CAPÍTULO 10—
Sábado, libertad y colisiones inevitables
El sábado amaneció como un regalo.
Valeria despertó tarde, sin alarma, sin la voz de Sebastián Blackwell resonándole en la cabeza. Se estiró en la cama con una sonrisa pequeña pero sincera. Por primera vez en días, se sentía… libre.
—Esto es vida —murmuró.
Lucía apareció en la puerta con dos cafés.
—Levántate. Te secuestraré oficialmente hoy.
—¿A dónde?
—A cualquier lugar donde no exista tu jefe ogro.
Valeria rió y aceptó sin pensarlo. Se merecía un escape, un descanso de todo el estrés de la semana y por supuesto al menos por un día, dejar de pensar en Sebastián.
—Siendo honesta quiero quedarme en casa…—dijo, pero antes de que Lucía abriera la boca para oponerse—.pero conociéndote bien, se que no dejarás de insistir, así que acepto.
Horas después caminaban por una zona concurrida, entre música suave, risas y gente disfrutando del fin de semana. Valeria se sentía ligera, como si por unas horas hubiera dejado atrás el peso constante que llevaba encima.
Y entonces lo vio.
—No… —susurró.
Lucía siguió su mirada y abrió los ojos.
—No, qué…—cuestionó ella viendo al hombre guapo en el perímetro.
—¿Ese es…?
—Harrison—completó Valeria con una sonrisa inconsciente.
Era como si lo hubiera invocado, él se giró y al verla sonrió con auténtica sorpresa.
—Valeria —dijo, acercándose—. Qué coincidencia tan agradable.
—Eso mismo iba a decir —respondió ella, aún incrédula.
Lucía no perdió el tiempo.
—Soy Lucía, la mejor amiga, veo que Valeria no mintió—dijo extendiendo la mano con osadía y Harrison sonrió
—Es un placer, señorita—contestó Harrison con esa calma que lo caracterizaba y a la vez robaba un suspiro de Lucía que inconsciente no pudo evitar sonreír. Ella miró a Valeria con total aprobación, como dándole el visto bueno a su elección.
—Bien, voy por bebidas antes de que esto se ponga interesante.
Y desapareció.
Valeria suspiró.
—Es experta en abandonos estratégicos.
Harrison sonrió.
—Debo admitir que me alegra que haya ocurrido.
Caminaron unos pasos juntos, hablando de cosas simples, cómodas. Con él, Valeria no sentía que debía defenderse, ni medir cada palabra.
—He estado pensando en lo que hablamos —dijo Harrison finalmente.
Ella se tensó un poco.
—Yo también… y créeme, me encantaría aceptar, pero no puedo dejar mi trabajo ahora. No soy así. No dejo las cosas a medias.
Harrison la observó con atención, como quien evalúa algo valioso.
—Eso habla muy bien de ti —dijo—. ¿Pero no tiene algo que ver con Blackwell?
—No —respondió rápido—. Tiene que ver conmigo.
Él asintió, respetuoso.
—No insistiré.
Luego, con una sonrisa tranquila:
—¿Y si este domingo vienes a dar un paseo en yate conmigo?
Valeria abrió la boca para decir no.
Pero el sí salió primero.
—Está bien.
Más tarde, Lucía desapareció oficialmente, enviándole un mensaje escueto: “Conocí a alguien. No me esperes. Sobrevive.”
Harrison acompañó a Valeria hasta su casa. En la puerta, la conversación se volvió más lenta, más cargada.
—Me alegra haberte visto hoy —dijo él.
—A mí también—respondió ella con suavidad y a la vez cargada de una paz que le agradaba sentir.
Se sonrieron. Nada más. Pero era suficiente.
Valeria giró hacia la puerta.
—Buenas noches, Harrison.
—Buenas noches, Valeria—y con esa despedida que decía mas que mil palabras, ella lo observó marcharse.
Estaba a punto de entrar cuando una voz conocida la heló.
—Vaya escena tan conmovedora.
Se giró.
Sebastián Blackwell estaba apoyado en su auto, brazos cruzados, mirada oscura.
—¿Qué hace aquí? —exigió ella.
—Eso iba a preguntarte yo.
—Esta es mi casa—contestó ella torciendo los ojos.
—Y tú estabas con él.
Espetó mientras avanzaba hacia ella.
Valeria apretó los labios. De nuevo esa actitud arrogante que ella detestaba, porque le revolvía vísceras el hecho de que él se sintiera con autoridad sobre ella.
—No es asunto suyo—escupió con evidente aspereza.
Intentó cerrar la puerta, pero Sebastián la detuvo con la mano.
—Aléjese —advirtió ella— o llamaré a la policía.
Sebastián soltó una risa irónica.
—Llámala. Aquí me quedo esperando.
—Solo aparece para complicarme la vida.
Él dio un paso hacia ella.
—Y tú haces exactamente lo mismo conmigo.
—No tengo idea de qué habla.
—Apareces. Lo desordenas todo. Y luego quieres desaparecer como si nada —dijo, con la voz baja y tensa—. ¿Tienes idea de lo frustrante que es eso?
El espacio entre ellos se cerró peligrosamente.
—Retroceda —susurró ella.
Pero Sebastián no parecía escuchar. Sus ojos estaban cargados de algo que no era solo rabia.
Celos.
Confusión.
Deseo contenido.
—No me mire así —dijo ella, con el corazón desbocado—. Estaba literalmente temblando y esta vez no era de rabia, había algo más ahí.
—Entonces deja de provocar cosas que no entiendes —respondió él, a centímetros de su rostro.
El aire entre ellos se volvió denso. El mundo afuera dejó de existir.
Y por primera vez… ninguno de los dos supo cómo dar marcha atrás, Valeria había quedado presa en esa tensión, en ese momento y sobretodo en la cercanía de Sebastian que no pensaba dar marcha atrás.
***
Horas antes.
—Ya deja de pensar en ella Sebastián... Sácala de una estúpida vez de tu cabeza—se dijo así mismo mientras se pasaba la mano por el cabello varias veces, iba de un lado a otro, no podía estar quieto en un solo sitio. Como si eso lo descolocara por completo. Era tan extraño para él y también, nuevo ese sentimiento de no tener el control por primera vez después de tanto tiempo.
Pasó de estar completamente en orden, a dar un giro de ciento ochenta grados en solo días, pero él no podía permitirse sentirse de ese modo, no él, no, Sebastián Blackwell el hombre que durante años había creado una perfecta imagen de ser un artista del control, nadie nunca podía retarlo y mucho menos llevarle la contraria, cosa que con Valeria se había vuelto un verdadero dolor de cabeza para.
Editado: 08.01.2026