Capítulo —
Decisiones que Duelen
Harrison detuvo el auto frente al edificio de Valeria. El motor seguía encendido, pero ninguno parecía
tener prisa por romper el momento.
—Entonces... —dijo él, girándose para mirarla— ¿estás segura?
Valeria respiró hondo.
—Sí. Acepto el empleo.
La sonrisa de Harrison fue inmediata, sincera, de esas que no esconden segundas intenciones.
—Me alegra muchísimo escucharlo. Mañana pasaré por ti y te mostraré la empresa. Quiero que veas todo
con calma, tu lugar, tu equipo. Estoy encantado de que trabajes con nosotros.
Valeria sonrió, sintiendo una mezcla extraña de alivio y vértigo.
—Gracias... por todo. De verdad has sido muy especial conmigo.
Harrison tomó su mano con suavidad, como si temiera romper algo frágil.
—Puedes contar conmigo para lo que necesites, Valeria. No dudes en llamarme. Me importa tu bienestar.
El silencio se instaló entre ambos, denso pero tranquilo. Harrison se inclinó despacio, dándole tiempo a
apartarse si quería.
Valeria no lo hizo.
El beso fue suave, delicado, casi tímido. Agradable.
Y aun así...
No fue lo mismo.
No hubo fuego descontrolado. No hubo choque. No hubo ese vértigo absurdo que la había sacudido
con Sebastián.
El pensamiento la golpeó como una traición.
Valeria se apartó un poco, nerviosa.
—Lo siento...
Harrison frunció levemente el ceño y luego negó.
—No. Disculpa tú no. Yo me dejé llevar. —Sonrió con
honestidad—. Nunca antes me había sentido así con una mujer. Me atraes de verdad.
Valeria tragó saliva.
—No hay nada que disculpar. Nos vemos mañana.
Bajó del auto con el corazón hecho un nudo y entró a su departamento sintiéndose... derrotada.
—¡VALERIA! —la voz de Lucía la recibió apenas cerró la puerta—. Suelta todo. Ahora.
Valeria se dejó caer boca abajo en el sofá y se ahogó contra una almohada.
—Estoy peor que antes —murmuró—. No sé qué hacer.
Lucía se sentó a su lado.
—Empieza desde el principio. Y por favor no imitas detalles
jugosos esta vez...—pidió con un tono entre exigente y ansioso.
Valeria le contó todo.
El empleo. El beso.
La comparación inevitable.
Lucía guardó silencio unos segundos. —Mira... no sé qué recomendarte —admitió—. Pero siendo
objetiva, Harrison es una mejor opción. Nunca te ha humillado. Nunca te ha hecho sentir menos.
Sebastián... recién ahora parece interesado.
Valeria suspiró.
—Tal vez solo está frustrado porque no logró quebrarme. Porque renuncié, pero no
como él quería.
Lucía asintió.
—Puede ser. Pero ve despacio. No lastimes a Harrison por estar confundida. —Hizo una
pausa—. Una vez conocí a alguien bueno... y yo no estaba lista. Lo lastimé. Y créeme, no quieres cargar
con eso.
Valeria cerró los ojos.
—No.
Esa noche casi no durmió.
***
A la mañana siguiente, Harrison pasó por ella puntual. Valeria subió al auto con una sonrisa decidida,
aunque el corazón aún le pesara.
El edificio de la empresa de Harrison era imponente. Moderno. Luminoso.
—Bienvenida —dijo él al bajar—. Este es tu nuevo comienzo.
Valeria asintió.
Unos minutos después, un poco abrumada por lo rápido que estaba sucediendo todo, le dijo a Harrison que iba al baño, él notó que ella usaba esa excusa cuando estaba estresada o se sentía nerviosa, Valeria Inspiró profundo, llenando los pulmones, y soltó el aire despacio,
intentando ordenar el caos en su cabeza.
—Concéntrate —murmuró para sí misma, llevándose una mano al rostro—. Hoy empiezas de nuevo.
Salió del baño erguida y un poco más calmada.
—. ¿Lista?—preguntó él y Valeria asintió, aunque sus dedos apretaron la correa del bolso con más fuerza de la necesaria.
—Un poco nerviosa —admitió, encogiéndose de hombros.
Harrison soltó una breve risa suave.
—Eso es buena señal. Significa que te importa.
Le abrió la puerta de su nueva oficina con un gesto atento. Ella quedó fascinada de inmediato, no podía creer que estuviera en ese lugar, y menos que era su nueva oficina. Harrison le habló un poco de la empresa, de los proyectos en curso, del equipo que la conocería.
Su voz era tranquila, segura, como si quisiera
envolverla en esa calma.
Valeria lo escuchaba, asentía... pero por momentos su mente se escapaba. Una imagen ajena,
indeseada, se colaba sin permiso: una mirada oscura, una voz dura, una presencia que sabía
exactamente cómo descolocarla.
Apretó los labios y miró por la ventana.
—Todo bien —preguntó Harrison, notando el cambio.
Valeria parpadeó y forzó una pequeña sonrisa.
—Sí. Solo... estoy procesando todo.
No insistió. Se lo agradeció en silencio.
—Bien, este será tu espacio —dijo Harrison—. Quiero que te sientas cómoda.
Valeria dio una vuelta lenta, observando. Respiró. Por primera vez en días, algo parecido a alivio se
acomodó en su pecho.
—Gracias por confiar en mí —dijo, mirándolo a los ojos.
Harrison sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
—No es solo confianza —respondió despacio—. Es intuición.
Valeria bajó la vista, incómoda. Justo en ese momento, su teléfono vibró dentro del bolso.
Sebastián Blackwell.
El nombre en la pantalla fue como un golpe seco en el estómago.
Valeria cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, Harrison la observaba en silencio, serio ahora.
—¿Todo bien? —preguntó con cuidado.
Valeria tragó saliva.
—Sí —mintió—. Es...nadie.
No contestó.
A kilómetros de ahí, Sebastián estaba de pie frente al ventanal de su oficina. El teléfono seguía en su
mano. No había respuesta.
Soltó una carcajada breve, amarga.
—Claro... —murmuró, pasándose una mano por el cabello—. Así que esto es perder... irónico.
Editado: 08.01.2026