CAPÍTULO 12—
Bajo las luces
Valeria no volvió a la empresa.
Sebastián lo supo desde temprano.
Nadie le dio explicaciones. Nadie se atrevió.
Y eso lo enfureció.
Intentó concentrarse. No pudo.
El recuerdo del beso —breve, torpe, imperdonable— no se le iba de la cabeza. Le molestaba admitirlo, pero lo que más le dolía no era la bofetada… era su ausencia.
—Idiota —se dijo frente al espejo mientras se ajustaba el traje para la fiesta—. Controla esto.
***
Mientras tanto, Valeria estaba en el centro comercial con Lucía.
—Necesitas algo que haga girar cabezas —dictaminó su amiga, con mirada experta.
—Lucía…
—Nada de Lucía. Confía.
El vestido era atrevido. Demasiado. Negro, elegante, insinuante. Le quedaba como si hubiera sido hecho para ella.
—No puedo usar esto —dijo Valeria, mirándose.
—Claro que puedes. Y lo harás. ¿O quieres seguir escondiéndote?
Valeria respiró hondo… y asintió.
—Solo no quiero que la gente me mire como si fuera un brócoli en medio de un plato con pollo frito—manifestó Valeria y Lucía amplió una sonrisa que le hizo brillar la mirada.
—Claro mi querida, tú serás el más hermoso brócoli de todos, y no solo serás el brócoli en el plato, serás la tentación andando—puntualizó ella deicida a que su amiga fuera el centro de las miradas.
Pasaron del centro comercial al salón y de ahí a casa nuevamente, Lucía maquilló a Valeria dándole los toques finales, quedando un resultado mejor de lo que ella esperaba.
—O. M. G. —susurró—. Estás de infarto. Si Harrison no te propone matrimonio hoy, me quito el nombre.
—No tienes remedio —rió Valeria.
El timbre sonó. Y ambas se miraron, ella sintió el corazón darle un vuelco y Lucía dió saltitos de emoción, la abrazó y le deseó suerte porque sin saberlo, la iba a necesitar.
Cuando Harrison la vio bajar las escaleras, se quedó inmóvil.
—Estás… hermosa —dijo, sincero—. Definitivamente tomé la mejor decisión al invitarte.
Valeria sonrió.
La fiesta era un espectáculo. Luces, música, fotógrafos. Valeria, del brazo de Harrison, fue captada una y otra vez. Las miradas se clavaban en ella. Los flashes no paraban.
Quizás al día siguiente las revistas de chismes estarían abarrotadas por comentarios sobre ellos, pero a Harrison no le importaba.
Ojalá los rumores fueran ciertos, pensó.
Porque le gustaba Valeria. De verdad.
La presentó a colegas, empresarios, inversionistas. Todos la halagaban. La trataba como a una reina.
Valeria se sentía bien. Segura.
Hasta que lo vio.
Sebastián Blackwell, al otro lado del salón.
La mirada de él se encontró con la suya y el mundo se detuvo.
El aire se le quedó atrapado en el pecho. Las manos le empezaron a sudar y las piernas… por qué rayos estaba temblando.
—¿Te pasa algo? —preguntó Harrison, notando su tensión.
—Estoy bien —mintió—. Solo… iré al baño.
Asintió y la dejó ir.
En el baño, Valeria se apoyó en el lavamanos. Escuchó voces.
—¿La viste? —decía una mujer
—Sííí, es hermosísima. De verdad que no es de esperarse, Harrison Cole, por favor, mínimo tiene que ser modelo—respondió la otra.
—Tiene suerte. Harrison es un pez difícil de pescar.
—Bueno, eso si es cierto, dicen que no se interesa por cualquiera.
Valeria sonrió, sin ser vista.
Se sintió halagada.
Estaba tan distraída por la reciente conversación que escuchó sin querer que al salir… chocó con una presencia conocida.
Sebastián estaba ahí.
Elegante. Tenso. Con demasiadas palabras acumuladas que querían salir, pero se reflejaban más en su mirada.
—Tenemos que hablar —dijo.
Y Valeria supo, en ese instante, que la noche aún no había terminado.
—No —respondió Valeria de inmediato—. No tenemos nada de qué hablar.
Intentó rodearlo, pero Sebastián dio un paso al frente, bloqueándole el paso sin tocarla.
—Desapareciste —dijo en voz baja—. No volviste a la oficina.
—Pues le di una bofetada y me fui —replicó ella—. No sé qué más esperaba.
Sus ojos bajaron apenas, recorriéndola sin permiso. El vestido. La seguridad nueva. La forma en que todos la miraban. Eso lo enojaba, pero… Por qué…
—Así que era esto —murmuró—. El plan era lucirte del brazo de él.
Valeria apretó los dientes.
—No todo gira en torno a usted, Blackwell.
—¿Te diviertes? —preguntó él, con ironía amarga—. ¿Te trata bien? Claro… Harrison Cole siempre sabe jugar al caballero.
—No se atreva a hablar de él como si—
—Como si no lo conociera —la interrumpió—. Como si no supiera exactamente qué clase de hombre es.
—Me trata mejor que usted —disparó ella.
Eso le dolió. Se notó.
—¿Eso crees? —preguntó con voz peligrosa—. ¿Que esto es mejor?
—Sí —respondió sin dudar—. Porque conmigo es respeto. No gritos. No humillaciones. No besos forzados.
Sebastián cerró los ojos un segundo.
—Me equivoqué —admitió, casi inaudible—. Pero…—hizo esa pausa porque lo siguiente que diría ni siquiera él lo esperaría —.no finjas que no sentiste nada.
Valeria sintió el golpe en el pecho.
La tomó por sorpresa, incluso parpadeó para asegurarse de que estaba despierta, no podía haber escuchado bien, porque. ¿Sebastián Blackwell, estaba admitiendo?
No.
Eso no podía ser. Así que se puso rígida y mantuvo su posición.
—Sentí rabia —mintió—. Y decepción.
—Mientes —dijo él—. Y lo sabes.
“Rayos, siempre he sido mala mintiendo”
Le dio el crédito por atraparla en su propia mentira.
Ella dio un paso atrás.
—No vuelva a cruzar esa línea conmigo—contestó con un leve temblor en la voz.
—Entonces deja de mirarme así —respondió—. Como si yo fuera el problema… cuando tú también me desarmas.
¿Otra vez? ¿Que estaba pasando, acaso el vino que se tomó le afectó más de lo que ella pensaba? Porque no podía haber escuchado dos veces lo mismo.
Editado: 08.01.2026