Bajo su mando

Fuera de lugar

CAPÍTULO 3—

Fuera de lugar

Valeria llegó a su departamento con los pies ardiendo y la cabeza hecha un nudo.

Dejó el bolso caer al suelo, se quitó los zapatos de una patada y se dejó caer en el sofá, mirando al techo como si pudiera encontrar respuestas ahí arriba.

Quería renunciar.

La idea era tentadora. Demasiado.

Mandarlo todo al demonio, escribir un correo educado pero definitivo y recuperar su paz mental.

Cerró los ojos.

No.

No lo haría.

Porque no iba a darle ese gusto a Sebastián Blackwell. No después de todo lo que había hecho para sacarla de sus casillas. No después de mirarla como si fuera un error que debía corregirse.

—Idiota —murmuró, incorporándose—. Arrogante. Insufrible.

—¿Hablando sola o invocando demonios? —preguntó Lucía desde la cocina.

Valeria suspiró.

—Insultando a ml jefe, pero creo que es lo mismo que invocar demonios.

Lucía apareció con dos vasos de agua.

—Eso explica todo. Tienes cara de querer incendiar algo.

—Quiero incendiar algo, o mejor dicho, a alguien—admitió Valeria—. También quiero renunciar, pero no voy a hacerlo.

Lucía sonrió con orgullo.

—Esa es la Valeria que conozco. Pero antes de que explotes… nos vamos.

—¿A dónde?

—Centro comercial. Ropa. Azúcar. Distracción. Vida real.

—No tengo ánimos.

—No te pregunté —replicó Lucía—. Ponte algo decente.

Así que Lucia llevó a rastras a una Valeria sin ánimos de respirar.

El centro comercial estaba lleno de luces, música y gente despreocupada. Todo lo contrario a Blackwell Corp.

Valeria respiró un poco mejor apenas cruzaron la entrada.

—¿Ves? —dijo Lucía—. Nadie aquí te juzga por respirar.

—Dame cinco minutos —respondió Valeria—. Estoy desprogramándome.

Entraron a una tienda de ropa y Lucía empezó a sacar prendas como si fuera una misión personal.

—Prueba este —le dijo, empujándole un vestido.

Valeria miró la tela.

—Lucía…

—Ni una queja. Ve.

Con poca convicción, entró al probador. Cuando salió, Lucía se quedó con la boca abierta.

—Valeria Cruz —dijo con dramatismo—. Eso debería ser ilegal.

—¿Exageras?

—Te ves de infarto. Literal. Deberían llamar a emergencias.

Valeria rió, algo que no había hecho en todo el día.

—Estás loca.

—Desfila.

—¿Qué?

—Vamos, cariño —Lucía levantó las manos como si sostuviera una cámara invisible—. Así, eso es, espectacular… dame otra pose.

Valeria negó con la cabeza, pero siguió el juego. Giró torpemente, exageró una pose, hizo una reverencia absurda.

Por primera vez en horas, se olvidó del trabajo. Se le olvidó que existía un jefe ogro que tenía demandas absurdas sobre la competencia en un empleado, por suerte ella contaba con una Lucía que siempre estaba ahí en los días grises. Pero... no todo estaba perfecto, y ultimamente la suerte de Valeria se reducía a encontrar un trébol de cuatro hojas al final de un arcoíris.

Y todo rastro de felicidad acabo en segundos cuando escuchó la voz.

—Interesante.

El mundo se detuvo.

Valeria se enderezó de inmediato, como si alguien le hubiera tirado un balde de agua fría.

Sebastián Blackwell estaba ahí. Apoyado contra una columna, traje impecable, mirada evaluadora…

juzgándola como si estuviera en una sala de juntas y no en una tienda.

La sonrisa torcida en sus labios fue lo peor.

La dignidad de Valeria cayó por el suelo.

Pero no se agachó a recogerla.

Alzó la barbilla.

—¿Ahora también va a acosarme fuera del horario laboral? —preguntó con frialdad.

Sebastián ladeó la cabeza, divertido.

—Solo estaba observando —respondió—. No sabía que el su talento se extendía a… esto.

Su mirada recorrió el vestido sin pudor. Ella se sintió... ¿nerviosa? ¿Por qué? No debería estarlo, pero esa mirada se Sebastián, era nueva.

—La veré mañana —añadió—. En la empresa.

Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se marchó.

Valeria lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre la gente.

—No lo soporto —resopló ella—. De verdad no lo soporto.

Lucia lo observó marcharse y alzó levemente las cejas pensativa.

—¿Bueno, es un idiota? Absolutamente, pero… —admitió—, es guapo. Muy guapo.

Valeria hizo una mueca.

—He conocido hombres guapos que no son un dolor en el trasero.

Lucía sonrió con picardía.

—Este te va a dar guerra.

Valeria respiró hondo.

—Que lo intente.

Porque mañana volvería a esa empresa.

Y no iba a bajar la cabeza.

No por él.

Nunca por él.

***

Valeria llegó a Blackwell Corp con la misma determinación con la que uno entra a una batalla perdida.

Tacones firmes. Espalda recta. Rostro neutro.

Por dentro, todavía llevaba el eco de la noche anterior. La tienda. El vestido. La mirada de Sebastián Blackwell evaluándola como si ella fuera un objeto fuera de lugar.

No importa, se dijo. Aquí manda el trabajo.

El ascensor subió en silencio. Las puertas se abrieron.

—Señorita Cruz.

La voz la alcanzó antes de que pudiera sentarse.

Sebastián estaba de pie junto a su oficina, traje oscuro, expresión impecable. Demasiado calmado.

Eso nunca era buena señal.

—Sí, señor Blackwell.

—Mi oficina. Ahora.

No levantó la voz. No hizo un gesto brusco.

Eso lo hizo peor.

Valeria entró.

Él cerró la puerta.

—¿Sabe por qué está aquí? —preguntó.

—Imagino que para decirme que hice algo mal —respondió ella—. Como siempre.

Sebastián se giró lentamente.

—Ayer salió antes que yo.

Valeria parpadeó.

—Mi horario—

—Su horario lo decido yo —la cortó—. Mientras esté bajo mi mando, se va cuando yo diga.

—Trabajé más de diez horas —replicó—. Entregué todo lo que pidió.

—No pedí su opinión —dijo él—. Pedí obediencia.

El silencio se volvió afilado.




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