenciones eran otras, esa mujer había cruzado la línea y eso no tenía perdón.

—Espero que no trabajes aquí —dijo con voz peligrosa.

Valeria sonrió, ladeando la cabeza.

—Qué alivio, porque yo sí espero hacerlo.

Dio media vuelta y se alejó, sin notar cómo él la seguía con la mirada, inmóvil, como si acabara de grabar su rostro en la memoria.

Sebastián Blackwell no estaba acostumbrado a que le hablaran así.

Nunca.

Sus manos estaban hechas puños, su rostro en una mueca tensa, y el corazón latiendo rápido, ella sabría pronto quién era él y disfrutaría cada segundo de su sufrimiento. Si algo detestaba Sebastian, era alguien imprudente y más una mujer que no sabía quién era él y que había osado decirle que sonriera.

Sintió algo extraño, una mezcla de furia y… interés.

—Interesante —murmuró—. Muy interesante.

Valeria llegó a la sala de entrevistas con el corazón acelerado, pero la cabeza en alto. Respondió preguntas, defendió ideas, no bajó la mirada ni una sola vez.

Cuando terminó, la asistente sonrió.

—El señor Blackwell la verá ahora.

Valeria frunció el ceño.

—¿Blackwell?

El propio jefe en persona, el jefe millonario dueño de media ciudad, por no decir de toda. ¿Él haría una entrevista final? Eso era interesante y aterrador al mismo tiempo, pero Valeria estaba preparada.

La puerta se abrió.

Y el mundo se le vino encima.

El mismo hombre del lobby estaba allí, de pie, apoyado contra el escritorio, mirándola con una calma inquietante.

Su traje ahora parecía aún más caro. Su presencia, más dominante.

—Toma asiento, señorita Cruz —dijo, con una sonrisa mínima—. Soy Sebastián Blackwell.

El jefe.

El dueño.

El hombre al que había tratado como un desconocido común.

Valeria sintió el impacto como un golpe directo al estómago, pero no retrocedió. No pidió disculpas. No se encogió.

Se sentó.

—Vaya —dijo con serenidad forzada—. Entonces usted es el hombre que no sonríe.

Sebastián entrelazó los dedos, divertido de una forma peligrosa.

—Y tú eres la candidata más imprudente que ha cruzado esa puerta.

La tensión podía cortarse con un cuchillo de mantequilla.

—Imprudente no —corrigió ella—. Honesta.

Él la observó en silencio durante largos segundos detallando cada acción con sus ojos profundamente negros.

—Te contrataré —dijo finalmente—. Pero no creas que eso significa que me agradas.

Valeria alzó una ceja.

—Qué pena. Yo estaba a punto de invitarle un café.

Sebastián sonrió por primera vez.

No era una sonrisa amable.

Era una promesa.

—Desde hoy, Valeria Cruz —dijo con voz baja—, estarás bajo mi supervisión directa. Y te aseguro algo…




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