CAPÍTULO 9—
El regreso a Nueva York trajo consigo algo que Valeria reconoció de inmediato.
La hostilidad.
Sebastián volvió a ser el mismo.
Frío. Cortante. Exigente hasta el límite de lo inhumano.
Y aun así, ella se sentía peor que antes.
Durante el trayecto final, apenas se hablaron.
—No llegue tarde mañana —dijo él, seco, sin mirarla mientras caminaban hacia la salida.
—No lo haré —respondió ella, igual de firme.
No hubo despedida cordial. No hubo nada más.
Valeria llegó a su apartamento con el cuerpo cansado y la cabeza hecha un nudo. Apenas cerró la puerta, Lucía apareció como una exhalación, la abrazó con fuerza y la arrastró casi hasta el sofá.
—Cuéntame todo —dijo—. ¿Qué tal el viaje con el ogro supremo?
Valeria se dejó caer, soltando un suspiro largo, agotado.
—Terrible —respondió—. Confuso. Agotador. No lo entiendo, Lucía… nada tiene sentido.
—¿Nada? —arqueó una ceja—. Eso suena grave, acaso tu jefe tiene un pasado oscuro, o tiene 50 sombras que lo persiguen... O peor aún, ¿es Batman?
—Lucía, hablo en serio—le dio un golpe en el hombro y ella soltó una risita.
—Bueno, no me culpes es que con tu jefe, todo es posible...
Valeria dudó un segundo, suspiró y luego echó la cabeza hacia atrás recostándola en el sofá.
—Tengo… una nueva propuesta de trabajo.
Lucía abrió los ojos de par en par.
—Espera, espera, espera —levantó las manos—. ¿Cómo que una propuesta de trabajo? Explícate. Con calma. Y sin saltarte detalles jugosos.
Valeria le contó todo.
Harrison.
La cena.
La oferta.
Cuando terminó, Lucía estaba prácticamente brillando.
—¿Te das cuenta de lo que eso significa? —dijo—. Es maravilloso. ¡Es tu salida perfecta! Puedes largarte de ese infierno con Blackwell antes de que te mate lentamente.
—No es tan simple…
—Sí que lo es —la interrumpió—. Renuncias, aceptas el nuevo trabajo y listo. Fin del ogro.
Valeria negó con la cabeza.
—Tengo que pensarlo.
—¿Pensar qué? —Lucía la miró como si estuviera loca—. ¿Qué más necesitas? O sea, si ves un jugoso Pay de manzana no lo piensas lo tomas y te lo tragas Valeria, así de simple.
—No quiero darle el gusto a Blackwell —dijo Valeria—. No quiero que piense que me venció.
Pero incluso mientras lo decía, supo que mentía.
Lucía suspiró.
—Eso es una tontería. No es orgullo, es necedad. Y encima —sonrió de lado— puede que tengas suerte extra.
—¿Suerte?
—Sí. Porque ese Harrison no solo quiere contratarte. Está interesado en ti.
Valeria frunció el ceño.
—No seas ridícula.
—¿Tú te has visto en un espejo? —replicó Lucía—. Hay una razón por la que medio mundo te miraba en esa conferencia. Eres sensual, hermosa, inteligente. No exagero.
Valeria se levantó.
—Quiero descansar. De verdad ya no doy para más.
—Ok, yo nada más digo que si tienes la respuesta frente a tus ojos y no quieres aceptarlo, es porque amiga estás muy ciega y de paso masoquista.
—Me iré a la cama.
—Sí, claro ve, así al menos si descansas quizás tu cerebro trabaje mejor.
Valeria se fue a su habitación antes de que Lucía pudiera seguir hablando. No quería llegar a conclusiones, menos con Blackwell rondando su cabeza como un parásito invasivo.
Pero la verdad era otra.
Estaba confundida.
Irritada.
Y peligrosamente afectada por alguien que no debía importarle.
***
A la mañana siguiente, Valeria llegó temprano, como siempre.
Sebastián ya estaba ahí.
—Necesito los informes listos antes del mediodía —ordenó sin levantar la vista—. Y revise los contratos pendientes.
El ogro había regresado. No sabía si sentirse aliviada o detestarlo más aún.
—Los tendrá —respondió ella, sin sumisión, sin bajar la mirada.
El día avanzó entre trabajo y silencios tensos. Sebastián exigía. Valeria cumplía. Ella no agachaba la cabeza. Cada respuesta era firme. Cada movimiento, preciso.
Cuando cayó la noche, Valeria sintió el estómago rugir.
Estaba exhausta. Hambrienta.
—Me voy —dijo, recogiendo sus cosas.
—No —respondió Sebastián sin mirarla.
—¿Perdón? Llevo todo el día aquí, a menos que quiera hacerme otra de sus pruebas de pasar toda la noche aquí, porque le juro que estoy a un informe más de tirarme por esa ventana—confesó exhausta.
—La llevaré a comer.
Valeria lo miró como si acabara de insultarla.
—No necesito que me lleve a ningún lado.
Sebastián frunció el ceño.
—No estoy pidiendo su opinión. Apenas ha comido en todo el día.
—Eso no es su problema.
—Lo es mientras trabaje aquí —replicó, claramente molesto—. No quiero que se desmaye sobre un informe.
Valeria apretó los labios.
—No voy.
Sebastián la miró por fin.
—Solo quiero que coma algo, Valeria. No complique las cosas.
Ese tono… no era el de siempre. Y siendo honesta con ella misma tenía hambre, estaba agotada y le dolían las piernas. Mala combinación.
Suspiró.
—Está bien.
Subieron al auto en silencio.
La guerra no había terminado.
Solo estaba tomando otra forma.
El restaurante era elegante. Demasiado tranquilo para el torbellino que Valeria llevaba dentro.
Sebastián pidió sin preguntarle. Ella lo notó, pero no dijo nada.
Otra batalla evitada… por ahora.
Comieron en silencio durante varios minutos. El tintinear de los cubiertos era el único sonido entre ellos.
—Actuaría diferente si fuera Harrison—murmuró Sebastián de pronto.
Valeria levantó la vista de inmediato.
—¿Qué dijo?—
Él se quedó rígido un segundo. Había hablado sin pensarlo. Lo supo al instante.
—Nada —respondió, volviendo a su plato—. Olvídelo.
—No —replicó ella—. Dijo algo. Repítalo.
Sebastián apretó la mandíbula.
—No es asunto suyo.
Valeria soltó una risa breve, sin humor.
Editado: 08.01.2026