CAPÍTULO 5— Una sola cama (y demasiada paciencia)
Valeria seguía mirando la cama como si fuera una amenaza directa a su estabilidad mental.
Grande.
Blanca.
Demasiado cerca de su jefe.
—Puede dejar de mirarla como si fuera a atacarla —dijo Sebastián mientras se quitaba el saco—. No muerde.
—No estoy preocupada por la cama —replicó ella—, sino por con quién tengo que compartir el aire.
Él soltó una risa seca.
—Créame, el sentimiento es mutuo.
Sebastián dejó el saco sobre una silla y aflojó el nudo de su corbata con movimientos precisos, casi irritantemente elegantes. Valeria desvió la mirada de inmediato. No iba a darle ese gusto.
—Dormirá del lado izquierdo —ordenó—. Yo del derecho. Punto.
—¿Y si no quiero dormir ahí?
—Entonces duerma en el piso. Será mejor para mí, pero no quiero que diga que la obligue a dormir en el piso, hará parecer que soy un insensible.
Ella rió con ironía.
—Pensé que no le importaba que pensaran que usted es un tirano—soltó sin tapujos. Él se encogió de hombros.
—No me importa.
Valeria apretó los labios.
—Es usted un encanto.
—Lo sé. Por eso me pagan tanto.
Se giró hacia ella, evaluándola como si fuera un expediente más.
—Reglas —dijo—. No toque mis cosas. No haga ruido innecesario. No intente conversaciones incómodas. Y por el amor de Dios, no ronque.
—No ronco —mintió.
—En el avión lo hizo.
—Eso fue un… incidente aislado.
Sebastián alzó una ceja.
—Si vuelve a apoyarse en mí mientras duerme, la empujo.
—Tranquilo —bufó ella—. No es precisamente mi fantasía.
—Me alegra que estemos de acuerdo.
El silencio se instaló entre ambos mientras Valeria dejaba su bolso en una esquina y se dirigía al baño.
—Me ducharé —avisó—. Y no, no pienso pedir permiso.
—Haga lo que quiera —respondió él—. Ya estoy resignado a su falta de profesionalismo.
Valeria cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
Dentro del baño, se apoyó en el lavabo y respiró hondo.
Respira. No lo mates. Todavía.
Cuando salió, envuelta en una toalla y con el cabello húmedo, Sebastián estaba revisando su laptop desde el sillón.
—Puede usar la cama —dijo sin mirarla—. No tengo prisa por dormir.
—Gracias… supongo.
—No es cortesía. Es eficiencia. Necesito terminar unos correos sin su constante caminar de un lado a otro.
Valeria se sentó en la cama, incómoda.
—¿Siempre es así de… desagradable?
Sebastián levantó la vista lentamente.
—¿Siempre es así de sensible?
—No soy sensible. Solo no entiendo por qué me trata como si yo hubiera cometido un crimen.
Él cerró la laptop de golpe.
—Porque me hizo quedar como un imbécil.
Valeria se tensó.
—Yo no sabía quién era usted.
“Rayos ese tipo era rencoroso con ganas”
—Eso no importa —replicó con frialdad—. Se rió de mí. Me habló como si fuera un cualquiera.
—Porque pensé que lo era.
El silencio fue afilado.
Sebastián se puso de pie, acercándose lo suficiente como para invadir su espacio.
—Nadie —dijo en voz baja— me habla así. Nadie me subestima. Y mucho menos una asistente recién llegada.
Valeria alzó la barbilla.
—Entonces écheme de la empresa.
Él sonrió. Una sonrisa peligrosa.
—No. Eso sería demasiado fácil. Prefiero que se vaya sola.
—No lo haré.
—Ya veremos.
Se dio media vuelta y apagó una de las luces.
—Duerma. Mañana tiene que estar presentable. No quiero que dé una imagen mediocre frente a mis colegas.
—Buenas noches para usted también, dictador corporativo.
—Si vuelve a insultarme —respondió él sin girarse—, le duplico el trabajo mañana.
Valeria se metió bajo las sábanas, tensa.
Pasaron minutos.
Luego, una voz en la oscuridad:
—¿Valeria?
—¿Qué?
—No me haga repetir esto mañana —dijo—. No soy paciente.
—Y yo no soy débil —susurró ella—. Mala combinación.
Sebastián no respondió.
Pero no durmió de inmediato.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien no le tenía miedo.
Y eso… lo irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
***
Valeria despertó con la sensación incómoda de no estar sola.
Abrió los ojos despacio.
Sebastián ya estaba despierto.
De pie, impecable, ajustándose los gemelos frente al espejo como si no hubiera pasado la noche compartiendo una habitación con la mujer que más parecía irritarlo en el mundo.
—¿Va a seguir mirándome o piensa levantarse? —dijo sin girarse—. Tenemos veinte minutos.
Valeria se incorporó de golpe.
—Podría avisar antes de existir tan temprano.
—El mundo no gira en torno a su comodidad —respondió—. Y menos hoy.
Ella se levantó y fue directa al baño sin decir nada más. No iba a regalarle una discusión tan temprano… aunque ganas no le faltaban.
Cuando salió, él ya estaba listo. Traje oscuro. Porte impecable. Control absoluto.
¿Guapo?
Claro que sí.
¿Dolor de cabeza para Valeria?
Absolutamente.
—Desayuno en diez —ordenó—. Y no llegue tarde.
—No soy impuntual.
—Veremos.
La conferencia era enorme. Ejecutivos, inversionistas, periodistas. Todo el ambiente olía a poder y competencia.
Valeria caminaba detrás de Sebastián, tomando notas, revisando horarios, entregando documentos. Profesional. Silenciosa. Eficiente.
Demasiado eficiente.
—Señor Blackwell —dijo un hombre de unos cuarenta años, acercándose con una sonrisa—. Un gusto verlo. Y veo que ya encontró nueva asistente.
Sebastián asintió apenas.
—Valeria Cruz.
—Encantado —dijo el hombre, mirándola de arriba abajo—. No es común ver asistentes tan jóvenes y… agradables.
Valeria respondió con una sonrisa educada.
—Gracias.
Sebastián dio un paso sutil, colocándose medio cuerpo delante de ella.
Editado: 08.01.2026