Bajo su mando

Algo que no quieren aceptar

CAPÍTULO 8—

Harrison no insistió.

—Piénselo —dijo con calma mientras el auto se detenía frente al hotel—. No me dé una respuesta ahora. Duerma. Analice todo.

Hizo una pausa, mirándola con una honestidad desarmante.

—Si me llama cuando esté en Nueva York, asumiré que acepta el trabajo. Si no… lo entenderé. Y de cualquier forma, me encantaría tomar ese café con usted. En una mejor situación. No huyendo de un jefe iracundo.

Valeria sonrió, cansada pero agradecida.

—Gracias, Señor Cole.

—Digáme Harrison y por favor. Cuídese —respondió él—. De verdad.

Entraron al hotel juntos.

Y entonces lo vio.

Sebastián estaba en el área del bar, inclinado sobre la barra, un vaso en la mano. No hablaba con nadie. Bebía. Tenso. Derrotado de una forma que Valeria nunca le había visto.

Harrison lo notó al instante.

—¿Quiere que me quede? —preguntó en voz baja.

Valeria negó con la cabeza.

—Déjeme esto a mí.

Harrison dudó, pero asintió. Se despidieron con un apretón de manos más largo de lo necesario.

Valeria avanzó.

Sebastián levantó la vista apenas… y volvió a bajarla.

—Vaya —dijo con ironía—. ¿Qué tal su cita?

Ella se detuvo a su lado.

—No fue una cita.

—Claro que no —respondió él, sin mirarla—. Solo un escape conveniente.

Valeria frunció el ceño.

—Eso fue exactamente lo que fue. Un escape.

Sebastián sonrió sin humor.

—Interesante. Al parecer usted es difícil solo conmigo. Ese tipo aparece un día… y se va con él.

Eso dolió.

Al parecer Sebastián había estudiado en la escuela de insultos y se había graduado con honores, porque era especialista en ofender a quemarropa.

—No voy a quedarme a escuchar insinuaciones ni insultos —dijo ella—. Me voy.

Se dio la vuelta.

—Valeria —la llamó él.

Ella siguió caminando.

—Valeria —repitió, más fuerte.

Nada.

Entró al ascensor. Las puertas estaban a punto de cerrarse cuando Sebastián se metió dentro.

—¿Ahora huye? —espetó.

—Ahora me protejo —respondió ella—. No todo es sobre usted.

—¿Tiene algo con él?

—No —contestó, cansada—. Y no entiendo por qué sigue mencionándolo.

El ascensor se detuvo. Salieron.

Caminaron hasta la habitación en un silencio cargado de electricidad.

La puerta se cerró.

—Ese hombre no es buena idea —dijo Sebastián de golpe.

—No es su problema.

—Usted es mi problema —escupió él—. Insoportable. Siempre empujando.

—Y usted es un cretino —respondió ella—. Cree que puede poseer todo lo que toca.

—No sea una regalada —dijo él, perdiendo el control.

Eso fue demasiado.

Valeria levantó la mano.

No llegó a tocarlo.

Sebastián la sujetó por la muñeca.

—No lo haga —advirtió.

Forcejearon un segundo. Perdieron el equilibrio.

Cayeron sobre la cama.

Sebastián quedó sobre ella.

El mundo se detuvo solo por un momento y hubo un silencio.

Él la miró a los ojos.

Valeria sintió que el corazón iba a salírsele del pecho.

Estaban demasiado cerca. Respiraciones mezcladas. Nada más.

Nada menos.

Sebastián bajó la mirada a sus labios.

Por un instante… todo pareció posible.

Valeria reaccionó.

—No —susurró.

Se escabulló como pudo, salió de debajo de él y corrió al baño.

Cerró con llave.

Apoyó la frente en la puerta.

Afuera, Sebastián no dijo nada.

No golpeó.

No gritó.

Solo se quedó allí.

Valeria no salió del baño en toda la noche.

Cuando amaneció, sabía una cosa con certeza:

Si se quedaba… algo irreparable iba a romperse.

Y si se iba… también.

—Prefiero dormir en el piso, que salir afuera con él—se dijo así misma, no esperaba que después de lo que pasó, iba a meterse en la cama al lado de Sebastián como si nada, de hecho no sabía cómo mirarlo de ahora en más, quizás podía hacer como si nada hubiera pasado, y realmente eso haría. Sí su jefe mencionaba algo al respecto, fingiría demencia.

***

A la mañana siguiente, Sebastián actuó como si la noche anterior no existiera.

“Para fortuna de Valeria”

No hubo miradas incómodas.

No hubo reproches.

No hubo tensión explícita.

—Si hice o dije algo inapropiado anoche… —dijo mientras ajustaba el reloj, sin mirarla—. No lo recuerdo bien. Todo está borroso. No debí beber tanto, así que me disculpo.

Valeria levantó la vista apenas un segundo.

—Está bien —respondió—. No pasó nada.

Mentían los dos.

Pero era mejor eso a tener que afrontar la incomodidad de que algo raro estaba sucediendo entre ellos.

Ella asintió, profesional, contenida, mientras por dentro la quemaba el recuerdo de su peso, de su mirada, de ese instante suspendido en el aire que jamás ocurrió… pero casi.

—La espero abajo—añadió, pero no en tono de orden, era mas parecido a una petición. Salió de la habitación y la dejó sola. Ella estaba sumergida en pensamientos, no podía dejar de darle vueltas esa idea en la cabeza, por más que quería sacarla, la atacaba como un dardo afilado.

***

La última conferencia fue extraña.

Sebastián no fue el ogro de siempre.

No hubo gritos.

No hubo órdenes lanzadas como cuchillos.

No hubo humillaciones públicas.

Eso, para Valeria, fue peor.

La confundía. No podía entender si él quería actuar así, o se estaba conteniendo.

Durante el almuerzo, él se sentó frente a ella y comió en silencio. No hizo comentarios. No la observó con dureza. Apenas levantó la vista del plato.

Y cuando la vio hablando con Harrison otra vez, no dijo nada.

No la interrumpió.

No la llamó.

No la fulminó con la mirada.

Pero algo ardía en su pecho.

Valeria lo notó. Si rostro lo delataba, quizás porque no podía ocultar eso que ambos sabían y que intentaban obviar por el bien de ambos.




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