CAPÍTULO 11—
—Ponte algo sexy—exigió Lucía
—No.
Valeria se miró al espejo mientras Lucía revolvía su clóset como si estuviera buscando un tesoro perdido.
—Valeria, vas a un yate. Un yate. Eso no es una biblioteca—continuó con un tono de queja
—No voy a ligar —replicó ella—. Voy a hablar. Harrison es mi amigo.
Lucía se giró con una ceja levantada.
—Eres increíblemente tonta si desaprovechas eso. El hombre es guapísimo, elegante, millonario… y sí, un poco mayor, pero eso solo lo hace más interesante.
—No quiero más problemas —dijo Valeria con firmeza—. Ya tengo suficientes.
Lucía suspiró dramáticamente.
—Algún día entenderás que no todo es sufrir por jefes ogros.
—No sufro por él—mintió descaradamente.
—Ajá, y yo voy a dejar las donas.
Valeria sabía que era algo imposible, ambas cosas y no podía fingir que si le afectaba Sebastián y más de lo que le gustaba admitir.
Minutos después, salió con un vestido sencillo, fresco, nada provocador. Cuando Harrison llegó en su auto lujoso, ella sintió una extraña mezcla de nervios y tranquilidad.
—Te ves muy bien —le dijo él al abrirle la puerta.
—Gracias.
—Cómo pasaste la noche—preguntó amablemente sin dejar de ver el camino.
—Digamos que bien.
—¿Ocurrió algo?—cuestionó ceñudo, pero ella omitió detallar lo ocurrido para no pensar en eso.
—Bueno, no exactamente. Es solo que últimamente estoy un poco estresada es todo—ocultó el hecho de Sebastián la noche anterior, ya que no quería dañar el rato solo hablando de él.
El yate era impresionante. Blanco, elegante, silencioso. El agua brillaba bajo el sol y la ciudad parecía lejana, irrelevante.
Valeria respiró hondo. Ahí se podía estar en calma si recordar el desorden que estaba pasando por su cabeza.
Por primera vez en días, no pensó en Sebastián Blackwell.
Hablaron de todo. De trabajo, de viajes, de música. Harrison la escuchaba con atención real, sin interrumpirla, sin corregirla, sin imponerse.
—Me agradas, Valeria —dijo él de pronto—. Mucho—el peso en su voz fue distinto, cargado de un matiz diferente, Valeria logró distinguirlo, pero no le molestó. De hecho no se sentía presionada.
Ella sonrió, relajada.
—A mí también me agrada estar aquí.
Harrison dudó un segundo antes de continuar.
—Dentro de tres días habrá un baile. Asistirán personas importantes. Necesito una mujer inteligente a mi lado… —la miró con una sonrisa suave—. Y, siendo honesto, también guapa. Tú cumples ambos requisitos.
Valeria sintió el calor subirle al rostro.
—¿Me estás invitando?—contestó en un tono juguetón
—Sí. De forma respetuosa—aseguró él—.pero si no quieres, está bien yo...
Ella asintió.
—Acepto.
Sin saberlo, acababa de firmar una invitación al caos.
La tarde terminó con risas suaves y una vista que parecía sacada de una postal. Lo que le dio un poco de paz al menos por ese día.
Harrison la dejó frente a su casa, la observaba con completa atención en ella, y Valeria no podía evitar sentirse halagada.
—Me encantó compartir la tarde contigo—denotó con sinceridad y una mirada llena de tantas cosas por decir, pero contenidas.
—Gracias por invitarme —respondió ella sonriendo. Él se acercó le dio un beso en la mejilla y Valeria se quedó inmóvil por un momento. Cuando se reacomodaron ella no dijo nada, pero sonrió y luego se despidió.
Entró a su departamento con una sensación extraña en el estómago. No era ansiedad. No era miedo.
Era algo nuevo.
Algo que no quería analizar demasiado.
—No —murmuró para sí—. Ya es suficiente problema uno solo.
Pero el pensamiento volvió, terco:
Acercarse a Harrison estaba despertando sentimientos que no tenían nada que ver con amistad.
Y eso…
Eso podía cambiarlo todo.
Lucía no estaba en casa así que Valeria aprovechó para irse a dormir, las malas noches y trabajos excesivos le estaban pasando factura, cuando su cuerpo todo el suave colchón se sintió como en el paraíso hasta relajarse por completo, pero un pensamiento vino como flecha y atravesó su cerebro sin avisar.
La noche anterior
Sebastián muy cerca
Esos ojos intensos
Ese porte imponente.
Estúpidamente, Valeria no había notado muchos aspectos en Sebastián que podían ser en exceso atractivos, quizás porque estaba ocupada defendiéndose de ese ogro, pero la nariz en punta recta y perfecta. Lo duro que se veía su pecho y brazos, esos hoyuelos que se le hacían en las mejillas e incluso aunque pareciera absurdo, la manera en que su entrecejo se fruncía. Todo eso se unía y la desequilibraba por completo.
Se vio pensando en eso y sacudió la cabeza.
—No, Valeria. ¿Acaso te volviste loca?—se regañó.
***
El lunes llegó como una bofetada.
Valeria apenas había dejado su bolso sobre el escritorio cuando la voz que ya conocía demasiado bien cayó sobre ella.
—Haga este informe y termine a las 12:00—ordenó frío como siempre.
—Buenos días para usted también —respondió con sarcasmo soltando un bufido. Se sentó detrás del escritorio y puso manos a la obra.
Paso la mañana redactando, calculando y organizando cronogramas. Cuando finalmente, acabó se dirigió a la oficina de su jefe y se lo entregó, él ni siquiera lo miró, solo lo puso sobre su escritorio y luego se levantó.
—Venga conmigo.
Alzó la vista.
Sebastián Blackwell estaba de pie, serio, con el ceño marcado y una tensión rara en los hombros.
—¿A dónde? —preguntó ella.
—Solo venga —respondió, seco—. No voy a darle explicaciones.
Valeria tomó aire.
—Perfecto —murmuró, yendo a buscar su bolso.
El ascensor descendió en un silencio incómodo. Sebastián parecía distinto. No gritaba. No atacaba. Pero estaba… rígido. Pensativo. Como una tormenta contenida.
Al llegar al lobby, se dirigió directo al estacionamiento.
Editado: 08.01.2026