Bajo su mando

Capital de riesgo

CAPÍTULO 6—

Capital de riesgo

Valeria revisaba unos documentos cerca del salón principal cuando una sombra elegante se detuvo frente a ella.

—¿Valeria Cruz? —preguntó una voz grave y segura.

Ella levantó la vista.

El hombre frente a ella irradiaba autoridad. Traje impecable, canas distinguidas, mirada afilada de alguien acostumbrado a decidir destinos con una sola firma.

—Sí, soy yo.

—Harrison Cole —se presentó—. Inversionista.

Valeria parpadeó.

Harrison Cole.

El nombre no necesitaba presentación.

—Un gusto —dijo con profesionalismo.

—El gusto es mío —respondió él, observándola con interés genuino—. He estado siguiendo el trabajo de Blackwell Corp desde hace tiempo… pero rara vez veo asistentes tan competentes.

Valeria sonrió con cautela.

—Solo hago mi trabajo.

—Eso es lo que dicen los que lo hacen bien —replicó él—. Dígame, ¿le gustaría tomar un café en algún momento? Me agrada conversar con personas inteligentes.

Valeria dudó apenas un segundo.

—Se lo agradezco, pero estoy aquí por trabajo. No puedo socializar.

Harrison arqueó una ceja divertida.

—Esta noche hay una fiesta —dijo—. ¿Asistirá?

—Probablemente —admitió—. Si el señor Blackwell va, yo debo ir.

Él le guiñó un ojo.

—Entonces ya veremos.

Se alejó con calma, dejándola con una sensación extraña en el pecho.

—¿Ya veremos qué?

La voz de Sebastián cayó como una cuchilla.

Valeria se giró.

Él estaba rígido. Mandíbula tensa. Ojos oscuros.

—Nada —respondió ella—. Solo conversación profesional.

—Ese hombre no conversa —replicó—. Ese hombre compra.

—No puedo espantar a la gente como moscas, a diferencia de usted.

Sebastián dio un paso hacia ella.

—No olvide por qué está aquí —dijo en voz baja—. Este viaje es para trabajar. No para hacer amigos.

—Estoy trabajando.

—Está coqueteando.

Valeria abrió la boca, indignada.

—Eso es absurdo.

—Usted obedece —sentenció—. Ese es su rol.

Ella apretó los labios y asintió con rigidez.

—Entendido.

Pero algo era distinto.

El tono de Sebastián no era solo autoritario.

Era tenso. Personal.

¿Celoso?

Y eso… la desconcertó más que cualquier regaño.

***

La fiesta comenzó esa noche.

Luces suaves. Música elegante. Copas que brillaban bajo candelabros modernos.

Valeria caminaba junto a Sebastián, con un vestido elegante y favorecedor. Profesional. Impecable.

Demasiado.

Harrison Cole no tardó en aparecer.

—Valeria —saludó con una sonrisa—. Me alegra verla.

—Señor Cole.

—Sebastián —dijo Harrison, extendiendo la mano—. Buen discurso esta mañana.

Sebastián estrechó su mano con frialdad.

—Gracias.

En su rostro podía verse la seriedad de quien se chupa un limón y aguanta hacer la cara.

Harrison volvió su atención a Valeria.

—¿Ya decidió lo del café?

Antes de que ella pudiera responder, Sebastián habló:

—Mi asistente tiene una agenda llena.

Harrison sonrió, sin intimidarse.

—Qué lástima. Aunque —miró a Valeria— siempre hay espacio para una buena conversación.

Valeria sostuvo la mirada.

—Tal vez otro día.

Valeria retó a su jefe porque no estaba dispuesta a permitirle que decidiera con quien podía hablar y con quien no, eso era absurdo.

Sebastián apretó la copa con fuerza.

Cuando Harrison se alejó, Sebastián se inclinó hacia ella.

—No vuelva a sonreírle así.

—No me diga cómo sonreír.

—No pruebe mi paciencia.

—No pruebe la mía.

Se miraron. Muy cerca.

—Esto se le está yendo de las manos —murmuró ella.

—No —respondió él—. Es usted la que está jugando con fuego.

Valeria dio un paso atrás, con el corazón acelerado.

¿Celos?

Imposible. Ella debía estar imaginando eso, Sebastián Blackwell jamás estaría celoso de ella, ¿o sí?

Pero es que la forma en que la observó el resto de la noche…

no fue profesional.

Fue posesiva.

Si alguien se acercaba él parecía ser el muro de Berlín, Valeria estaba exhausta de la actitud extraña de su jefe, quizás ya había perdido la cabeza y no lo había notado, pero jamás iba a permitir que él la controlara.

Sebastián fue interceptado por uno de los inversionistas principales antes de que pudiera decir una sola palabra más.

—Blackwell —dijo el hombre—, necesito hablar con usted. Ahora.

Sebastián apretó la mandíbula, lanzó una última mirada a Valeria —una advertencia muda— y asintió.

—Un momento —le dijo a ella.

Valeria aprovechó el vacío.

—Disculpe —dijo con educación—, iré al baño.

Sebastián ya estaba siendo arrastrado a una conversación técnica, así que no respondió.

Valeria caminó por el pasillo intentando bajar la adrenalina. Se miró al espejo del baño, respiró hondo.

Solo es trabajo. Solo es una fiesta. Respira.

Cuando salió, casi chocó con alguien.

—Vaya —dijo una voz conocida—. Parece que el destino insiste.

Harrison Cole.

Valeria sonrió, inevitablemente.

—Eso parece.

—¿Interrumpo algo? —preguntó él con elegancia.

—No realmente.

Harrison la observó con calma, con interés genuino, no invasivo.

—Debo decirle algo —continuó—. Es refrescante encontrar a alguien que no se derrite frente al poder.

—Créame, no es tan glamoroso desde dentro.

Él rió suavemente.

—Me lo imagino. Blackwell no parece… fácil.

—No lo es —admitió ella—. Pero es eficiente.

—Eso no siempre justifica la falta de modales.

Valeria alzó una ceja, divertida.

—Usted es muy directo.

—A mi edad, uno aprende a no perder el tiempo.

Ella notó entonces lo atractivo que era: seguro, inteligente, tranquilo. No necesitaba imponerse.

—Le debo un café —dijo él—. Esta vez no aceptaré un no como respuesta.




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