Bajo su mando

La línea que no debía cruzarse

Capítulo—

Sebastián no fue a su oficina.

Fue directo al edificio de Harrison Cole. Estaba a un "no puede entrar" o "el señor Cole no puede atenderlo" de incendiar esa empresa, no le importaba lo que le costara, él iba a demostrarle a Harrison que no se quedaría de brazos cruzados mientras el le quería robar algo que consideraba... ¿importante?

La recepción intentó detenerlo. No lo logró.

—Dígale que Sebastián Blackwell está aquí —ordenó—. Ahora.

Harrison apareció minutos después, impecable, tranquilo… demasiado tranquilo.

Como si viera a Sebastián como un niño haciendo berrinche y le diera fastidio tener que lidiar con eso.

—Sebastián —saludó—. No esperaba tu visita.

—Aléjate de mi asistente—fue directo al punto. No estaba ahí para formalidades, le haría entender a Cole, de una vez por todas que él no estaba jugando.

Harrison alzó una ceja.

—¿Perdón?

—Sabes exactamente de qué hablo—masculló en un intento de controlarse y no romperle la cara ahí mismo.

—Valeria no es tuya —respondió Harrison con calma peligrosa—. Y no hables como si fuera una propiedad.

Sebastián dio un paso adelante.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando —dijo Harrison—. Ella decide. Y si te incomoda… quizá deberías preguntarte por qué.

—Te lo advierto Cole, no te acerques a ella...

Sebastián se fue sin escuchar nada más. Porque ni el mismo quería decirlo en voz alta, Valeria le estaba afectando más de lo que su orgullo podía admitir. Iba con los puños cerrados. La mandíbula rígida y la certeza de que Harrison no iba a retroceder.

Minutos después, el teléfono de Valeria vibró.

—¿Hola?

—Sebastián estuvo aquí —dijo Harrison—. Quería que lo supieras.

El estómago de Valeria se hundió.

“Todo esto es mi culpa, y de mi gran bocota”

Pensó arrepentida de haberle dicho eso a Sebastián.

—¿Qué hizo?

—Nada que no delate celos mal manejados.

—Ok, entiendo. Luego hablamos.

Colgó.

Valeria no pensó.

Esperó.

Cuando Sebastián regresó a la empresa, ella ya estaba de pie frente a su oficina.

—¿Qué demonios hizo? —exigió.

—Cumplí con mi deber —respondió él, cerrando la puerta.

—No tiene ningún derecho—reprochó ya sin interesarle si a él le parecía profesional o no.

—Soy tu jefe.

—No por mucho—soltó decidida. Ya nada la ataba a Sebastián, había demostrado suficiente como para seguir en esa empresa, la había humillado demasiado como para seguir poniendo su orgullo por encima de su dignidad.

Él la miró.

—¿Qué?—respondió estupefacto.

—Renuncio.

Las cejas de Sebastián se alzaron apenas.

—No puedes. El contrato exige un mes de notificación formal.

Valeria soltó una risa amarga.

—¿No quería que me fuera? Bien. Ganó. Tiene razón. Es insoportable. Un idiota arrogante. Sin educación. Sin—

No terminó la frase.

Sebastián la sujetó del brazo.

—Suélteme

Ella intentó apartarse.

—No.

La tensión explotó.

En un impulso, Sebastián la besó.

Fue breve. Brusco. Impensado. Y el peor error que pudo haber cometido.

El mundo se detuvo. Por un instante ella lo sintió, lo supo. Ese beso no fue planeado, pero abría la puerta a algo más peligroso.

Pero no podía dejar que el ganara, no ahí aunque estuviera desestabilizada y tomada por sorpresa por ese beso que ninguno de los dos adivinó que pasaría.

El sonido fue seco.

Claro.

Irreversible.

La bofetada resonó en la oficina como un disparo.

Sebastián giró el rostro por la fuerza del golpe. No por el dolor físico… sino por lo que acababa de pasar.

Valeria respiraba agitada. Sus manos temblaban.

—No vuelva a tocarme —dijo, con la voz rota pero firme.

Él la miró por primera vez sin arrogancia. Sin sarcasmo.

Solo… sorprendido.

—Valeria, yo—

—No —lo interrumpió—. No diga nada. No tiene derecho.

Se apartó de él con brusquedad.

—Pensé que era solo un jefe insoportable —continuó—. Nunca imaginé que cruzaría esa línea.

Sebastián dio un paso hacia ella, lento, como si temiera que cualquier movimiento la hiciera desaparecer.

—No fue así como—

—No importa cómo fue —lo cortó—. Importa que fue.

Salió de ahí, tomó su bolso del respaldo de la silla. Sebastián la siguió por inercia ni siquiera sabía por qué, pero ahí estaba él detrás de Valeria.

—No soy su juguete, ni su descarga emocional, ni su territorio —dijo, con los ojos brillantes—. Y si cree que voy a quedarme un mes más después de esto… está muy equivocado.

—El contrato—intentó él, pero ya eso no importaba.

—Me demanda —respondió ella sin mirarlo—. O me odia. O hace lo que quiera.

Se fue caminando en dirección al ascensor, giró para verlo una vez más.

—Pero no me vuelve a ver como su asistente obediente.

Salió.

Las puertas se cerraron detrás de ella.

Sebastián quedó solo.

Con el ardor en la mejilla.

Y algo peor en el pecho.

Porque por primera vez en su vida, no había ganado.

Había perdido.

Y lo sabía.

***

Valeria no recordó cómo llegó a casa.

Solo recordaba el temblor en las manos, el ardor en el pecho y la sensación de haber cruzado un punto sin retorno. Cerró la puerta de su departamento y se apoyó en ella, deslizando la espalda hasta quedar sentada en el suelo.

Respiró hondo.

Una.

Dos veces.

—Idiota… —susurró, sin saber si hablaba de él o de sí misma. Aún sentía los labios de Sebastián contra los suyos y eso la enojaba, no quería pensar en eso, quería odiarlo, de verdad quería detestarlo más que nunca, pero… ¿por qué no podía?

—Ya Valeria, contrólate—se dijo así misma.

Lucía apareció en el pasillo, despeinada, con cara de sueño.

—¿Val? ¿Qué pasó?

Valeria levantó la vista. Los ojos le brillaban, pero no lloró.

—Renuncié.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.