Bajo su mando

El límite

CAPÍTULO 4— El límite

—Ve a almorzar.

Valeria levantó la vista, incrédula.

Daniel estaba de pie junto a su escritorio, con dos cafés en la mano y una sonrisa que no parecía pertenecer a ese piso del edificio.

—No puedo —respondió ella—. Tengo que terminar esto.

Daniel miró el reloj.

—Tienes derecho a tu lunch —dijo con firmeza—. Aunque Blackwell te haya dejado medio planeta de trabajo.

Valeria dudó. Miró la pantalla, luego el reloj... y suspiró.

—Cinco minutos —cedió—. Si me mata, diré que fue tu culpa.

—Asumo el riesgo —respondió Daniel, ya caminando.

La cafetería de Blackwell Corp era elegante, silenciosa y demasiado pulcra. Valeria se dejó caer en la silla como si el cuerpo le pesara el doble.

—Está intentando que renuncie —dijo de golpe.

Daniel no fingió sorpresa.

—Siempre lo hace.

—¿Siempre?

—Muchas asistentes no duran ni tres días.

Valeria alzó las cejas.

—Entonces soy especial —dijo con ironía—. Cuarto día. Supongo que ya rompí un récord.

Daniel rió.

—Te sorprendería lo poco que dura la gente con él.

—Es insufrible —murmuró Valeria, bebiendo su jugo—. Frío, cruel, arrogante... parece que disfruta aplastar a los demás.

Daniel bajó la voz.

—Muchas han intentado otra estrategia.

—¿Otra?

—Sí —dijo, incómodo—. Coquetear. Conquistarlo. Pensaron que así tendrían ventaja.

Valeria soltó una risa breve.

—¿Y?

—Las repudia —respondió Daniel—. Literalmente. Salen despavoridas.

Valeria sonrió con ironía.

—Bueno... quizás sea gay.

Bebió otro sorbo.

Daniel se quedó rígido.

—Valeria...

—¿Qué?

Daniel no respondió. Solo miró detrás de ella.

Valeria sintió el frío recorrerle la espalda.

Giró lentamente.

Sebastián Blackwell estaba ahí.

De pie. Silencioso. Expresión ilegible.

Había escuchado todo.

—Regrese a su puesto —dijo finalmente, con voz neutra.

Nada más.

No reproche.

No burla.

No amenaza.

Eso fue peor.

Valeria se levantó de inmediato, con el pulso acelerado.

—Con permiso.

Caminó de regreso a su escritorio esperando el estallido.

Nunca llegó.

Durante toda la tarde, Sebastián no la llamó. No la corrigió. No la miró.

El silencio fue tortura.

Cuando ya guardaba sus cosas, agotada, la voz cayó como una sentencia:

—Señorita Cruz.

Valeria se giró.

—Necesito que termine el informe Atlas —dijo Sebastián—. Debe estar listo mañana a las siete.

—¿Mañana? —repitió ella—. Es casi de noche.

—Exacto.

—Tengo que ir a casa —dijo—. Descansar. Como todos los demás.

Sebastián la miró con frialdad.

—No tiene permiso.

Tomó su abrigo y salió de la oficina.

Valeria se quedó sola.

Otra vez.

La noche fue interminable.

Café frío.

Ojos ardiendo.

Espalda rígida.

A las tres de la mañana ya no pensaba con claridad. A las cinco, apenas mantenía los ojos abiertos.

Cuando el sol empezó a filtrarse por los ventanales, Valeria apoyó la cabeza sobre el escritorio solo un segundo.

Solo uno.

—Este no es un lugar para dormir.

Valeria dio un respingo, sobresaltada.

Sebastián estaba frente a ella.

—Ya está el informe —dijo, con la voz ronca—. Tal como pidió.

Le tendió la carpeta.

Sebastián la abrió. Miró dos páginas. Cerró.

—Está mal.

Algo se rompió.

—No —dijo ella—. No está mal.

—Sí lo está.

Valeria se puso de pie.

—Trabajé toda la noche. No dormí. Hice exactamente lo que pidió.

—Eso no cambia nada.

—¡Sí cambia! —explotó—. Porque esto ya no es trabajo. Es abuso.

Sebastián frunció el ceño.

—Mida su tono.

—¡No! —golpeó el escritorio—. Usted quiere que renuncie porque lo humillé el primer día. Porque no soporta que no le tenga miedo.

—No sabe de lo que habla.

—¡Claro que sí! —continuó—. Disfruta tener poder. Disfruta aplastar. Pero conmigo no le va a funcionar.

El silencio cayó pesado.

—No soy una de esas mujeres que se van llorando —dijo, con los ojos brillantes—. No me voy a romper para que usted se sienta mejor.

Sebastián la observó.

Largo. Intenso.

—Puede retirarse —dijo finalmente.

—¿Despedida?

—No —respondió—. Aún no.

Valeria tomó su bolso.

—Entonces escúcheme bien, señor Blackwell —dijo antes de salir—. Puede hacerme la vida imposible... pero no va a vencerme.

Cerró la puerta con firmeza.

Sebastián se quedó solo en la oficina.

Por primera vez en años...

No se sentía victorioso.

Se sentía descolocado.

***

Valeria entró al departamento como zombie de the walking dead, ya no sabía que era realidad y que era parte de su imaginación, los párpados le pesaban mucho. Su espalda le dolía, las piernas no se diga. Se estaba agotando del juego de Blackwell, ese acoso constante y el hostigamiento para que ella renunciara… Rayos, de verdad la odiaba y quería que se fuera, pero no se atrevía a echarla porque su estúpido orgullo de siempre querer tener la razón, se lo impedían. Y ella por supuesto que no iba a dar su brazo a torcer.

Lucia salió de su habitación y miró a Valeria, parpadeó.

Una

Dos veces.

—Donde rayos estabas, casi te busco en la funeraria —soltó cruzando los brazos.

—En Blackwell corp —contestó cubriendo un bostezo.

—¿¡Qué!? O sea tú dormiste allá o qué —inquirió y ella afirmó con su cabeza—. ¿Ese idiota te hizo quedar toda la noche? —Valeria volvió a afirmar quedándose dormida de pie.

—Sí, me dijo que debía terminar un informe, pasé la noche trabajando en eso y hasta ahora terminé —confesó ella entre otro bostezo y Lucía puso cara de asesina en serie.

—Que mal nacido, ojalá y se ahogue con un pedazo de su ego ese idiota —soltó ella haciendo una mueca de rabia.




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