CAPÍTULO 7—
Represalias
Valeria apenas había dormido.
No por la cama compartida.
No por el hotel.
Sino por la mirada de Sebastián la noche anterior.
Esa mirada que no gritaba órdenes…
sino pérdida de control. El comportamiento de su jefe últimamente, gritaba otra cosa, pero ella no quería si quiera pensarlo, mejor prefería optar por la opción de que se estaba volviendo loca.
Entró a la oficina improvisada del hotel con café en mano y la espalda recta. Profesional. Blindada.
Sebastián ya estaba ahí.
Impecable. Frío. Peligrosamente tranquilo.
—Llegó tarde —dijo sin mirarla.
Valeria revisó el reloj.
—Son las siete en punto.
—Para mí, eso es tarde.
Perfecto. Empezaba. Nuevamente, aunque no podía mentir que eso la calmaba, no quería confundirse más de lo que ya estaba porque había la posibilidad de que ella estuviera imaginando todo.
—Siéntese —ordenó—. Tenemos trabajo.
Durante la siguiente hora, Sebastián fue inhumano.
Correcciones absurdas.
Cambios innecesarios.
Tareas duplicadas.
Correos que debía rehacer tres veces sin explicación.
—Esto está mal —dijo, devolviéndole un informe.
Valeria respiró hondo.
—Es exactamente lo que me pidió.
—Entonces escuchó mal —respondió—. Hágalo otra vez.
—Sebastián—
—Señor Blackwell.
Ella apretó la mandíbula.
—Señor Blackwell —corrigió—. Esto no es profesional.
Él alzó la vista lentamente.
—¿Profesional como aceptar invitaciones de inversionistas?—soltó lo que llevaba guardado. Ahí estaba otra vez, esa actitud, esa cara que gritaban no solo querer reclamar que ella fuera profesional, sino que estaba pasando algo más.
El golpe fue directo.
—No mezcle las cosas.
—Yo mezclo lo que quiero —dijo con voz baja—. Especialmente cuando afecta mi empresa.
—No soy parte de su empresa fuera del horario laboral—refutó Valeria manteniendo su posición, ella no iba a permitir que él la doblegara, no había hecho nada malo y no pensaba darle la razón. Aunque él estuviera...
¿Celoso?
Sebastián se levantó.
Rodeó el escritorio.
Se detuvo frente a ella.
Demasiado cerca para su estabilidad mental, ahí en esa cercanía podía ver la intensidad de sus ojos, el fuego que ardía en ellos con fiereza que reclamaban algo más que una tonta conversación con Harrison Cole.
—Mientras yo firme su contrato, usted me representa.
—dijo—. Y no tolero distracciones.
—¿O no tolera perder control? —disparó ella.
Silencio.
Denso.
—Cuidado —advirtió él—. Está a un comentario de arrepentirse.
—¿Va a despedirme? —preguntó Valeria, firme—. ¿Por hablar con alguien?
Sebastián la miró durante largos segundos.
—No —respondió finalmente—. Eso sería darle una salida fácil.
Valeria lo entendió.
No quería que se fuera.
Quería quebrarla.
—Tiene la tarde libre —dijo de pronto—. Pero esta noche, viene conmigo a la cena privada con los inversionistas.
—¿No dijo que no debo socializar?
—Conmigo sí—dijo con una sonrisa llena satisfecha, porque claro Sebastián Blackwell era un maniático del control y el solo hecho de saber que lo tenía, le daba poder.
Valeria entrecerró los ojos.
—¿Eso es una orden o un castigo?—preguntó ya exhausta de las constantes discusiones.
—Ambos.
Ella soltó un resoplido y fue a la habitación, le pesaba el cuerpo, los músculos tensos y la cabeza le palpitaba y todavía se preguntaba cómo rayos seguía ahí con Blackwell.
“Este idiota hará que me de una aneurisma”
La cena fue un infierno elegante.
Sebastián no se separó de ella ni un segundo.
Cada vez que alguien se acercaba demasiado, él intervenía.
Cada vez que Valeria hablaba, él corregía.
Cada vez que Harrison Cole cruzaba el salón con la mirada… Sebastián se tensaba.
—Está exagerando —susurró ella en un momento.
—Estoy evitando problemas.
—Usted es el problema.
Sebastián apretó la mandíbula.
—Sonría —ordenó—. Nos están mirando.
—No soy su adorno—masculló mirando el frente para evitar encontrarse con sus ojos que últimamente, la ponían más nerviosa de lo que debería.
—Esta noche, lo es—soltó con descaro.
Eso fue demasiado.
—No vuelva a hablarme así —dijo Valeria, girándose hacia él—. No me humille en público.
—No lo hago —respondió—. La estoy protegiendo.
—¿De qué? ¿De que alguien me trate mejor que usted?
La mirada de Sebastián se oscureció.
—Cállese—habló más alto de lo que debería y algunas personas empezaron a mirarlos, Sebastián se tensó y sonrió un poco nervioso.
—No—escupió ella ardiendo con el corazón latiendo fuerte y los puños apretados profundizando la mirada.
El silencio entre ellos fue eléctrico.
—Vámonos —dijo él de pronto.
En la habitación, la puerta apenas se cerró cuando estalló todo.
—¿Disfruta provocarme? —exigió Sebastián.
—Disfruto que no me controle—añadió Valeria con una sonrisa de labios cerrados.
—Ese hombre no es buena idea.
—Eso no le incumbe.
Sebastián dio un paso adelante. De nuevo invadiendo el espacio de Valeria, y ya eso se le estaba volviendo costumbre.
—Todo lo que hace aquí me incumbe.
—No fuera de aquí.
—¡Maldita sea, Valeria! —alzò la voz—. ¿No entiende el peligro?
—¿El peligro de qué? ¿De que alguien me vea? ¿De que alguien se interese en mi?
Las palabras quedaron suspendidas.
Sebastián se quedó inmóvil.
—Usted no quiere eso —dijo él, más bajo.
—¿Y usted sí? —respondió ella—. Porque su manera de demostrarlo es horrible.
Se miraron y la tensión hacía pequeña la suite de ese hotel.
Había una línea invisible tensándose.
Sebastián dio un paso atrás.
—No vuelva a aceptar cafés —dijo con frialdad—. No vuelva a cruzar límites.
—No vuelva a tratarme como suya.
Editado: 08.01.2026