CAPÍTULO 2 —
Manual de supervivencia
Sebastián Blackwell no volvió a mirarla después de anunciar su contratación.
Como si ya hubiera cumplido su objetivo.
—Daniel —llamó, sin apartar la vista de su computadora.
Un hombre joven, de sonrisa fácil y lentes rectangulares, apareció casi de inmediato.
—Encárgate de mostrarle la empresa —ordenó Sebastián—. Protocolos, áreas, lo básico.
Luego hizo una pausa mínima, cruel.
—Que esté aquí mañana a las siete en punto.
Valeria alzó la cabeza.
—¿Siete? —repitió—. La jornada empieza a las ocho, según la oferta.
Sebastián levantó lentamente la mirada hacia ella.
—Para los demás —respondió—. Puedes retirarte.
Daniel le dedicó a Valeria una mirada de lo siento y la invitó a salir con un gesto.
—Bienvenida a Blackwell Corp —dijo mientras caminaban por los pasillos—. Sobrevivir aquí es… un arte.
—¿Siempre es así? —preguntó Valeria, mirando a través de los cristales las oficinas impecables.
Daniel soltó una risa breve.
—Con él… sí. No te lo tomes personal. Se lo toma todo personal.
Le mostró salas de juntas, áreas de trabajo, la cafetería, normas internas. Todo parecía eficiente, frío y excesivamente perfecto. Justo como su jefe.
—Mañana será tu primer día oficial —dijo Daniel al final—. Intenta… llegar temprano.
—¿Más temprano que siete? —ironizó ella.
—Créeme, no querrás descubrir qué pasa si no lo haces.
Valeria salió del edificio con una sonrisa que no le cabía en la cara.
Estaba contratada.
Había conseguido el empleo.
Y aunque su jefe fuera un tirano con traje caro… lo había logrado.
Esa noche, su pequeño departamento olía a comida recién hecha y triunfo.
—¡LO SABÍA! —gritó Lucía, su mejor amiga, cuando Valeria terminó de contarle—. ¡Sabía que te iban a contratar!
Lucía la abrazó con fuerza, saltando en el lugar.
—Blackwell Corp, Val. Eso es enorme.
—Lo sé —respondió ella, riendo—. Es… perfecto.
Bueno, casi perfecto… Ella recordaba la cara sin expresión de Blackwell y la idea se le antojaba un poco sombría.
Lucía frunció el ceño.
—No pongas esa cara. Estás feliz, pero algo te preocupa.
Valeria suspiró.
—El jefe.
—¿Qué jefe?
—Sebastián Blackwell.
Lucía abrió los ojos.
—¿EL Blackwell? ¿El sujeto frío capaz de matarte con la mirada?
—Ese mismo.
—Valeria… —Lucía bajó la voz—. He escuchado cosas.
—¿Qué tipo de cosas?
—Que es imposible. Que hace llorar gente adulta. Que despide a cualquiera por mirarlo mal. Que es una patada en el trasero con piernas largas.
Valeria se encogió de hombros, tranquila.
—Entonces estamos a mano.
—¿Cómo así?
Valeria sonrió, ladeando la cabeza.
—Si él es una patada en el trasero… yo soy una en sus testículos.
Lucía estalló en carcajadas.
—Estás loca.
—Tal vez —admitió—. Pero no voy a dejar que me intimide. Puedo hacer este trabajo. Y lo voy a hacer bien.
Ella tenía determinación, no pasó su vida estudiando y capacitándose para que un cretino malcriado la hiciera torcer el brazo, si algo aprendió a lo largo de su carrera era a hacer un buen trabajo.
Esa noche se durmió con una sonrisa confiada.
La sonrisa murió a las 7:01 a.m.
—Llegas tarde.
Sebastián Blackwell estaba de pie junto a su escritorio, impecable, café en mano, mirada asesina.
Valeria miró su reloj.
—Son las siete en punto.
—Exacto —respondió él—. Y tú entraste a las siete y uno.
Ella apretó la mandíbula.
—¿Esto es una prueba?
—Esto es tu trabajo —dijo él—. Y acabas de fallar la primera regla.
—¿Cuál?
—No discutir conmigo.
Valeria respiró hondo.
—Anotado.
Sebastián le entregó una carpeta gruesa.
—Revisa estos informes. Corrígelos. Quiero un resumen antes de las diez.
—Son las siete —replicó ella—. Eso son tres horas.
—Bien. Veo que sabes contar. Expresó tajante y se dio media vuelta dejándola con un “muérete en la boca” dispuesto a querer salir en cualquier momento.
Pero Valeria sonrió, le haría tragarse sus palabras y disfrutaría al verle esa cara de cretino quedándose anodadado por al sorpresa, de que ella era más capaz de lo que él ignoraba.
Cuando volvió con el resumen, él apenas lo miró.
—Mal.
—¿Qué está mal?—cuestinó incrédula.
—Todo —respondió, dejándolo a un lado—. Hazlo otra vez.
Valeria no podía creerlo, pensaba que estaba en una pesadilla incapaz de poder despertarse, incluso quiso darse bofetadas a ver si se verdad estaba despierta.
A las once le pidió café.
A las once y cinco le dijo que estaba frío.
A las once y diez que estaba muy caliente.
—¿Algo más, señor Blackwell? —preguntó ella con falsa dulzura.
—Sí —respondió—. No pongas ese tono conmigo.
—¿Qué tono?
—Ese —dijo—. El de alguien que cree que puede conmigo.
Valeria lo miró fijamente.
—No creo que pueda con usted —dijo—. Sé que puedo hacer mi trabajo.
Él se levantó lentamente, caminó hasta quedar frente a ella.
—Aquí no basta con hacer el trabajo —susurró—. Aquí sobreviven los que aguantan.
Valeria sostuvo su mirada.
—Entonces va a odiarme —respondió—. Porque no pienso romperme.
Sebastián sonrió.
No con burla.
Con interés.
—Perfecto —dijo—. Entonces esto será… divertido.
Valeria regresó a su escritorio con el corazón acelerado, pero la espalda recta.
El terror había comenzado.
Y ella no pensaba huir.
Quizás era mala idea ser tan orgullosa, ella podía encontrar un trabajo enseguida, pero el solo hecho de pensar en renunciar y que ese idiota se saliera con la suya, se le pasaba ese pensamiento transformándose en una piedra completamente, para poder resistir el sarcasmo compulsivo de Blackwell y sus constantes regaños.
***
Editado: 08.01.2026